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la veracidad de la fuente

Pasé más de una semana tratando de explicarle a una muchacha punk algo que no terminó de entender: que la literatura consiste en una serie de borradores sobre un mismo texto original que nunca acaba de cerrarse. Le dije que sobre esa idea Borges decía que no hay texto definitivo. Se lo traté de explicar con todo el cariño y la paciencia pedagógica del mundo porque bueno, me gustaba estar con ella, y porque yo le había dedicado un poema en el que la menciono literalmente, pero en cuya versión "original" ella no aparece. Como ella se dedica a la investigación científica, un día se puso a buscar la fuente primera de mi inspiración y resulta que dio con un original del poema en que no mencionaba a nadie. Cuando me recriminó el asunto le intenté explicar que en el momento que escribí la primera versión de ese poema ella no existía. Bueno no existía nadie porque el poema era la proyección de lo que se avecinaba como un augurio, una promesa, que luego se transformaría en una presenc...

poetas cínicos-zombies

Mi hipótesis es que la poesía ha muerto. El género, pese a que su sistema de actividad social sobrevive, se agotó y se conserva como una pieza de museo, desanclado de la vida cotidiana y neutralizado en su capacidad de incidir en las disputas de sentido. Pienso esto hace tiempo y me animo a confesarlo después de una charla de sobremesa con una amiga, que me pidió que le haga una devolución a sus textos. Leía entonces en su celular un .pdf con cuatro poemas que escribió y, de reojo, veía en su mirada esa luz del que espera algo que el otro no puede dar. Le dije que reconocía en los versos su estilo, su voz (llevaba mucho tiempo sin leer algo suyo). Podía sentir una familiaridad con su resonancia. Decepcionada, respondió: esto es otra cosa . Intenté explicarme, pero insistió en que esos nuevos poemas eran muy diferentes a lo que había conocido. En pos de saldar la diferencia, le dije que, más allá de lo que había cambiado, seguía escuchando en sus versos algo que solo puedo encontrar ...

como el amante el lector

La literatura, como el amor, enferma. Ese frenesí de desear contarle a alguien lo leído, el afecto de amar produce querer otro, el desconocido, lo viva también. Amar hace ese efecto de exceso interior, de palabras, que se vehiculiza en más parrafadas, pero balbuceantes. Una enfermedad que, cuando olvida el portador su carácter de huésped, pretende ella pasar a primer plano y montar una ficción de magia, cuyo núcleo explicativo hace del encuentro una casualidad determinista. Se entiende si se formula el pensamiento en la modalidad de los libros que esperarían a ser leídos. Más preciso sería decir, quedan los libros al encuentro del lector y la enfermedad consiste en virar de página en página, de libro en libro, a la busca de ese que responda las inquietudes primordiales. Y los libros responden, de alguna manera. Lo que tampoco es sorprendente ni sobrenatural, nada más sucede que otro haya escalado montañas que una apenas empieza a avistar. Se gana cuando se retoma el camino que la muert...

adiós Alfredo, adiós

De vez en cuando es necesario dedicarles un día a los escritores, para quererlos, leerlos, darles un abrazo, un último adiós y agradecerles con algunas torpes palabras por todo lo que hicieron por nosotros, sus desamparados lectores. Ellos también fueron personas. De esas que sufren y pasan penurias y enfrentan la pobreza por dedicarse unas horas al día a escribir, a contarnos una historia, develar el misterio de un secreto. La gran mayoría de los escritores son seres anónimos, pobres tipos que no encuentran un buen empleo y aceptan su destino de carencias con dignidad.  He conocido escritores que han tenido que trabajar en toda clase de oficios, de mesoneros, taxistas, médicos, abogados, administradores, comerciantes, espías, encargados de oficinas, quiosqueros, repartidores de comida a domicilio y libreros, para poder procurarse el sustento y seguir escribiendo. A pesar de todas esas dificultades que en ocasiones los sumergen en el más enrarecido desaliento nunca dejan de escri...

papel kraft

En el papel madera una cenestesia intangible, de arena por la familiaridad de color, remite a la multiplicidad y a lo neutro, dos atributos que parecieran oponerse si se piensa en movimiento. Lo neutro como quietud y la multiplicidad del lado de la velocidad, por el número y por la diferencia. Papeles para comunicaciones formales se reciben en sobres de papel madera, objetos se envían envueltos en papel madera para desconcertar acerca de su valor e importancia. Envuelvo libros en papel madera para ocultar las tapas, los títulos. Algo con la vergüenza, una suerte de pudor de ser vista en lo más íntimo, la lectura. Es posible soportar la exposición de leer en alguna mesa de café solo a condición de que nadie sepa lo que se lee. Tal vez se estudia, tal vez se holgazanea, pero queda en reserva debajo de un papel neutro, apagado, opaco. En una oportunidad en un café, el café me fue presentado en una taza de vidrio traslúcido, cuando lo habitual era una taza blanca recta y sin filos. En camb...

tu nombre es mío

A veces creo que tengo la convicción —y otras sospecho que es solo un reflejo que consiste en repetir lo que opinan los que saben— de que es mucho mejor leer primero el libro y luego ver la película. El miércoles iré al cine a ver Cumbres borrascosas . Me entusiasma, aunque no sé si por la película o por el solo hecho de salir con dos amigas a mirar una película protagonizada por el nuevo galán, tan nuevo que nunca recuerdo cómo se llama. Me apuro a leer el libro. Tengo una edición que rescaté de la biblioteca de mi tía Stella. Es un ejemplar de 1978, de tapa dura amarilla y letras doradas que anuncian el título y nada más. Falta, en esa tapa dura, el nombre de Emily Brontë, quien ya en su siglo debió ocultarse tras un nombre masculino para poder publicar. En mi ejemplar, el anonimato persiste pero con un giro: el nuevo seudónimo de Brontë es Stella, mi tía, que marcó el territorio con lapicera negra sobre la primera página. Paradoja de descortesía de Stella con la autora, en esa hoja ...

cosas de caminar

Hay unos pájaros enormes que gritan como patos. Pero no tienen patas de pato, no andan como patos, no parecen patos. Y sin embargo su garganta está convencida de que son patos. Vuelan como pájaros normales. Me gusta el agua cuando se derrumba. Primero viene una ola, discreta; después crece, se eleva, y llega un instante en que se supera a sí misma y se derrumba. Y hace un ruido hermoso. Un estruendo se va extendiendo por la playa como si alguien desenrollara un trueno. Ahora bien: no todo es color de rosas. Hay un problema con el café. Te dan a elegir entre “espresso” y “americano”. El espresso es fuerte, amargo y brevísimo. Es menos que un trago. Y el americano… el americano es una tragedia. Empezando por el que sale de la máquina del desayuno del hotel, que es tan chirle que parece un té. Y no tiene gusto a café ni a nada que uno pueda reconocer. Como si hubieran confundido un poroto con un grano de café. Por lo demás, paseo por la ciudad vieja o la playa o entro a esos centros...