huésped


En las vacaciones pasadas conocí a Miriam, paraguaya, espalda de cómoda, tobillos de tronco, encargada de la higiene en varios establecimientos hoteleros. Uno de ellos, donde yo me alojaba. De nuestras conversaciones extraigo estas notas, lo más fidedigno que puede llegar a ser alguien que espera a que el piso se seque porque se quedó fumando en el balcón.

Digo extraigo porque mi madre es odontóloga y mi abuelo paterno —entomólogo— pasaba horas inclinado sobre el suelo, distinguiendo los bichos que le cruzaban las patas. Profesión puntillosa. En la combinatoria de los linajes, lo mío es también la extracción: ya no de bichos, sino de dichos, en los pastizales floridos que son las gentes. Miriam incluida, claro está.

De la verborragia tropical de la susodicha me zambullo en una diferencia: hoteles y moteles.

Hoteles y moteles no se distinguen por su arquitectura ni por el catálogo de sus comodidades. Hay hoteles que envidian la eficacia discreta de un motel lujoso; hay moteles que admiran el decoro con que los amantes atraviesan la recepción de un hotel, sin prurito por algún ojo comedido. El edificio, en ambos casos, es secundario.

Tampoco conviene buscar la diferencia en las prácticas que allí se ejercen. En uno y otro pueden escribirse los versos más tristes del amor o dejarse embaucar por promesas arrebatadas al calor. Las acciones se repiten; por eso hay que diferenciar.

La diferencia es otra. El hotel se empavona de una expectativa ingenua: algo termina y puede comenzar otra cosa. El motel, en cambio, sabe que todo ya ha ocurrido demasiadas veces. No es una diferencia edilicia sino afectiva; no espacial sino temporal.

Un hotel es un pasaje. Una porción de espacio donde se deposita la esperanza de redimir el cansancio anual. Luna de miel, congreso, fuga breve. Llegar y deshacer valijas; salir temprano y dejar la cama hecha para otros. La vanagloria de la limpieza diaria, el milagro de una tarjeta que enciende la cueva, la promesa de playa o de montaña. Todo allí se organiza para que el huésped crea, por un instante, que algo recomienza.

El motel no promete recomienzos. Administra retornos. Reino de lo mismo: carne fraccionada, deseo por partes, gestos repetidos. Rímel olvidado en las sábanas, vidrios empañados, colillas que no llegan al cenicero, paredes pintadas para no mirar. Nada allí se inaugura: todo vuelve.

Miriam llevaba un libro detallado de limpieza en uno y otro establecimiento. En los hoteles, decía, lo más ingrato era arrancar los cabellos rendidos por el shampoo en la rejilla de la ducha. Podría haber fabricado una muñeca monstruosa con esos restos. En los moteles, en cambio, lo más difícil era despegar al amante que el turno había dejado atrás: todavía aguardaba la cita, taquicardia por ingesta de químicos.

Cada lugar tiene su ley y por eso su trampa.

Las leyes que rigen el hotel son civiles: no romperás, no incomodarás, pagarás lo que consumas. El huésped se gobierna por el vecino. El hotel es pacto social en miniatura. 

Las leyes del motel son otras. No nombrarás en vano, no desearás, no honrarás. Bajo alfombras manchadas, el suelo del motel huele a expulsión del Edén. Allí se entra sin testigos y se sale sin historia.

Mientras el hotel se ensancha en la vigilia, el motel se hunde en la noche. Si el espacio del hotel es horizontal, el del motel es vertical: el que se estira hacia el cielo de puntillas, desde un infierno discreto.

Miriam daba cátedra mientras escurría un trapo amarillo sobre la bacha. Pensé entonces que podría quebrar a un hombre de estatura media con ese mismo gesto. El agua sucia caía, tibia, hacia el desagüe.

Ahí salpicó el último dicho, como epifanía marrón: conviene a la ilusión del hombre que las ingenuas esperanzas se mantengan separadas de la tosca repetición. Así soporta saber que cada anhelo hospeda lo mismo. Y que las vacaciones siempre pasan factura.  




Carlos Trujillo  

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