adiós Alfredo, adiós
De vez en cuando es necesario dedicarles un día a los escritores, para quererlos, leerlos, darles un abrazo, un último adiós y agradecerles con algunas torpes palabras por todo lo que hicieron por nosotros, sus desamparados lectores. Ellos también fueron personas. De esas que sufren y pasan penurias y enfrentan la pobreza por dedicarse unas horas al día a escribir, a contarnos una historia, develar el misterio de un secreto. La gran mayoría de los escritores son seres anónimos, pobres tipos que no encuentran un buen empleo y aceptan su destino de carencias con dignidad. He conocido escritores que han tenido que trabajar en toda clase de oficios, de mesoneros, taxistas, médicos, abogados, administradores, comerciantes, espías, encargados de oficinas, quiosqueros, repartidores de comida a domicilio y libreros, para poder procurarse el sustento y seguir escribiendo. A pesar de todas esas dificultades que en ocasiones los sumergen en el más enrarecido desaliento nunca dejan de escri...