un sonámbulo en monopatín
1999, o sea que
tenía nueve años cuando nos vinimos a vivir a este barrio. Me dijeron que
saludara con educación al chofer y que -aunque midiera poco más de un metro y
llevara guardapolvo blanco y una mochila Billiken- le indicara fuerte y claro
“boleto escolar”, que en ese tiempo costaba veinticinco centavos. Entonces
fueron casi veinte años de darle de comer a los colectiveros. Darles de comer
en la mano, aguantar sus cumbias y chamamés, apretujados a su merced como
sardinas sin arroz. La cabeza rebotando contra la ventanilla en una depresión
sin pensamiento más profundo que augurar una vida entera tirando de la cuerda
de una humanidad imprecisa. Bondis y más bondis, frenadas y smog. Nunca
chocamos, pero una vez en marcha atrás nos llevamos puesto a un niño de tres
años. El llanto de esa madre, difícil de olvidar, pero quién recuerda la línea
de tiempo de la fatalidad cuando levantás el brazo a diario para hacerle una
seña al presente para que no te deje a mitad de una ciudad jamás soñada. Gesto
de parada de ómnibus: venia nacionalsocialista. Nos vinimos a este barrio y la
mudanza no deparaba vecinos ni nuevos amigos: choferes. Para llegar a clases o
a casa de la abuela o para ir a la biblioteca popular antes de que la
incendiaran en el 2001: los colectivos empastados cayéndose a pedazos, sin
romanticismo porteño ni firuletes a combustión, puro humo negro. Ahora que la
empresa quebró y las unidades ya no circulan más, recuerdo que a las seis de la
mañana -cuando todavía no clareaba el trópico- se aparecían esas unidades
ruidosas a la vuelta de la esquina, lo que antes era puro baldío y oscuridad,
unos Mercedes de hace tres o cuatro generaciones atados con alambre simulando
un micro infernal, lleno de estudiantes porque éramos los únicos locos
circulando a esa hora, somnolientos y sin celulares. Basta de bondis, no hay
más: se extinguieron y fuimos los últimos en viajar colgados de sus barras
metálicas, se oxidaron en playones abandonados esperando el ojo de la codicia
que se relame incluso con la chatarra. El desarmadero argentino, patrimonio
cultural.
Ahora, al frente de casa, hay una agencia de taxis truchos. Viajes
compartidos que, dicen, le sacan el pan de la boca a los remiseros
tradicionales, a los argentinos de bien, a las aplicaciones que acá no funcionan
porque somos demasiado pueblerinos. Son enemigos públicos: dicen que los
colectivos quebraron porque la gente elige compartir estos autos sin patente
que los llevan al centro a mitad de precio. Éste era el único rincón del país,
estoy seguro, en el que se seguían dando boletos de papel, cortados por un
metal dentado, con sus frases del Bhagavad Gita en el reverso y numeraciones
que nunca eran capicúa para reafirmar que la suerte no existe. “Entonces es
así, viste, lo sátvico, lo rajásico y lo tamásico, las tres capas de la cebolla
antropogénica”; es lo único que puedo decir para que quien va manejando se
calle de una vez: miran por el espejo retrovisor para constatar que su pasajero
no es un pirado con manos de tijera. Los choferes son todos corruptos, cornudos
e hijos de puta, lo dice Luquitas y yo le creo, porque soy del silencio y no me
gusta que me charlen los taxistas. Quien fuerza el diálogo cae en una trampa
mortal: la anécdota se vuelve arena movediza, se confunde con su propia materia
inestable y lo que comenzó siendo un comentario sobre el calor que hace termina
convirtiéndose en una disertación sobre incesto presidencial. Es así: el
primero en abrir la boca y entregarse al monólogo astral, pierde.
Ahora que no hay cómo salir de casa ni atravesar la ciudad, voy de noche en el sonambulismo motorizado de una pasión venida a menos: la última versión de un tráfico fantasma, el tránsito nocturno de un purgatorio con cinta asfáltica donde chocan los cuerpos y salen volando, y no somos muñecos de alto impacto para la prueba de los cinturones de seguridad. Éstos nuestros órganos, éstas nuestras lápidas. Cruzo al otro lado y alzo la mano haciéndole una seña al vacío, nadie gritará que detengan el planeta porque quiere bajarse: acá a la derecha, acá a la izquierda, sé que está fea la calle, sé que la máquina sufre y están caros los repuestos. Descienda por la puerta de atrás, decían los carteles: siempre bajé por adelante, para verle la cara al responsable de la colisión, para verle los pulgares pulsando una maquinita de monedas, para decirle al menos una vez al día, “vamos y venimos, vos seguí dando vueltas en círculos”.
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