poetas cínicos-zombies
Mi hipótesis es
que la poesía ha muerto. El género, pese a que su sistema de actividad social
sobrevive, se agotó y se conserva como una pieza de museo, desanclado de la
vida cotidiana y neutralizado en su capacidad de incidir en las disputas de
sentido. Pienso esto hace tiempo y me animo a confesarlo después de una charla
de sobremesa con una amiga, que me pidió que le haga una devolución a sus
textos.
Leía entonces en su celular un .pdf con cuatro poemas que escribió
y, de reojo, veía en su mirada esa luz del que espera algo que el otro no puede
dar. Le dije que reconocía en los versos su estilo, su voz (llevaba mucho
tiempo sin leer algo suyo). Podía sentir una familiaridad con su resonancia.
Decepcionada, respondió: esto es otra cosa. Intenté explicarme,
pero insistió en que esos nuevos poemas eran muy diferentes a lo que había
conocido. En pos de saldar la diferencia, le dije que, más allá de lo que había
cambiado, seguía escuchando en sus versos algo que solo puedo encontrar en su
escritura. No mentía. El arte de elogiar sin caer en la desmesura es más
exigente de lo que se puede llegar a creer.
Al distanciarme de la conversación, de mi amiga y de los bordes
crujientes de pizza que dejamos en la mesa del bar, la familiaridad se volvía
extrañeza. Sus versos, espectrales, parecían venir de otro tiempo. Era hablar
con la muerte.
Por honestidad, debo decir que muchos se dieron cuenta de esto antes
que yo y que escribo no solo desde el fracaso, sino también a destiempo.
Intenté escribir poesía durante quince años. Me quedo con algunos versos, muy
pocos, pero solo para vigilarlos de cerca y mantenerlos cautivos. Soy un poeta
que mira de frente las ruinas porque es mejor que ser un poeta zombie. Porque elegí
evitar el camino que el fantasma de la poesía ha tomado junto a sus cínicos
caminantes blancos.
“No siempre hubo novelas en el pasado, no siempre deberá haberlas”,
dice Walter Benjamin. Las tecnologías, las instituciones, los géneros
discursivos y todas las formas sociales tienen un carácter contingente. Lo que
aquí llamo muerte, de ese modo, se puede traducir como agotamiento o
estado de impotencia. Y no es
extraño que ese agotamiento haya llegado en el momento de mayor
democratización: nunca ha sido tan sencillo escribir poesía ni interpretar en
el teatro social el papel de poeta. En su museificación, en lugar de vitrinas,
la poesía cuenta con sus fuentes espectrales: concursos, antologías, recitales,
magrísimos presupuestos estatales, eventos de caridad, el deseo de ser vistos
para estar vivos.
Hace poco leí un libro que el hispanoperuano Martín Rodríguez Gaona
escribió desde la nostalgia. Una serie de ensayos que la editorial Pre-textos
tituló Contra los influencers. Corporativización tecnológica y modernización
fallida (o sobre el futuro de la ciudad letrada) (2023). El texto
abunda en lamentos y, por momentos, es muy aburrido. Sin embargo, mientras el
autor, que también es poeta, redacta el certificado de defunción de lo que él
llama desde su pose elitista cultura letrada, su crítica acierta en
algo: “la realidad es el consumo”, dice. La diatriba apunta a la lógica
espectacular de las grandes editoriales y la plataformización de la literatura,
que “oblitera toda disidencia, complejidad o exquisitez”.
En este diagnóstico, la secuencia sería más o menos así: la máquina,
es decir, las corporaciones tecnológicas, aprovechándose de los vacíos
legislativos y la ausencia de jerarquías, crea poetas y seguidores, y los
poetas a su vez crean o defienden tendencias para luego capitalizarlas e
incorporarlas a sus marcas personales. Esta dinámica, dice el autor, favorece
la vocación monopólica de las plataformas digitales. Cabe señalar, esta
vocación es algo a todas luces innegable y su defensa doctrinaria es cada vez
más común en los círculos de poder global. Un ejemplo de esto es el tecno-bro
Peter Thiel, que sostiene que los monopolios son los motores de la innovación
tecnológica.
Lo curioso es que Rodríguez Gaona habla de un vacío institucional
cuando en la página de legales del libro se destaca que ha sido galardonado en
el marco de un reconocido premio literario español y que ha sido financiado por
el Ayuntamiento de Valencia. El problema de esta concepción melancólica de la
cultura letrada es que desnuda el conservadurismo de las visiones
apocalípticas. Ante la falta de imaginación de futuro, se imponen posiciones
restauradoras que niegan décadas de cambios profundos en las jerarquías de la
producción artística y de la sociedad en general. La solución sería reordenar
la casa, volver a un pasado idílico.
Hablamos de estos y otros temas con mi amiga un par de semanas
después, cuando nos juntamos a almorzar. Ella no usa redes sociales desde hace
más de tres años y, a medida que la conversación avanza, se sorprende una y
otra vez cuando le comento noticias viejas. Pero estoy lejos de creer en la
opción de la desconexión digital porque no porta un cuestionamiento técnico
real y en esas condiciones el arte es imposible. Tampoco considero que
desinstalar redes sociales pueda desligar a nadie de los procesos sociotécnicos
en curso.
