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El narrador de una novela titulada La insoportable levedad del ser, del narrador checo Milan Kundera, expone una idea bastante interesante sobre las complicaciones asociadas a la existencia de cualquier persona. Nos dice que el mayor problema metafísico de estar vivo, el mayor inconveniente, consiste en que uno nunca sabe qué es lo que en verdad quiere ni cómo se puede llegar a tener eso que se quiere. Lamentablemente se vive sólo una vez y no hay modo de comparar unas vidas con otras.

Pero eso no es todo, porque si en determinado momento nos la jugamos por alguien o por algo, tampoco existe la menor posibilidad de comprobar si tuvo sentido haber tomado esta decisión.

El hombre vive todo a la primera y sin preparación, y sin embargo cree que sus actos son transcendentes. Es como si un actor tuviera la posibilidad de representar una obra solo una vez y sin ningún tipo de ensayo. Es por eso que Kundera se pregunta ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma, si la vida, en función a esa paradoja, es solo un boceto, un borrador, un algo que ocurre solo una vez, un cero a la izquierda?

No lo sé pero a mí a veces me parece que la vida es la historia de un hombre o de una mujer, o de una persona sin género definido, que alguien dejó caer por una ventana desde una altura indeterminada y luego se olvidó de ella.

Al principio esa persona que flota y cae, cae y flota, porque es más liviana de lo que parece, es pequeña y apenas se mantiene en pie y no ha aprendido a leer y escribir, ni a sumar ni a restar, entonces no sabe lo que es caer, pero con el tiempo asiste a la escuela y va a adquiriendo conciencia de las complicaciones que se le van presentando a lo largo de su descenso involuntario.

Algunos días llueve y se moja, pesca un resfriado y padece de fiebres altísimas, otros la pasa de lo más bien en la playa y nada, y se deja llevar por la inercia de las olas y se toma un coco frío o una cerveza. Otras veces hace tanto calor que no puede ni moverse y suda a cántaros. Si se enamora pierde el equilibrio y da vueltas sobre su propio eje y enloquece. En invierno, se muere del tedio y si no tiene dinero para pagar la calefacción a tiempo, pasa frío y siente que no puede respirar. Sin embargo, mientras cae se va diciendo, todo va a estar bien, todo va estar bien, mientras transcurren días, meses, años, hasta que un día entiende que el problema no está en la caída, porque para caer no necesita ayuda de nadie, sino en aterrizar. Para eso al menos necesitaba un paracaídas que nadie le dio, o en su defecto, un curso introductorio sobre el arte de volar, pero lamentablemente nadie le enseño ni siquiera a aterrizar. 

Así que bueno, ahí vamos, en caída libre, viendo cómo aquello que era tan chico, el valle, la ciudad, las terrazas, aquellas montañas, el aeropuerto, se van haciendo cada vez más grande, y nadie, nadie nos está esperando con una de esas redes de circo con las que salvan a los acróbatas y a los equilibristas en el circo, o al menos, con un colchón de agua, de esos que solo sirven para calentarse los pies.  




Francisco Ardiles

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