la agonía de las flores


El jueves me enviaron un enorme ramo de flores al trabajo, esa dependencia pública en la que sobrevivo a base de café ultraprocesado y esquivando extraños recipientes reciclados que cumplen la función de maceta de plantas enfermas. El de personal me miraba con una especie de conmoción que yo interpreté como un ademán de lástima, como si de repente me hubiese convertido en esas anchas y preciosas novias jóvenes que tanto gustan de los gerundios de las tareas domésticas y con las que siempre se terminan casando los hombres que me dejaron, o dejé, no estoy segura. Sin saber muy bien qué hacer con ese colorido y perfumado mamotreto que me había sido impuesto lo hice descansar sobre un escritorio durante la mañana. Al finalizar la jornada laboral no tuve más remedio que traer al entrometido a mi departamento.

A mi pesar, desocupé la jarra de jugo de pepino y la usé de florero. La puse en la mesa, no en el centro, porque estaba lleno de libros, medicamentos, facturas por pagar y el cenicero, más bien en el vértice izquierdo que se encuentra cerca de la puerta de entrada. Quedó allí una más de todas las instalaciones de objetos que están desparramadas por mi hogar, a las que algunos desalmados llaman desorden y yo describiría como la poderosa composición de un equilibrio cósmico.

Cada noche, cuando llegaba, un olor a flores me recibía, que alguien me recibiera en este oscuro departamento deshabitado era una grata novedad que había comenzado a disfrutar. Lo extraño es que cada noche el perfume mutaba. Café con leche, canela, anís, cachorro de salchicha recién nacido.

Una tarde soleada abrí las ventanas para que el olor a flores encerradas saliera y yo pudiera respirar. Entraron veintitrés moscas, las he contado. Enloquecidos por las flores los viles dípteros se posaron sobre los pistilos. Esto produjo una escena espantosa de gang bang decadente entre flores marchitas y moscas viejas, como un viento bajo la pollera. Como eso me parecía profundamente inmoral en este célibe departamento tuve que rociar todo con una nube química de veneno que se fue entreverando y formando distintas notas de salida con esas flores que llevaban varios días en mi mesa.

Extasiada con el espectáculo estoy presenciando su último instante, escuchando sus últimos suspiros, oliendo la lucidez terminal de los lirios. Estoy saboreando la belleza de la muerte que vigila y la de las flores que resisten, en vano.  



Antonella Sorrentino




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