De todas maneras, no dejemos de darle la razón en algo a Rodríguez
Gaona. La realidad es el consumo. Y ahora, justo cuando la poesía está muerta,
los poetas andan de a miles, en malones, por los salvoconductos de las redes
sociales, completamente subordinados a las micropolíticas identitarias que se
dan a sí mismos. No pueden escapar, ni en sus acciones ni en sus producciones,
del mandato febril que dicta que las cosas son cosas siempre y cuando produzcan
guita, entretengan o sanen. Poesía para el like, poesía terapéutica y poetas
que se construyen performativamente como la obra de arte, por encima de la
poesía.
En ese sentido, las dos últimas décadas de florecimiento de
editoriales independientes y literatura emergente en Argentina dejaron tras de
sí el barro de una nueva forma social. La literatura tiene una nueva piel y
todavía estamos lejos de entenderla. En una conversación con un escritor
santiagueño, algunos meses atrás, este me decía enfático que hay muchos poetas
en la región, que siguen construyendo lazos de solidaridad, reciprocidad, y que
se mueven de un lugar a otro aun con poco presupuesto. Ante la muerte del
género, la consolidación de un dispositivo social de contención. Lo que no está
al servicio del mercado, está al servicio de la identidad. Otro síntoma de la
impotencia.
Pero hay en lo nuevo siempre algo viejo: sabemos que los grupos
literarios y las disputas por la identidad en torno a la literatura tienen casi
ciento cincuenta años en nuestro país. Lo novedoso, en este caso, es que luego
de una larga primavera creyendo que las plataformas son una herramienta y no
(un elemento central del) mundo que habitamos, sus lógicas han terminado de
moldear los términos en que se disputa lo estético (y lo político). Por eso,
mientras los poetas se multiplican y refuerzan sus relaciones, al mismo tiempo
admiran lo fácil que es encontrarse en Instagram y llegar a un público, que es
una forma velada de poner las reproducciones, las visualizaciones y los likes
por encima de todo. De modo que estas nuevas redes que movilizan recursos,
facilitan encuentros presenciales y aparentan un regreso a las bases, en
realidad camuflan una huida acrítica hacia adelante y maquillan la resignación
social. El dispositivo contiene porque no puede transformar.
En este escenario, las señales de brazos abiertos a agrandar más y
más los grupos de WhatsApp pueden ser leídas como una sádica fascinación por
las lógicas de acumulación de nuestras sociedades precarizadas. Otra secuela de
los largos años de inflación semiótica que atravesamos. Tiempo histórico en el
que el reconocimiento simbólico se instituyó como un sistema de compensación de
las carencias materiales y en el que se estabilizó la imposibilidad de pensar
soluciones estructurales a los problemas reales.
Al mismo tiempo, el simulacro de la poesía se organizó en torno a la
banalidad de la extimidad y de escribir una, dos o tres palabras y apretar
enter. El corte de verso se volvió la seña de identidad del poeta
zombie-cínico. Esa derrota es otra arista de la politización superflua de todos
los aspectos de la vida, algo que, por cierto, se complementa muy bien con el
estado de frustración y resignación general. Es el triunfo del cinismo por
otros medios. Si todo se politiza y se discute en estado de emoción violenta,
bajo el influjo de pasiones tristes, entonces, los temas cruciales se pierden
en el ruido y reciben el refuerzo de la resignación. Por eso, porque todo puede
ser poesía en las viñas del capitalismo de plataformas, la poesía ha muerto y
el poeta zombie-cínico es el que actúa como si no lo supiera.
Como no creo en la irreversibilidad de los procesos, apunto tres
cosas para cerrar con un tono más optimista. Primero, que dos de los cuatro
poemas de mi amiga me gustaron mucho. Se sigue escribiendo buena poesía aunque
el género esté agotado. La supervivencia de buenos versos y miradas singulares
son señales que me hacen pensar que sobra material para construir nuevas
textualidades y salir de la impotencia.
Segundo, que el cinismo no se cura con declamación política.
Traficar el discurso político a la creación artística es siempre y en todo
momento una actitud reaccionaria. El problema del arte es un problema técnico.
Ahora bien, sin cuestionamientos a la tecnología de poder del “yo” —al branding
personal, al apego a lo que demanda la nueva economía de atención, al terror a
confrontar ideas cara a cara— y sin la exploración de nuevas relaciones con lo
técnico, va a ser muy difícil encontrar alternativas. Tercero, y atado a lo
anterior, como solo se premia lo redituable, lo terapéutico y lo entretenido,
es probable que en el camino debamos perder plata, herir nuestros egos,
aburrirnos y permanecer abiertos a la construcción de nuevos géneros (que
seguramente ya se están haciendo). Al caos fragmentario y al reino de los
afectos quizás debamos darles nuevas maneras de hacer y zurcir sentidos, y
nuevos sujetos.
Comentarios