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Mostrando entradas de enero, 2026

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El narrador de una novela titulada La insoportable levedad del ser , del narrador checo Milan Kundera, expone una idea bastante interesante sobre las complicaciones asociadas a la existencia de cualquier persona. Nos dice que el mayor problema metafísico de estar vivo, el mayor inconveniente, consiste en que uno nunca sabe qué es lo que en verdad quiere ni cómo se puede llegar a tener eso que se quiere. Lamentablemente se vive sólo una vez y no hay modo de comparar unas vidas con otras. Pero eso no es todo, porque si en determinado momento nos la jugamos por alguien o por algo, tampoco existe la menor posibilidad de comprobar si tuvo sentido haber tomado esta decisión. El hombre vive todo a la primera y sin preparación, y sin embargo cree que sus actos son transcendentes. Es como si un actor tuviera la posibilidad de representar una obra solo una vez y sin ningún tipo de ensayo. Es por eso que Kundera se pregunta ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya l...

cosas que hacen boom

Revienta porque puede y porque su destino, al final de la mecha, es ése: reventar, o con mucha suerte volarle la mano a un niño. Evanescente, efímero, sanguíneo: antes los drones eran para la guerra, no para dibujar luminiscencias publicitarias en el cielo nocturno. Está la bien fundamentada sospecha de que esto último es a propósito del olvido, que es síndrome y efecto radiante al mismo tiempo, por desgracia. Si fueran épocas distintas, no digo paralelas ni consecuentes, tan sólo distintas, no hablaríamos de cómo se nos escapan las guerras de los dedos. Nadie usaría una metáfora como arma cuando ya tiene el punto rojo del láser en la frente. Fideos bajo la lluvia, se llama el cuento. Es sobre un ciruja al que no le importa estar bajo el torrencial sino saciar el hambre para sobrevivir otro día. Devora fideos con salsa pasada con súbita embriaguez. No le duraron ni treinta segundos. // Dejá de contarme historias de cirujas, te lo pido por favor, la concha de tu madre. Cada vez que cr...

casas

Las casas admiten un solo dueño, las más de las veces es la casa quien se transfigura al espíritu de a quien posee y expulsa los estilos que le son ajenos. Hay casas menos decididas que otras, y casas muy feroces. Las primeras se reconocen por dejarse habitar sin contraste por el eclecticismo de dos o más huéspedes. Son espacios en los que coexisten en mosaicos microclimas de uno y otro, sin mayores dramas que la cristalización de fronteras imprecisas mas definibles, el escritorio es de tal, el baño es de cual, el lavadero de nadie (de la casa), el garaje de equis, consiste en algo diferente al hecho de haber cada quien dispuesto el ambiente según su gusto y criterio. Si los espacios de una casa se transitan durante un tiempo considerable en silencio, pronto se advierte la mirada de la casa en tenue resplandor. Los muebles se tornan antropomorfos, las patas son piernas estáticas, las manijas en puertas dobles ojos y en puertas simples el ojo de perfil de la puerta. Por efecto de la sol...

huésped

En las vacaciones pasadas conocí a Miriam, paraguaya, espalda de cómoda, tobillos de tronco, encargada de la higiene en varios establecimientos hoteleros. Uno de ellos, donde yo me alojaba. De nuestras conversaciones extraigo estas notas, lo más fidedigno que puede llegar a ser alguien que espera a que el piso se seque porque se quedó fumando en el balcón. Digo extraigo porque mi madre es odontóloga y mi abuelo paterno —entomólogo— pasaba horas inclinado sobre el suelo, distinguiendo los bichos que le cruzaban las patas. Profesión puntillosa. En la combinatoria de los linajes, lo mío es también la extracción: ya no de bichos, sino de dichos, en los pastizales floridos que son las gentes. Miriam incluida, claro está. De la verborragia tropical de la susodicha me zambullo en una diferencia: hoteles y moteles. Hoteles y moteles no se distinguen por su arquitectura ni por el catálogo de sus comodidades. Hay hoteles que envidian la eficacia discreta de un motel lujoso; hay moteles que...