de la angustia abstracta de chatura y sequedad


Sobre el techo del decir en busca de ese agujero por el que saliera el poeta a lo amplio después de los significados en desagüe sanguinolento del ruido agudo de las palabras el oído. La forma obstinada de presencia de las palabras, indiferentes a la fatiga del cuerpo, harta la materia de perdurar. Saltos desde la superficie de lo escrito a lo que se puede decir cuando al trazar las letras el silencio otra vez se apersona y calla el lenguaje de pie ante el cuerpo que respira. Idea de que los sentidos existen por superposición de capas, a la manera en que la profundidad en la mirada, el punto de vista se configura por capas de materia vertical y espacios, planos que atraviesan al caminar las extremidades. El tramo hasta la puerta la puerta abierta al otro lado el pasillo hacia el patio el patio verde en medio de la puerta enmarcado el árbol que crece, atrás del árbol arbustos de hoja afilada la enredadera que cubre la tapia, en los espacios entre eso el aliento a barro a lombrices que arrastra el viento y llega hasta donde la que observa se sienta y piensa, la palabra existe como en capas.  
Esa vorágine que pasa en fotogramas veloces ráfagas no hacen imagen, la palabra es la palabra y la forma el mundo. Se nombra las cosas, el primer gesto de posesión de las cosas parece ser animarlas, decir que el zorro es persona la fábula, el teatro de elementos quietos, la palabra la vida de lo sin nombre.  
Durante la noche vencida la voluntad de ser, a la hora en que la vida en común cesa y el cuerpo vaciado se yergue horizontal sobre las sombras diurnas, la mecánica del lenguaje se extirpa de la carne y más allá de la vida que respira, más allá sería en el tiempo, en torres aguja de la historia, las palabras que son siempre viejas, usadas, se abren paso en ausencia del vigía. El sereno yace testigo de esa gracia recién intuida de empalme de sonido sin obstáculo. Como se sueña escribir como el agua a través del cauce entre las piedras, no el desplazarse líquido: ese rugido del agua contra lo que la burbujea. El sonido del movimiento del agua porosa, abierta de aire en ese espacio compacto que es la lluvia acumulada, napas en superficie, obstáculos ahuecan al agua.  
Testigo en la sucesión de sentido del que pierde el hilo a cambio la sensación de tiempo continuo. Como lo es nunca discurrir. Las palabras sirven para detener el pensamiento aclara el dramaturgo cruel de la trama. No hay mucho más y ahí empieza la zona de evocación de un orden sin pausa. Fantasía de haber pensado algo nuevo sostenida de presencia en olvido de palabras apropiadas desde algún lugar en la memoria. Para la transición al dormir sueña en vigilia que habla de corrido, que habría algo de lo que pensar sin problema. La vida podría ser eso si las palabras no se contradijeran. La parafernalia de una ficción hecha pura de acciones, no de problemas, el drama vendría a ser que nada se detiene, la sucesión sin espera de la enfermedad beat. Jadeo jovial de los crotos de la intemperie, fue el viento que desgarró las ropas, el sol furioso decolorado las prendas, sin brillo por entresijos de días.  
Palabras como candelabros polvorientos corean la nada. No era de frente como había que mirarla sino de reojo. Usa el hastío para olvidarse de los libros porque el vicio de leer corrompe la realidad, tergiversa la realidad, funda deseos imposibles. La sospecha del mundo que sería si cada uno anduviera con una historia escrita de otro para quien lea, siempre diferentes, en el corazón, en la mente, en dónde, en el lenguaje. Si ese mundo existiera y fuera feliz, anduviera cada uno en silencio, en pleno conocimiento del silencio perplejo del de al lado, ninguna suposición de vacío, contemplación, anduviéramos en presencia de la palabra. No en universal, la palabra en sus posibilidades, en lo que en su multiplicidad de cuerpos heteróclitos la escritura contornea. Haríamos el silencio secreto cómplice, noción del palacio de aquel en observancia de lo que haya estado hojeando; el mundo resulta hosco en la medida en que viene de la escenografía que la palabra suscita a la imaginación para lo cual cada uno con mucho cuidado hablaría, escogería los sonidos, el tono, la secuencia, con la intención o el cuidado de dejar respirar sin desmoronar sin hacer volar el perfume que haya dejado la lectura en el cuerpo en descomposición de cada quien.  
Es sucia la realidad, lo humano en constante podredumbre, la palabra haría de alternativa a los ácaros, el sudor, el mal aliento del frío, el mal humor del estómago cuando indigesto. Sería un mundo distinto, no bueno ni nuevo ni mejor, de texto y silencio.  


Maira Rivainera

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