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Mostrando entradas de noviembre, 2025

laconismo

A mí me gusta escribir desde siempre. Antes, cuando no había aprendido las letras del alfabeto, también escribía. Digo desde siempre porque cuando los signos que utilizada eran poco menos que garabatos, es decir, meros significantes que solo podía entender yo, también escribía, o repetía un gesto gráfico que había visto en algún lado y me pareció interesante. Yo tomaba las bolsas de pan que iban quedando vacías en mi casa y empezaba a rayonearlas. Ahí, con esas rayaduras arbitrarias contaba algo y apenas terminaba, se lo llevaba a mi mamá, una señora semianalfabeta pero muy sensible que pasaba las tardes sentada en la mesa de la cocina mirando la telenovela de las 2 en un televisor en blanco y negro que parecía una escotilla de transatlántico. Cuando ella tomaba entre sus manos aquella bolsa de pan de papel marrón que por accidente se había convertido en un manuscrito, disimulaba su sorpresa y comenzaba a leer en voz baja lo que supuestamente estaba codificado en aquellos garabatos. ...

un sonámbulo en monopatín

1999, o sea que tenía nueve años cuando nos vinimos a vivir a este barrio. Me dijeron que saludara con educación al chofer y que -aunque midiera poco más de un metro y llevara guardapolvo blanco y una mochila Billiken- le indicara fuerte y claro “boleto escolar”, que en ese tiempo costaba veinticinco centavos. Entonces fueron casi veinte años de darle de comer a los colectiveros. Darles de comer en la mano, aguantar sus cumbias y chamamés, apretujados a su merced como sardinas sin arroz. La cabeza rebotando contra la ventanilla en una depresión sin pensamiento más profundo que augurar una vida entera tirando de la cuerda de una humanidad imprecisa. Bondis y más bondis, frenadas y smog. Nunca chocamos, pero una vez en marcha atrás nos llevamos puesto a un niño de tres años. El llanto de esa madre, difícil de olvidar, pero quién recuerda la línea de tiempo de la fatalidad cuando levantás el brazo a diario para hacerle una seña al presente para que no te deje a mitad de una ciudad jamás s...

caleidoscopio en el fin de los tiempos

A los clásicos, a Ray Bradbury  Con la lente empañada, reviso los espejos reflectores, los pedazos de colores, las banquinas de a dos, el sol parpadeante, las remeras de ídolos, los puntos de fuga, las despensas berretas, lo anodino de las calles, los eternos caminos, sin rumbo y en V, los laberintos sin bifurcación, y las noches patas para abajo. Me tiro al costado, pero la lente se vuelve oscura, se transmuta, con una tenue discrepancia, los velos se quiebran, las velas se consumen, la ceguera y sus informes me encandilan. Me sumerjo, me extravío. En el medio, me veo a mí misma, extraña, solemne, volátil, parada e inerte: dislocado el futuro, cortajeado el presente, vuelta en U al pasado. Desde la oscuridad, los colores son más nítidos, sucios y opacos. Los sonidos vuelven en tropas a librar las batallas del olvido, a desamarrar los chalecos de fuerza, a trocar los destinos por las melodías, a reescribir la locura todavía no escrita, a salvar a los indómitos. En el vórtic...

la agonía de las flores

El jueves me enviaron un enorme ramo de flores al trabajo, esa dependencia pública en la que sobrevivo a base de café ultraprocesado y esquivando extraños recipientes reciclados que cumplen la función de maceta de plantas enfermas. El de personal me miraba con una especie de conmoción que yo interpreté como un ademán de lástima, como si de repente me hubiese convertido en esas anchas y preciosas novias jóvenes que tanto gustan de los gerundios de las tareas domésticas y con las que siempre se terminan casando los hombres que me dejaron, o dejé, no estoy segura. Sin saber muy bien qué hacer con ese colorido y perfumado mamotreto que me había sido impuesto lo hice descansar sobre un escritorio durante la mañana. Al finalizar la jornada laboral no tuve más remedio que traer al entrometido a mi departamento. A mi pesar, desocupé la jarra de jugo de pepino y la usé de florero. La puse en la mesa, no en el centro, porque estaba lleno de libros, medicamentos, facturas por pagar y el cenicer...