adiós Alfredo, adiós


De vez en cuando es necesario dedicarles un día a los escritores, para quererlos, leerlos, darles un abrazo, un último adiós y agradecerles con algunas torpes palabras por todo lo que hicieron por nosotros, sus desamparados lectores. Ellos también fueron personas. De esas que sufren y pasan penurias y enfrentan la pobreza por dedicarse unas horas al día a escribir, a contarnos una historia, develar el misterio de un secreto. La gran mayoría de los escritores son seres anónimos, pobres tipos que no encuentran un buen empleo y aceptan su destino de carencias con dignidad. 

He conocido escritores que han tenido que trabajar en toda clase de oficios, de mesoneros, taxistas, médicos, abogados, administradores, comerciantes, espías, encargados de oficinas, quiosqueros, repartidores de comida a domicilio y libreros, para poder procurarse el sustento y seguir escribiendo. A pesar de todas esas dificultades que en ocasiones los sumergen en el más enrarecido desaliento nunca dejan de escribir. Saben que escribir no es cosa sencilla. Es todo lo contrario, algo muy complicado, un oficio de difuntos.

Un oficio ingrato, descorazonador, un trabajo que nadie reconoce, que ni siquiera ve como un trabajo. Un trabajo que se ejerce en la más absoluta soledad, que solo consiste en mucho leer, escribir, probar y corregir. Un trabajo sin principio ni final, de dedicación exclusiva, de horas y horas interminables, de tazas de café, de madrugadas, de notas sueltas, de frases incompletas, garabateadas, de versiones infinitas. De un eterno ir de una versión a otra versión y a otra, hasta la penúltima versión del mismo texto.

Los buenos escritores son tipos humildes y obstinados. Ellos saben que lo suyo es una cuestión de trabajo a destiempo. No de premios, ni de brindis, ferias ni recitales con sesión de fotos sino trabajo a destiempo.

Juan Rulfo era un tipo modesto que trabajaba vendiendo neumáticos para mantener a su familia y terminó escribiendo Pedro Páramo. Kafka también lo era, trabajaba en un banco. Era tan inocuo que detestaba lo que hacía, y resulta que en 1912 ya había escrito El Castillo y un cuento llamado Un Artista del Hambre. Conozco personas que se han jugado la vida por un libro y que nunca lo terminaron porque no les alcanzó el tiempo. La vida que les tocó fue demasiado corta o colmada de distracciones. Se necesita mucho tiempo para escribir un buen libro. Si no se tiene el dinero suficiente para sobrevivir y ayudar a los hijos entonces la tentativa se torna casi imposible. 

Los sueldos de hoy en día son indecentes pero, a pesar de eso, hay sujetos que insisten y siguen escribiendo, como si se les acabara el tiempo antes de cumplir con su objetivo. Escribir es algo muy difícil, algo que requiere de mucho esfuerzo, es la incesante búsqueda de un estilo y una voz en la que resuene la fisionomía de un mundo interior. Hay días que pienso en lo paradójica que se está tornando tal tentativa porque por cada día hay menos lectores.

Escribir entonces es un trabajo que exige mucho esfuerzo y da muy pocas recompensas. Las musas no caen del cielo, bajan a punta de trabajo. Los mejores escritores son los que trabajan más, los que aprovechan su talento, sus años de vigor intelectual, los que no se conforman con la primera versión del cuento, el poema, la página del ensayo que estén escribiendo. 

Ellos son los que de manera incansable se corrigen, saben que la primera versión nunca puede ser definitiva. Son los que nunca se rinden y van de fracaso en fracaso llevando con paciencia su pasión intacta. Los que aprenden a sobrellevar los días de desánimo con coraje. Quien escribe casi no tiene tiempo para otra cosa que leer y escribir. Una vez le oí decir a Alfredo Bryce Echenique que un escritor como Sthendal o Flaubert tenía que trabajar diez horas al día, una, para escribir una página y las otras nueve para corregir esa página a medio terminar. Murió Alfredo Bryce Echenique. Gracias por tanto, maestro. Usted sin saberlo, hace como 20 años, por haber escrito las casi 700 páginas de La vida exagerada de Martín Romaña, me salvó la vida. Ese fue un libro que me robé de la librería donde trabajaba con Susy López, la madrina de Santiago. Así que muchas gracias maestro, muchas gracias por haber estado allí cuando más lo necesitaba.  





Francisco Ardiles


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