tu nombre es mío
A veces creo que tengo la convicción
—y otras sospecho que es solo un reflejo que consiste en repetir lo que opinan
los que saben— de que es mucho mejor leer primero el libro y luego ver la
película. El miércoles iré al cine a ver Cumbres borrascosas. Me
entusiasma, aunque no sé si por la película o por el solo hecho de salir con
dos amigas a mirar una película protagonizada por el nuevo galán, tan nuevo que
nunca recuerdo cómo se llama. Me apuro a leer el libro. Tengo una edición que
rescaté de la biblioteca de mi tía Stella. Es un ejemplar de 1978, de tapa dura
amarilla y letras doradas que anuncian el título y nada más. Falta, en esa tapa
dura, el nombre de Emily Brontë, quien ya en su siglo debió ocultarse tras un
nombre masculino para poder publicar. En mi ejemplar, el anonimato persiste
pero con un giro: el nuevo seudónimo de Brontë es Stella, mi tía, que marcó el
territorio con lapicera negra sobre la primera página. Paradoja de descortesía
de Stella con la autora, en esa hoja que se llama, justamente, de cortesía; un
ciclo que se repite para burlarse de quienes aún creen en la evolución o el
progreso.
Avanzo de prisa porque los
capítulos son cortos. Siempre me ha costado manejar textos largos, ya sea para
escribirlos o para leerlos, así que voy anotando los nombres de los personajes
y alguna referencia que los caracterice para no perderme: José: criado. Empiezo
a sentir una cosquillosa indignación: Joseph es José; Frances es Francisca;
Catherine, Catalina. ¿Quién habrá decidido este bautismo forzado? Me detengo en
la pregunta y regreso a la página legal. Me sorprende el título original, muy
original en este caso, pues figura como Wuthering leights. Del traductor
solo sabemos que es Vergara; no conocemos su nombre de pila. Acaso sea Stella
Vergara, pienso, y estoy casi convencida de que este libro sea simplemente el
inicio de mi herencia de traiciones literarias.
Le cuento a Jota que leo
de prisa para llegar al estreno. Me responde que no leyó buenas críticas; que
hay puristas de la novela que detestan la película y que es difícil hallar
buenos actores. Jota viene del teatro y de la escritura: tiene un criterio
formado, no como yo, que soy una aficionada a todo. Aficionada al maquillaje, a
la lectura, a cocinar budines sin gluten en la Thermomix y otras morisquetas.
Algo en su comentario me hirió. Quizás esperaba que Jota validara mi felicidad
del miércoles –pochoclos salados, grasas saturadas y amigas– al ver la versión
de Fennel que, como mi libro, en nada se parece a la original. De pronto, me
avergüenzo de mi severidad con Vergara.
Hace un tiempo que Jota me
envía audios con lecturas. Con pasión de archivista, los organizó en un drive
titulado con la “y” griega como la conjunción copulativa que une nuestros
nombres. Jota inauguró ese espacio compartido en el que conservo en su voz a
Oliverio Girondo, a Silvina Bullrich, a Clarice Lispector y, lo que es mejor
aún, poemas de su autoría.
Ahora soy yo quien le
graba y envía a Jota fragmentos de Wuthering leights, obra que confesó
no haber leído. En las lecturas voy adulterando adrede palabras, situaciones y
nombres, sobre todo nombres. Quiero que la versión que conozca Jota sea la mía,
posiblemente tan mala como la de Fennel o la de Stella.
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