como el amante el lector


La literatura, como el amor, enferma. Ese frenesí de desear contarle a alguien lo leído, el afecto de amar produce querer otro, el desconocido, lo viva también. Amar hace ese efecto de exceso interior, de palabras, que se vehiculiza en más parrafadas, pero balbuceantes. Una enfermedad que, cuando olvida el portador su carácter de huésped, pretende ella pasar a primer plano y montar una ficción de magia, cuyo núcleo explicativo hace del encuentro una casualidad determinista. Se entiende si se formula el pensamiento en la modalidad de los libros que esperarían a ser leídos. Más preciso sería decir, quedan los libros al encuentro del lector y la enfermedad consiste en virar de página en página, de libro en libro, a la busca de ese que responda las inquietudes primordiales. Y los libros responden, de alguna manera. Lo que tampoco es sorprendente ni sobrenatural, nada más sucede que otro haya escalado montañas que una apenas empieza a avistar. Se gana cuando se retoma el camino que la muerte o el tiempo le haya truncado a quien hubo dejado el problema a medio esbozar o resuelto de tal forma, para tratarlo desde ese punto y continuar. De ahí que no parece imberbe aseverar la literatura sea una, aunque en ella coexistan las repeticiones. Es divertida en este sentido, nadie que escriba o lea puede mentir acerca del propio camino. El lector es siempre una predisposición de ingenuidad, por cuanto desconoce y por la imposibilidad para formatear el gusto. No habría buen ni mal gusto, sino solo tramos de sendas. Alguien que disfruta de la lectura se delata acerca de sus placeres, leer se aproxima más a una insatisfacción excepto la lectura complaciente del reconocimiento de sí. Si es que hay, como dicen, lecturas exigentes, también hay exigencias de lector. El lector viene a ser una suerte de tirano, que descarta páginas en la medida en que estas no responden a sus triquiñuelas. Al arribar a un umbral, más allá del placer lector, las dudas que dejan los libros y se toman por propias, son ajenas y, no obstante, quien ha sido tocado por ellas no puede rehusar de la lepra así adquirida. El lector es un paria que arrastra el carro de las historias que le hubieron percudido la mente. Un cáncer, eso es el voyeurismo del lector. Cómo hizo tal para desplegar estos párrafos delicados o áridos, tales las preguntas que acosan la fibra íntima del diálogo interior. Inútiles, pero indispensables. La sal de la piedra. Tal como el amor viene bálsamo sobre las fatigas cotidianas y, en su ausencia queda el saco abierto a la espera de la próxima vez, la lectura deja al lector abatido en el suspenso hasta el siguiente instante cuando deje la vida tiempo a las palabras. El paralelismo, aunque inexacto, es posible, da la impresión de navegar la contemporaneidad una suerte de ineficacias en las formas realizables del amor, tal como ineficaz resulta la palabra en su ejecución en el acto puro del habla, en la performance de decir. Cual si una increencia habitara la forma presente del intercambio palabrero, así, el desencuentro amoroso viene a trastornar la creencia en el amor cuando se lo homologa a una silueta de la verdad. Pero todavía no se está en el terreno de lo literario, toda vez que se admita la literatura es el ámbito de la ficción, valdrá para ella sola la consideración de realidad. De la misma manera como no es posible estabilizar el sentido de un texto para cada lector, en la medida en que él mismo tergiversa el significado en cada lectura, la versión del amor como un común acuerdo entre las partes se disuelve apenas se considera el polo activo del amante en relación con el polo pasivo del amado. Amor existe solo a condición de renunciar a ser amado y la literatura, cuando se pone aparte la verdad de la realidad. No existe realidad de los símbolos como superficie sobre la que deambulen los cuerpos socializados, desde que no resultaría lícito generalizar un sentido único en vistas de la relatividad que inaugura la parcialidad del punto de vista. Pero nadie puede, por ejemplo, alegar que es incorrecto el joven Rodia, Rodion Romanovich Raskolnikov terminara por afiebrarse de cólera después de cometer la puerilidad de asesinar a Lizaveta Ivánovna, víctima a su vez de la vieja usurera. De ahí que, en materia de literatura, la ficción inaugura una realidad que, aunque no la realidad común, sí la única realidad posible. Por incuestionable, porque si alguien deseara poner en entredicho el juicio de quien escribe e inventa, lo preferible para el crítico, en ese caso, es que escribiera su propia versión, es decir, que fuera capaz, si le fuese dada la habilidad, escribiera él la historia tal como la desea. Es entonces, la ficción el terreno de la realidad, no por el realismo sino por la consistencia que concede al tiempo la inscripción de eternidad que efectiviza la palabra. No tiene que ver con las obras descomunales, que perduran en las sucesivas reimpresiones sino con el carácter cerrado que produce el punto final a las palabras. Ese drama tan íntimo de quien escribe, en sus tratativas con la elección de palabras el poeta, y las desambiguaciones en que incurre quien transmite alguna historia, ese excepcional arte de Onetti, quien sin demorarse en explicaciones configuraba artefactos musicales, de tiempos en una armonía delicada de silencios con límites precisos, explicitados, contra la fascinación interpretativa del espíritu que podría adjetivarse de jovial, ineludible en la historia del lector a través de sus lecturas. Hay en la literatura un rasgo afín al amor deseable, aquella que funda en quien se arroja a sus aguas una vocación de decir, como el amor que cuando termina deja todavía ganas de amar, y enferma al inadvertido lector de palabras. Es necesario, entiéndase el tono, que el lector o bien deponga sus armas al momento de recorrer las palabras o bien resulte vencido en su batalla contra el texto, tal como el amante se desnuda para amar, para que lo que en el texto le habla le atraviese la carne, le cale los bordes del campo semántico, como hace la marea acantilados. Una enfermedad porque cerrar un libro devuelve a un mundo enajenante de objetos concretos, impenetrables, compactos, mudos, y parecida al amor, que devuelve el cuerpo a una población de imágenes donde solo una es el rostro querido, y ninguno de los que no es el del amado no produce el disgusto, la náusea de la ausencia. 





Maira Rivainera  


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