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Mostrando entradas de marzo, 2026

adiós Alfredo, adiós

De vez en cuando es necesario dedicarles un día a los escritores, para quererlos, leerlos, darles un abrazo, un último adiós y agradecerles con algunas torpes palabras por todo lo que hicieron por nosotros, sus desamparados lectores. Ellos también fueron personas. De esas que sufren y pasan penurias y enfrentan la pobreza por dedicarse unas horas al día a escribir, a contarnos una historia, develar el misterio de un secreto. La gran mayoría de los escritores son seres anónimos, pobres tipos que no encuentran un buen empleo y aceptan su destino de carencias con dignidad.  He conocido escritores que han tenido que trabajar en toda clase de oficios, de mesoneros, taxistas, médicos, abogados, administradores, comerciantes, espías, encargados de oficinas, quiosqueros, repartidores de comida a domicilio y libreros, para poder procurarse el sustento y seguir escribiendo. A pesar de todas esas dificultades que en ocasiones los sumergen en el más enrarecido desaliento nunca dejan de escri...

papel kraft

En el papel madera una cenestesia intangible, de arena por la familiaridad de color, remite a la multiplicidad y a lo neutro, dos atributos que parecieran oponerse si se piensa en movimiento. Lo neutro como quietud y la multiplicidad del lado de la velocidad, por el número y por la diferencia. Papeles para comunicaciones formales se reciben en sobres de papel madera, objetos se envían envueltos en papel madera para desconcertar acerca de su valor e importancia. Envuelvo libros en papel madera para ocultar las tapas, los títulos. Algo con la vergüenza, una suerte de pudor de ser vista en lo más íntimo, la lectura. Es posible soportar la exposición de leer en alguna mesa de café solo a condición de que nadie sepa lo que se lee. Tal vez se estudia, tal vez se holgazanea, pero queda en reserva debajo de un papel neutro, apagado, opaco. En una oportunidad en un café, el café me fue presentado en una taza de vidrio traslúcido, cuando lo habitual era una taza blanca recta y sin filos. En camb...

tu nombre es mío

A veces creo que tengo la convicción —y otras sospecho que es solo un reflejo que consiste en repetir lo que opinan los que saben— de que es mucho mejor leer primero el libro y luego ver la película. El miércoles iré al cine a ver Cumbres borrascosas . Me entusiasma, aunque no sé si por la película o por el solo hecho de salir con dos amigas a mirar una película protagonizada por el nuevo galán, tan nuevo que nunca recuerdo cómo se llama. Me apuro a leer el libro. Tengo una edición que rescaté de la biblioteca de mi tía Stella. Es un ejemplar de 1978, de tapa dura amarilla y letras doradas que anuncian el título y nada más. Falta, en esa tapa dura, el nombre de Emily Brontë, quien ya en su siglo debió ocultarse tras un nombre masculino para poder publicar. En mi ejemplar, el anonimato persiste pero con un giro: el nuevo seudónimo de Brontë es Stella, mi tía, que marcó el territorio con lapicera negra sobre la primera página. Paradoja de descortesía de Stella con la autora, en esa hoja ...