papel kraft


En el papel madera una cenestesia intangible, de arena por la familiaridad de color, remite a la multiplicidad y a lo neutro, dos atributos que parecieran oponerse si se piensa en movimiento. Lo neutro como quietud y la multiplicidad del lado de la velocidad, por el número y por la diferencia. Papeles para comunicaciones formales se reciben en sobres de papel madera, objetos se envían envueltos en papel madera para desconcertar acerca de su valor e importancia. Envuelvo libros en papel madera para ocultar las tapas, los títulos. Algo con la vergüenza, una suerte de pudor de ser vista en lo más íntimo, la lectura. Es posible soportar la exposición de leer en alguna mesa de café solo a condición de que nadie sepa lo que se lee. Tal vez se estudia, tal vez se holgazanea, pero queda en reserva debajo de un papel neutro, apagado, opaco. En una oportunidad en un café, el café me fue presentado en una taza de vidrio traslúcido, cuando lo habitual era una taza blanca recta y sin filos. En cambio, esta, ovalada, afilada en los bordes, a través de las paredes de la taza podía ver el color del café teñido por la leche, la separación entre la espuma y el café, y la densidad del café al fondo, mientras en la parte superior la leche coloreando el marrón renegrido. Una desnudez repulsiva. La calidez del papel madera entonces, le viene no del color sino más bien de la textura áspera y homogénea al tacto. Para deshojar la aversión al café blancuzco de la taza, permanece el dato del color en el café cortado, al distorsionarse la sensación ante el efecto visual, sería necesario admitir la sustancia del ánimo templado que mana el papel madera no le viene del color. Ni de la calidez de la arena, cualidad a la que podría asociársele por afinidad con playas de aguas calientes. Si se tratara de alguna arena sería la del desierto, médanos que modula el viento, en los que se lee el silencio del sol. Hay algo de un sentido pragmático en las formas de esa arena, pero para quien desconoce el vocabulario del desierto, el color figura un plano compacto y pleno de presencia. Es lo que sugiere el papel madera, liso, prolijo, algo del vacío ocupado por algo vacío a la vez que opaco. El vacío se deja habitar, pero lo opaco, en cambio, repele cualquier proximidad. Aplaca cualquier estridencia, neutraliza los extremos sin caer por ello en un punto medio. No hay nada detrás del papel color madera, como tampoco hay acerca de él algo, conceptualmente sugiere más bien pura superficie, es concreto, real y material. El flúor, el negro, el gris no le hacen contraste, qué pasaría si se le apareja el blanco mate de Pantone. Este otro, por única diferencia presenta su respuesta a la luz. La sombra sobre el blanco mate hace profundidad, mientras que la sombra sobre el papel madera solamente figura oscuridad. Es distinto porque la profundidad funda el espacio, mientras que la oscuridad no deja de remitir específicamente al grado cero de la luz: presencia o ausencia. Hay agresividad en el blanco a secas, no así en el Cloud Dancer, que pareciera pretender más una suavidad, por oposición a lo agudo del blanco níveo. Es el color que queda cuando se retiran los colores, es posible que el color de la velocidad de la luz sea ese blanco Pantone, si se definiera por ser el color que queda cuando se retiran las capas de pintura. Algo próximo a la nada, esa danza etérea de lo inmaterial. Entonces sí, por oposición, de un lado la materia y del otro la nada. Pero la nada no es un hueco, aunque es inconsistencia. En un ambiente blanco, en donde ningún objeto sobresale sobre otro para turbar la atención, lo que interrumpe el suspenso del ruido es la luz. Quien habita esta caja blanca podría percibirse inmerso en una experiencia, sí, de suavidad y ausencia, pero el sistema consiste en un frágil equilibrio hecho del ángulo en el que refractan la luz los contornos de los objetos. Es cierto que se puede hacer emanar a un objeto la luz Pantone, siempre que la iluminación cubra los trescientos sesenta grados de la dimensión material. Porque la sombra quiebra la ilusión algodonada de sumergirse en la suavidad tenue de lo blanco mate. Piénsese en una habitación, no de madera, sino en diferentes gamas de papel madera. No hay que apresurarse y llamarle marrón, el marrón es cálido, cuenta con un fondo ocre que se apaga con azul, y el color papel madera está hecho más de un caos de colores fríos homogenizados. Llegado este punto, cloud dancer y papel madera, ambos se encuentran en el mismo extremo del cuerpo, lo frío, aquello que transmite calma, pero queda todavía la pregunta de cómo, uno enciende y el otro apaga. Uno parece agudo y el otro grave. La gravedad del papel madera consiste en que repele y asimila el trazo, mientras que el blanco mate llama a la corrupción. Una pelusa sobre el blanco etéreo interrumpe la sensación extensa de infinito profundo y callado. Una pelusa, en cambio, sobre papel kraft, conduce a la consistencia opaca del blanco usado. Por un lado, el principio aurático de las cosas, mientras que por el otro el transcurso del tiempo. El papel madera vendría a figurar un blanco usado en cada resquicio, tal que no queda rastro de él excepto que el papel se aje y aparezca en el pliegue la rotura de lo pálido. Cuando estalla, del papel madera afluye el blanco, pero cuando estalla el blanco Pantone, se quiebra y deja ver lo que contrasta en la física con la luz, el vacío cósmico. El silencio entre las piedras estelares. Detrás del bailarín etéreo hay una densidad de agujero negro, mientras debajo del siena opaco hay la levedad del silencio, lo inabordable de la partícula de luz, la velocidad aislada en estaticidad, en caso que fuera posible detener la impermanencia en el cambio, que es la sustancia de los sentidos. 




Maira Rivainera 



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