ocupaciones cotidianas
Hace casi un año supe que Marcelo existe. No sé con
exactitud cómo pasó de ser un comentario banal de Tania, un quejido sigiloso
sobre su vecino, a convertirse en casi mi única ocupación cotidiana, que
incluso llegó a desplazar por completo otras ocupaciones menos importantes que
Marcelo, como por ejemplo hacer las compras de los productos de limpieza del
baño o pedir el subsidio de los impuestos de la luz. Ayer por la tarde mi
terapeuta intentó explicarme que Marcelo es la coartada que inventé para no
dedicarme a hacer todas esas actividades que detesto, pero no entiende que
Marcelo es mucho más que eso.
Cuando Tania se mudó al edificio de la calle Darwin,
Marcelo ya vivía allí. Eso lo supe luego porque se lo pregunté directo, sin
rodeos, cuando ella descubrió mi tara psíquica, y cuando a mí ya no me
importaba disimular mi fijación con él. A Tania ya casi no la veo porque vive
lejos pero mantengo con ella una viva amistad a expensas de flores que nos
enviamos para nuestros cumpleaños, fotos de cuando íbamos al colegio y
canciones; y lo más importante: porque hablamos a menudo de Marcelo, de las
minucias diarias en el edificio que comparten.
Esa intriga se fue apoderando de mí con tanta cautela que
no recuerdo con exactitud cuándo fue que me hablaron de él por primera vez.
Creo que la gente ni siquiera sospecha de mis procedimientos de investigación
acerca de Marcelo, el modo en que experimento con vegetales para imaginar cómo
huele su camiseta húmeda cuando me cuentan que se lo cruzan sudoroso en el
ascensor y que saluda con la voz elevada de una alcaparra.
Al principio Marcelo no era algo tan frecuente, sino más
tenue, como una mancha en alguna viga de madera que al principio nos resulta
indiferente, pero que con el tiempo se va imponiendo allí como una forma que ya
no podremos nunca dejar de ver, como ese perfecto perrito manchado que se
dibuja en los nudos del cedro cada vez que subimos las escaleras. Así fue
escabulléndose Marcelo en mi vida, ese perrito con el hocico perfecto que no
puedo dejar de mirar, por más que ensaye otras formas y geometrías.
Tania me manda un parte informativo de Marcelo cada dos
días, a veces lo acompaña de audios que roba del grupo de propietarios del
edificio de la calle Darwin y me lo reenvía sin texto alguno. Entiendo que es
una manera de darme lo que necesito (como quien tira la comida balanceada a su
gato) y de tomar distancia de mí y de mis pequeñas manías que a ella le
resultan extravagantes, mientras que a mí, perfectamente justificadas. Otras veces
me cuenta en algún audio cuál es la situación en el edificio de Darwin 2224 y
algún comentario –aunque sea trivial– sobre Marcelo. Escucho su relato por la
mañana, por la tarde y por la noche mientras me lavo los dientes.
A Marcelo lo fui armando, imaginando por partes. Al
principio con alguna información descuidada que mi amiga dejaba entrever en sus
relatos, pero también, a medida que pasaba el tiempo, con un cuestionario
dirigido a afinar ciertos detalles que me resultaban vitales. Así supe que Marcelo
trabaja como taxista en la ciudad, pero que generalmente no sale temprano de su
casa. Que no tiene pruritos en denunciar a la asquerosa que dejaba que su perro
hiciera caca en medio del corredor como una muestra de impunidad que enfurece a
Marcelo y de hacer algún comentario imprudente al vecino del 5 que se le acaba
de morir la abuela.
Hace unos pocos días Tania me contó que había una invasión
de cucarachas en el edificio y que Marcelo había decidido combatirla. Llamó a
distintas empresas fumigadoras para exterminar las cucarachas, y luego de
reiterados fracasos concluyó con determinación y sabiduría de alquimista que,
por supuesto, ninguna sirve. Escuché en uno de los audios que compartió con el
grupo de vecinos del edificio que las cucarachitas se le brotan en su alacena y
necesita algo más fuerte. Las cruzadas que Marcelo impulsa contra los
sinsabores de la vida son tenaces e infatigable, como esos espasmos de vida que
tienen los niños al marcar el botón del ascensor que los conduce a su piso.
Estoy por completo segura de que Marcelo dice las cosas con
esa torpeza de quien es transparente y Tania me lo confirma con alguna anécdota
y yo solo logro regocijarme y relamerme mientras froto mis bracitos cortos
contra las sábanas, porque voy corroborando cada una de mis hipótesis. Tengo la
certeza científica de que su modo de hablar molesta a los del 6 y a los del 3,
de quienes también tengo una imagen mucho más borrosa. Porque a decir verdad,
con el único que me tomé el trabajo de construir un retrato fue con Marcelo.
Marcelo combate otras plagas que también perturban la paz
del edificio, la principal de ellas es la administradora. El otro día le dijo
que por favor no escribiera más en el recibo del condominio “Marcelo López” porque su apellido es Lope.
En cada una de las reuniones Marcelo le exige, con todos los alegatos que están
a su alcance, a la administradora que modifique eso. Ella, por supuesto, nunca
lo hace. Hola Paula, ¿Cómo te va?, el muchacho del 8 te habla, te pido un
favorcito, si para el mes que viene me podes corregir el apellido. Yo no soy
López, soy Lópe: L-o-p-e, ¿Viste? porque me estás poniendo López y no soy López
yo. Soy Marcelo José Lópe. Para el mes que viene para las expensas porque este
mes ya me lo mandaste con el López. Bueno te agradezco mucho y disculpá las
molestias. Que tengas buen día. Dijo Marcelo. En algún momento llegué a odiar a
Paula pues la suponía una villana, luego me di cuenta de lo necesaria que ella
es, para Marcelo y para mí.
Del 1 al 5 de cada mes casi que puedo verlo recibir la
liquidación de las expensas, agarrar ese
papel y que no le importen los números, ni cuánto tiene que pagar de
expensas, sino la corroboración, una vez más, de que su nombre está mal
escrito. Marcelo sigue viviendo allí, en la calle Darwin, en el mismo edificio
que Tania, aferrado con vigor a esa esperanza. Sigue siendo el combativo vecino
que nunca va a desistir de recuperar ese suspiro inhalado que le arrebata el
exceso de una letra en su apellido.
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