el viajero
Aquí en Parque Central las horas se fatigan pero no descansan, pasan del día a la noche insomnes, de la luz solar a la de los cilindros fluorescentes agitando las ventanas y los pasillos llenos de polvo. Si se vive en el piso 40 se tiene la sensación de estar más cerca de la calle que en el piso 4. Cualquiera apostaría que en cualquier momento alguien podría saltar por las ventanas corredizas desde las que se puede distinguir multitud de cosas: la siembra de casas diminutas que atesta la montaña de San Agustín, el cochecito que sube y baja con sumo cuidado, cargado de gente y halado por los motores del metro cable, el vuelo errante de las palomas que pierden su ruta entre tanto tráfico y se suicidan contra la autopista plagada de automóviles y motorizados, que parecen hormigas, cajas de fósforos y caballitos de mar. Para que ustedes vean que lo que digo es cierto les cuento que una vez abrí la puerta, venía del trabajo cansado con la intención de almorzar y luego de tomar una siesta, a...