escribí


Córdoba jueves de Octubre

 

Escribí: “Las cosas pasan cuando uno menos lo imagina.

Ella se hunde en su mirada, tiemblan del estruendo, apenas alcanzan a ver la luz, gana lo oscuro. ¿Es agosto le pregunta ella? ¿Lo escuchaste? Y con sus manos pequeñas le agarra la parte de atrás de la remera, lo agarra fuerte.

—Me hundí adentro tuyo Amapola. Que se termine ya el mundo, que se maten los que quieran…

¿Escuchaste Rogelio?

 —Sí sí, es agosto, para ser más preciso 26. ¿Vos decís que son tiros? Vi el relámpago, mientras te quedaste callado, como una luz de advertencia y de repente me vi adentro tuyo.”  

Mano, tecla, mate, teclado. “adentro tuyo” mucho adentro, mucho estruendo, no, no, no, vamos de nuevo.   

Escribí: “Todas las cosas importantes pasan en una esquina, una cortada, un cruce”, allí está ella, Amapola, el personaje de mi novela.  

“Todas las cosas importante pasan en una esquina, el bar está en una esquina  del centro de la ciudad, todo el año tiene sombrillas. Se sienta en una mesita para dos,  en un rincón, apartada. Lleva puesto un vestido verde limón con cuadros amarillos y una cinta de raso que corta la cintura del tableado que le sigue. Mocasines negros, simples para tocar el suelo y una libretita minúscula entre las manos y un libro de Sábato: “El Túnel”. Es la edición del año en que ella nació. Se acerca el mozo, ella encarga un cortado chico. Abre la libreta, arranca una hoja y con un lápiz rojo que llevaba entre sus páginas empieza a escribir:

Rogelio: Los otros días me dijiste  cuando fui a tu departamento que  vos no eras tan hombre para mí y que me quedara tranquila que yo te excitaba. Claro porque tu lengua, es una lengua sexual y yo no voy por el sexo, voy por vos Rogelio. Y lo de ser poca mina o vos mucho tipo para mí no es por el fuego de las batallas en la cama. ¡Es por la profundidad de la vida en la que me ahogo!”

Ay no, empecé a toser, no puede ser que yo escriba me ahogo y me ahogue, ¡yo! Tomo un trago de agua, pasa, labio, lengua, garganta. Sigamos. Trago, escribo. 

(sigue Amapola escribiendo la nota) “O no te das cuenta que vos querés una mina erótica, sensual y yo solo soy un cuerpo flaco con 4 cicatrices de cesáreas y 20  libros dormidos en mi pecho.

Mirame Rogelio, no seas cobarde ¡mirame a los ojos! Mirame bien.

Abrilos cuando me besas o voy a creer que besas a otra. Ves que vos sos mucho tipo para mí. Las intelectuales como yo no saben amar.”

 —Mamá, ¿querés un café?

—Dale.

¿Seguís con la nueva novela?, ¿avanzaste?

Nada, estoy trabada en un bar.

Escribí: “Ella garabatea una firma y en eso lo ve venir, él levanta la mano a lo lejos cerca, trae una camisa básica y un jean. En los pies zapatillas, raro… Amapola tiembla, cuenta en cámara lenta los pasos, toma la nota que le escribió y la hace un bollo. Saca rápido un cigarrillo y lo prende. Cuando llega Rogelio le tira una bocanada de humo en la cara”  

No, no. no. Cursi, básico, poco creíble.

Suena el timbre.

¡Que alguien atienda que estoy escribiendo! 

Pienso en Cortázar, lo miro, tengo una foto de él en la biblioteca frente a mi escritorio. En la postal Julio tiene una cámara de fotos. Me acuerdo que jamás en mi vida tuve una. Los otros días me preguntaron en el programa de radio Un Gallo para Esculapio cómo escribo, le dije a Andrés el locutor que con la oreja, es como si solo pudiera escuchar lo que quiero crear. También le afirmé y aseguré que escribo mal y que gracias a eso sigo escribiendo. Pero claro, mi editor me llamó cuando me escuchó y me dijo que nadie escribe bien o mal, que saliera de ese dualismo y nos entretuvimos hablando de Emil Cioran. 

Pero yo lo miro a Julio y recuerdo como si escuchara su voz en Las babas del diablo que dice algo así como Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando formas que no servirán para nada y sigue y sigue Julio y llegamos a donde dice Entonces tengo que escribir, uno de todos nosotros tiene que escribir y sigue y yo recuerdo cuando dice pero mejor dejarse de pudores y contar, porque al fin y al cabo nadie se avergüenza de respirar. 

De nuevo el timbre, no voy, que salten la reja.

Sigamos con Amapola.

Escribí aunque no suenen las teclas, escribí no suenan las teclas. No, no escribamos de Amapola.

“Rogelio se sienta en la silla frente a ella, Amapola se corre el flequillo.

—¿Me das fuego flaca?

—ya que no me das un beso Rogelio te paso el criquet.

—¿Qué contás flaca?

—Nada, viste que los otros días fui a tu departamento…

—Sí, sí el jueves.

—Lloré mucho  cuando me despedí, disculpá, nunca me quiebro. Sucedió porque había sentido algo muy hondo y profundo que me conectó con este tiempo de mierda y me ganó el cansancio por las batallas diarias y cuando te abracé sentí que ya no tenía más fuerzas y tuve ganas de llorar en tu espalda y me sentí patética y quise agarrarme a tu remera y  tu cuerpo suelto, juvenil recién cambiado que vive en vos y quise robarte un puñado de vida y solo te robé un beso apurado veloz... Y quedé como una niña prendida a tu remera,  como si tuviera en mi mano un puñadito de vida. Y cuando bajé rápido por el ascensor, cerré la puerta y me puse los anteojos de sol porque me moría de vergüenza y cuando salí del ascensor, me subí al auto y me mire en el espejo ay, ay, ay,


Amapola Ay, Ay, Ay Amapola, tu ay es el de Lorca, me lo sé de Memoria:   

AY!

El grito deja en el viento

una sombra de ciprés.

            (Dejadme en este campo,

llorando.)

 

Todo se ha roto en el mundo.

No queda más que el silencio.

 

(Dejadme en este campo,

llorando.)

 

El horizonte sin luz

está mordido de hogueras.

 

(Ya os he dicho que me dejéis

en este campo,

llorando.)  

—Quiero besarte o me vas hacer llorar de nuevo. 

—Vamos en casa hay libros y vino, deja de dar vueltas. Yo pago el cortado.”  

Ay, ay, será creíble que se acuerde a Lorca de memoria, bueno preguntaré en casa y a los pacientes si se saben algún poema de memoria. Uh, ¡otra vez!, si mi personaje se lo sabe, se lo sabe.

Escribí.




Yael Noris Ferri

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