la veracidad de la fuente


Pasé más de una semana tratando de explicarle a una muchacha punk algo que no terminó de entender: que la literatura consiste en una serie de borradores sobre un mismo texto original que nunca acaba de cerrarse. Le dije que sobre esa idea Borges decía que no hay texto definitivo. Se lo traté de explicar con todo el cariño y la paciencia pedagógica del mundo porque bueno, me gustaba estar con ella, y porque yo le había dedicado un poema en el que la menciono literalmente, pero en cuya versión "original" ella no aparece. Como ella se dedica a la investigación científica, un día se puso a buscar la fuente primera de mi inspiración y resulta que dio con un original del poema en que no mencionaba a nadie. Cuando me recriminó el asunto le intenté explicar que en el momento que escribí la primera versión de ese poema ella no existía. Bueno no existía nadie porque el poema era la proyección de lo que se avecinaba como un augurio, una promesa, que luego se transformaría en una presencia real.

Por eso, traté de explicarle que cuando la conocí, enseguida la incorporé y esa integración fue la que le dio materialidad existencial al texto. Llenó su cáscara, demolió el vacío de un texto que en principio no estaba basado en una vivencia sino en una abstracción. 

Mi muchacha punk no entendió nada y ahora cada vez que tiene la oportunidad me saca el poema y me echa en cara el mal-entendido de la primera versión, olvidando que no existe ni la primera ni la última versión de nada, ni siquiera de la Ilíada. 

Borges ya lo decía en sus cuadernos, que en su modo de escribir y en su poética, no hay, no existe el texto definitivo y que ni él mismo sabía cuál era el primero y cuál el último. 

Lo dice muchas veces y de modo muy contundente en varios de sus ensayos. Recuerdo en este momento dos ensayos en los que habla de este asunto, uno que le dedica al Cementerio Marino de Paul Valery, y otro que le dedica a las miles de versiones Homéricas que han ido apareciendo a lo largo de los últimos 25 siglos. 

Supongo que Borges las conocía todas de memoria pero a mi muchachita punk eso le importó muy poco. Era orgullosa a pesar de no haber leído ninguna, solo algunos fragmentos para el examen de lapso del colegio. Se puso como una leona y me dejó. Yo estoy muy triste porque sé que no existe la obra única ni definitiva, no existe el monumento nacional o el monumento de la literatura, que se haya escrito de manera única con todas sus comas y sus puntos y sus alusiones originales. No existe, así le dije una y otra vez a aquella muchacha rebelde y orgullosa. Se lo dije millones de veces pero nunca me creyó. 

En Kafka, en Borges, en Clarice Lispector, en Piglia, en Garmendia, en Nabokov, en Flaubert, no existe la posibilidad de que la versión del texto 21 sea la misma que la 53. Todos son papeles de trabajo, experimentos con muchísimas modificaciones, ecos de lo que puede llegar a ser el texto final, porque en la literatura no hay cierre, solo la insinuación de una posibilidad que nunca es definitiva. Así le dije. Se lo expliqué como amante, como amigo, como tallerista, como profesor, como padre, como tutor pero no me creyó. Se los juro, no me creyó.   





Francisco Ardiles  


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