cosas que hacen boom


Revienta porque puede y porque su destino, al final de la mecha, es ése: reventar, o con mucha suerte volarle la mano a un niño. Evanescente, efímero, sanguíneo: antes los drones eran para la guerra, no para dibujar luminiscencias publicitarias en el cielo nocturno. Está la bien fundamentada sospecha de que esto último es a propósito del olvido, que es síndrome y efecto radiante al mismo tiempo, por desgracia. Si fueran épocas distintas, no digo paralelas ni consecuentes, tan sólo distintas, no hablaríamos de cómo se nos escapan las guerras de los dedos. Nadie usaría una metáfora como arma cuando ya tiene el punto rojo del láser en la frente.

Fideos bajo la lluvia, se llama el cuento. Es sobre un ciruja al que no le importa estar bajo el torrencial sino saciar el hambre para sobrevivir otro día. Devora fideos con salsa pasada con súbita embriaguez. No le duraron ni treinta segundos. // Dejá de contarme historias de cirujas, te lo pido por favor, la concha de tu madre. Cada vez que cruzamos por esta esquina me pedís plata o me contás historias de linyeras muertos. 

Versión larga: no se puede determinar exactamente qué día, qué horario, qué últimas palabras, pero la persona sin hogar que estaba justo enfrente de la policía de tránsito finalmente murió. De frío, imposible. Ni ahogado, porque no ha llovido. Todo el país se inunda mientras tosemos la sequía. Entre navidad y año nuevo, o entre año nuevo y reyes, palmó. La esquina en cuestión era un local de fundas para celulares: lo que ha quedado, además de los pósters, son los cartones sucios de heces y un par de bolsas de arpillera. En la evanescencia de la pirotecnia china, los morlocks cenaron en la plaza central: así lo atestiguan las fotos municipales. La cena de los desposeídos, en la nochemala de los tiempos. Rotosos de toda rotura, pero con pan dulce. Hay videos de quienes reparten a vagabundos neoyorkinos, envases de whisky y vodka encintados con machetes, para mantenerlos en las calles. Si es el ejercicio de la metonimia social, la genealogía de un trauma un tanto más acá de lo postapocalíptico, hubiera sobrevivido este viejo envuelto en frazadas viejas que dormía en la esquina central. Belgrano y San Martín, esquina con nombre de próceres, de patrias adjuntas, de mercados de ratas. Las ratas con las ratas. La nochemala es sólo una noche, pero quienes tiran cohetes no tienen por qué saberlo. Explotada la mandíbula, porque no hay sapos ni perros a los cuales torturar, o porque los animales no merecen tremendo vejamen y hemos evolucionado lo suficiente como para saberlo. Entre los restos, la boca estallada de petardos y matasuegras, papelitos chinos bien chinos, las cajitas con dinosaurios rechonchos de alegría. No hay últimas palabras porque no hay labios, dientes ni lengua para decirlas, o están los restos, que según la leyenda sentencian un epitafio ajeno: Cuando el privilegio se convierte en naturalidad, la igualdad resulta una afrenta.

Versión corta: una y media o algo así, para el caso viene lo mismo. No es que no haya nadie que nos pueda ver, es que somos nadie y nadie nos ve nunca. Abra la boca grande y diga Aaahhh, que lo último que todos vamos a saborear en esta vida es la pólvora. 

Muchas veces me dijeron tirabombas, pero tardé mucho tiempo en saber qué significaba o a qué se referían. Censura no estuvo en la caja de Pandora, no se la considera uno de los males del mundo, una excomúnica con rostro de carnaval siniestro. Adornada en abalorios, es la patria potestad de los no lectores: allí donde se escribe lo que se lee, se censura lo que no se quiere leer, y que nadie más lo lea. Más que nada, por si acaso, porque en el fondo es el miedo el reactor fusión de todo ejercicio de invisibilización. Se usan muchos términos: bozal legal, cese y desista, calle la puta boca, no diga eso, qué me va a decir la gente. Pero pensemos en la pirotecnia espiritual: ver luces en lo alto, asegurarlas en la córnea con desesperada fruición, darlo todo por aquel estallido efímero de ingeniería que más tarde lloverá en ceniza. No hay mayor rasgar de vestiduras en la vida de un escritor que borrar o pedir que borren lo que escribió otro.  




Mario Flores

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