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Mostrando entradas de abril, 2026

la veracidad de la fuente

Pasé más de una semana tratando de explicarle a una muchacha punk algo que no terminó de entender: que la literatura consiste en una serie de borradores sobre un mismo texto original que nunca acaba de cerrarse. Le dije que sobre esa idea Borges decía que no hay texto definitivo. Se lo traté de explicar con todo el cariño y la paciencia pedagógica del mundo porque bueno, me gustaba estar con ella, y porque yo le había dedicado un poema en el que la menciono literalmente, pero en cuya versión "original" ella no aparece. Como ella se dedica a la investigación científica, un día se puso a buscar la fuente primera de mi inspiración y resulta que dio con un original del poema en que no mencionaba a nadie. Cuando me recriminó el asunto le intenté explicar que en el momento que escribí la primera versión de ese poema ella no existía. Bueno no existía nadie porque el poema era la proyección de lo que se avecinaba como un augurio, una promesa, que luego se transformaría en una presenc...

poetas cínicos-zombies

Mi hipótesis es que la poesía ha muerto. El género, pese a que su sistema de actividad social sobrevive, se agotó y se conserva como una pieza de museo, desanclado de la vida cotidiana y neutralizado en su capacidad de incidir en las disputas de sentido. Pienso esto hace tiempo y me animo a confesarlo después de una charla de sobremesa con una amiga, que me pidió que le haga una devolución a sus textos. Leía entonces en su celular un .pdf con cuatro poemas que escribió y, de reojo, veía en su mirada esa luz del que espera algo que el otro no puede dar. Le dije que reconocía en los versos su estilo, su voz (llevaba mucho tiempo sin leer algo suyo). Podía sentir una familiaridad con su resonancia. Decepcionada, respondió: esto es otra cosa . Intenté explicarme, pero insistió en que esos nuevos poemas eran muy diferentes a lo que había conocido. En pos de saldar la diferencia, le dije que, más allá de lo que había cambiado, seguía escuchando en sus versos algo que solo puedo encontrar ...

como el amante el lector

La literatura, como el amor, enferma. Ese frenesí de desear contarle a alguien lo leído, el afecto de amar produce querer otro, el desconocido, lo viva también. Amar hace ese efecto de exceso interior, de palabras, que se vehiculiza en más parrafadas, pero balbuceantes. Una enfermedad que, cuando olvida el portador su carácter de huésped, pretende ella pasar a primer plano y montar una ficción de magia, cuyo núcleo explicativo hace del encuentro una casualidad determinista. Se entiende si se formula el pensamiento en la modalidad de los libros que esperarían a ser leídos. Más preciso sería decir, quedan los libros al encuentro del lector y la enfermedad consiste en virar de página en página, de libro en libro, a la busca de ese que responda las inquietudes primordiales. Y los libros responden, de alguna manera. Lo que tampoco es sorprendente ni sobrenatural, nada más sucede que otro haya escalado montañas que una apenas empieza a avistar. Se gana cuando se retoma el camino que la muert...