casas
Las casas
admiten un solo dueño, las más de las veces es la casa quien se transfigura al espíritu
de a quien posee y expulsa los estilos que le son ajenos. Hay casas menos
decididas que otras, y casas muy feroces. Las primeras se reconocen por dejarse
habitar sin contraste por el eclecticismo de dos o más huéspedes. Son espacios
en los que coexisten en mosaicos microclimas de uno y otro, sin mayores dramas
que la cristalización de fronteras imprecisas mas definibles, el escritorio es
de tal, el baño es de cual, el lavadero de nadie (de la casa), el garaje de equis,
consiste en algo diferente al hecho de haber cada quien dispuesto el ambiente
según su gusto y criterio. Si los espacios de una casa se transitan durante un
tiempo considerable en silencio, pronto se advierte la mirada de la casa en tenue
resplandor. Los muebles se tornan antropomorfos, las patas son piernas
estáticas, las manijas en puertas dobles ojos y en puertas simples el ojo de
perfil de la puerta. Por efecto de la soledad, la mente devuelve del exterior la
forma humana, como si no fuera posible pensar más allá del propio cuerpo,
porque es cierto, sin embargo, que es bien difícil imaginar lo inerte. Representárselo.
Existe el estudio de las piedras y del suelo, pero tampoco esa ciencia responde
por lo quieto. En cambio, se filtra el fenómeno con el tamiz del tiempo, y el
tiempo, según la noción elemental de la vida como: lo que es capaz de
movimiento, remite a la imposibilidad de soñar alguna certeza acerca de la
muerte, que por contraste podría decirse movimiento. A veces una campera
puesta con descuido sobre el escritorio y vista al pasar, en medio del mutismo
de las cosas, parece un mendigo sobre la vereda, sobre el cordón de la vereda
como en intención de dormir, la campera parece callar haber sido dejada ahí
pero hablaría de cualquier manera, aunque estuviera colgada en una percha al
otro lado de las puertas del placard. Desde la oscuridad asomaría lánguida una
manga, diría: aquí en la penumbra estirada por el peso de la atmósfera sobre la
tierra, el dolor en la tela que, con los años, terminará por rasgarse en los
hombros a propósito de la fricción con la madera y hasta con el propio cuerpo.
No hay salida cuando en la habitación la sombra busca otras sombras de rasgo
humano y lo único que encuentra son filos y ninguna fuente de calor. Podría
pasar que la sombra, al corresponder a la familia de las sombras, se encontrara
afín a las siluetas que proyectan las islas de átomos. No obstante, quizá
tampoco la sombra se mira ni se busca ni se encuentra, ni es una que le ponga
voz a lo otro, tal vez es la presencia inquietante de las casas, ese querer
decir sordo sin articulación sonora. Se cuelan en la noción siniestra de si la
casa habla cuando chirría una puerta o gotea una canilla, imaginerías antropocéntricas
en que resulta la razón cuando se torna incapaz de aceptar las casas con sus
espacios vacíos por los que nos dejan camino para andar y, en eso, vigilan lo
que no les es pared y techo. La ficción de los lugares anónimos, de líneas
rectas y material plano y definido, habitaciones blancas, muebles de color
claro como de madera sin curar, a su manera, también observan. Cada huésped
podrá desnudarse en estos según cómo pueblen la plenitud vacía de estantes
blancos y cúbicos sin puerta en la cocina. Cada quien resolverá para qué usa el
espacio a la altura del rostro en el plcard, habrá quienes deslicen las puertas
corredizas y quienes dejen a la vista el interior del mueble empotrado. Nada en
ese tipo de casas no está demás y cualquier objeto evoca el desorden que hace
la vida. Formas impersonales aunque no necesariamente genéricas, hacen de las
líneas curvas una torpeza del ánimo. Están también aquellas casas tan usadas,
pisos en los cuales el gesto del escurridor al frotar trapos para pulir la
baldosa gastó de color la superficie y resultó en un efecto esfumado sobre el
zócalo y los bordes próximos al ángulo que hace la base con la pared y
conservan aun el color del principio. En caso de habitar como invitado estos hospicios
cotidianos, cada repasador parece haber sido elegido y sus humanos, como
poseídos, hechos al gusto de la decantación en el tiempo del espíritu de la
casa, le cabe un espíritu en la medida en que emula una identidad. En lo sucesivo
a la historia con que viene ya la casa, su aroma enraíza en el cerebro a quien
respira las partículas invisibles de la humedad en el concreto, desde el suelo,
la inofensiva pérdida de gas en la cocina, el hollín del calefón que queda
suspendido en el ambiente y se propaga, para finalmente descansar a la altura
del techo. Lamentables son las casas cansadas, que nada tienen que ver con tuberías
oxidadas o paredes partidas, techos con goteras. Son esas casas que alguna vez
soñaron reuniones contentas en sillones mullidos, muy limpios, sobre los pisos
espejados de tan pulidos, en las que cada centímetro de madera ha sido encerado
por si en un descuido un vaso transpirado se apoyara. Casas vacías en el
siguiente sentido, aun cuando estuvieron concurridas y embarulladas, nunca en
esas hornallas salpicó un milímetro de salsa en hervor, mucho menos aceite de
ajo tostado, nada. Siempre banquetes los más sabrosos y ninguna interacción
ocasional aunque fuera, entre dueños, por decir así, y rincones inhóspitos como
la canilla en la ducha del baño debajo de la escalera. Resultaría ineficaz decir
se realiza algún tipo de mímesis entre lo humano y la arquitectura, el diseño
de interiores paulatino que, pieza por pieza configura quien se ocupa de hacer
de un hueco de cemento ecosistema de sus afectos materiales. Instrumentos estos
que suplen la brecha entre la vida y la pretensión de ser, artefactos que van
desde licuadoras, trituradoras de alimentos, fuego inmediato con termómetro
regulable, agua caliente, hasta pinturas, lápices en cada estante, cucharas
medianas para las tazas, una taza en particular, preferida, hasta esa prenda de
algodón holgada, suave de tanto uso, fresca, traslúcida. Pero parecería
escandaloso asumir el vicio del animismo y pronunciar, en cambio, que es la
casa quien al parecer se deja vivir y da lugar.
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