caleidoscopio en el fin de los tiempos
A los
clásicos, a Ray Bradbury
Con la lente
empañada, reviso los espejos reflectores, los pedazos de colores, las banquinas
de a dos, el sol parpadeante, las remeras de ídolos, los puntos de fuga, las
despensas berretas, lo anodino de las calles, los eternos caminos, sin rumbo y
en V, los laberintos sin bifurcación, y las noches patas para abajo.
Me tiro al costado, pero la lente se vuelve oscura, se transmuta,
con una tenue discrepancia, los velos se quiebran, las velas se consumen, la
ceguera y sus informes me encandilan. Me sumerjo, me extravío. En el medio, me
veo a mí misma, extraña, solemne, volátil, parada e inerte: dislocado el futuro,
cortajeado el presente, vuelta en U al pasado.
Desde la oscuridad, los colores son más nítidos, sucios y opacos.
Los sonidos vuelven en tropas a librar las batallas del olvido, a desamarrar los
chalecos de fuerza, a trocar los destinos por las melodías, a reescribir la
locura todavía no escrita, a salvar a los indómitos.
En el vórtice de la lente, con una o dos gotas de amapolas, me
vuelvo destellos, me agujereo en el sinfín de opiniones, argumentos y silencios
vociferantes. En este no tan usual uso de mi caleidoscopio, me vuelvo etérea,
me subo a los viajes de la mente, me libero de una vez por todas en el fin de
los tiempos.
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