malditos coleccionistas de certificados


“Siempre pide factura, te da un aire de empresario”, le aconsejaba Homero Simpson a Bart minutos antes de su primera cena en casa de los padres de uno de sus romances de iniciación. / “Hay algo curioso acerca del carácter alemán: redactan un informe de todo lo que hacen, es algo perverso: los nazis han dejado por escrito todos sus pensamientos criminales y todos sus actos criminales, aquí en este despacho hay pruebas para colgar a medio país”, le aclara el secretario de archivo a Alec Baldwin en una de las primeras escenas de Los Juicios de Nuremberg. / Y es que los fundamentalistas del papel encuentran en la textura de la pasta de caña de azúcar, blanco obra o ilustración de ciento ochenta gramos, una suerte de concreción física y empírica de su identidad, acaso la constancia plena de que su lugar en el tejido universal carecería de evidencia fáctica sin un trozo de papel firmado por vaya a saber qué figura de autoridad, también creada a partir del sistema burocrático de las humanidades reciclables.

Certificados de participación, informes, diplomas al mérito, tickets, avales universitarios, currículums, cartas de recomendación, nombramientos que no cumplen mayor función que el de un souvenir. Souvenir quiere decir porquería en francés.

¿Cuál será esa saliva que cae por las fauces, desesperadas babas que hacen fila para recibir aquel retazo de cartón con un nombre –el de cualquiera– impreso, que colgará durante años y durante años acumulará polvo en una pared? La institución panóptica, que mira aun sin la certeza de estar siendo vistos (de ahí la paranoia esquizofrénica de la estructura carcelaria en el ámbito escolar y académico), no soporta no ser vista. “No preciso certificado” es una respuesta que va en contra de esos postulados. ¿Para qué más pedazos de papel en un cajón? Eso hacen los maestros y docentes, que son acumuladores del sinsentido, Diógenes con guardapolvo que se persignan ante la nada, los malditos coleccionistas de certificados cuyo único motor de acción es corroborar que su desasosiego tendrá redención a través de cuantas más hojas A4 pueda juntar. Casi nadie emprende compromisos de formación sin antes comprobar que habrá certificado de participación: cualquier taller, workshop, curso o laboratorio, antes que interesados en la materia (sea artística o no) recibe una horda de correos electrónicos de docentes con errores de ortografía que preguntan si hay puntaje o certificación. El móvil de este crimen no es el conocimiento sino la aventura por engordar el ganado.  

En una entrevista radial, llama la maestra de primer grado para felicitar al escritor invitado, y esa voz telefónica con fritura de interferencia cableada se encarga de recordarlo: “Yo fui tu maestra de primer grado”. ¿Y? ¿Sos de Sagitario también, va a pasar algo intenso? La circunscripción del talento o la capacidad creativa a la institucionalización de la figura de supuesta autoridad es un axioma: así como la genealogía del trauma, al coleccionista de certificados le urge comprobar que no ha sido echado al olvido y que en un rincón polvoso de la memoria resguardamos su nombre, que su trabajo no ha sido en vano, e implora una cucharadita de jarabe de reafirmación para sentir que su miserable vida encadenada a un escritorio de escuela tuvo algo que ver con alguno de los diez libros que el escritor invitado a la entrevista radial ha publicado (y que, por supuesto, ella no ha leído porque los docentes no leen). Silencio en el estudio, nula respuesta y, del otro lado, la jubilada dando un suspiro amortiguado de quien confirma que no representa ningún recuerdo gozoso sino parte del encadenamiento pesadillesco y beligerante del paso por el sistema educativo.

Mirá, una estrella fugaz, pedí un deseo, rápido: “Que explote la escuela”.

Lejos de los orígenes tradicionales de la génesis artística, la escritura nace de episodios igual de traumáticos y exóticos, cuna del realismo sucio y enfrentamientos del mundo contra sí mismo. La literatura creada a partir de condiciones sociales inicuas, cuando no en la desidia y la decadencia de sus estructuras de autoridad, busca introducir en las grietas de la realidad la tentativa de una visión crítica, ya no según el ángulo del ombligo propio, y ahora cimentadas en las posibilidades de reflexión sobre la inexorable caída de aquellas casas construidas sobre la arena.

La poesía no nos salva ni nos redime, no es terapia para el alma ni pan de pocos. Una lectura sin posicionamiento crítico hará de la poesía apenas el reflejo del “alma”, creyendo que todo lo que se escribe es publicable y que sólo por el hecho de “salir del corazón” ya es legítimo, ignorando que cualquier formulación de la palabra es carne, personal pero también política, herramienta de la construcción privada y la destrucción masiva.

En entrevista con Beto Casella, Ricardo Iorio aclara: “El que es maestro sabe que va a ser siempre pobre, ¿o qué? ¿O es que les gustan los pibes? Yo no estoy para coger criaturas, señor, si estuviera para manosear criaturas sería preceptor de una escuela secundaria o profesor de educación física”.

Un poema propio de la mansedumbre contemporánea: “La seño no lo sabe todo. / La seño se confunde, se olvida, se equivoca. / La seño intenta una y otra vez. / La seño borra y escribe. Y vuelve a borrar. Arruga papeles, los tira y los vuelve a buscar. / La seño también duda y tiene miedo de equivocarse. / La seño tiene que buscar respuestas, preguntar e investigar. / Volver a estudiar, desempolvar libros viejos, pedir ayuda y dejarse ayudar. / La seño tuvo que aprender que no es perfecta…”. Y mejor no sigo, porque el poema es demasiado largo y patético. ¡Pero que la seño vaya a dormir la siesta! Solo las imaginamos llorando en un rincón polvoriento de la historia.

Y ahora, un elogio a la raza. ODA A LOS DOCENTES. Estos hijos de puta, menemistas y prepotentes, incapaces de articular dos oraciones juntas que hasta el día de hoy escriben con errores de ortografía / no merecen más que el filo de la espada cercenando sus gargantas. / ¿Dónde está la represión cuando se la necesita? ¿Dónde están los guardapolvos con manchas de sangre tendidos al sol? / Me hicieron desear ser policía y vigilante del Imperio solo para darles con un palo en la cabeza, bien merecido lo tendrían, enfrente de catedrales y cabildos, legislaturas y call centers, donde levantan carpas hediondas con cartulinas mal escritas / el perfume de los docentes es una escupida de mate. / Estos hijos de puta, caretas del sistema carnívoro, cómplices de sacerdotes violadores y degenerados, levantan banderas y cruces, cruces y banderas y en el medio, un Big Mac. / Hijos de puta, mediocres malnacidos, bastardos mal cogidos, viejas de mierda, humanos chotos y pestilentes / monos con corbata y escritorio, aprendan a hablar, aprendan a no pasar vergüenza, dejen de revolcarse como cerdos felices y orgullosos de su propio excremento, / creen que son huestes de guerreros que merecen el bronce de la eternidad, si nada hacen, nada logran, / todo lo hacemos nosotros, los otros, los que ustedes reprueban / los que les hacen salir canas verdes, los que amonestan / somos nosotros, los otros, los que vamos más allá de lo humano / ustedes quédense ahí, con su gran enemiga la planificación, prendiéndole velas al Power Point sin el cual estarían en el horno / memorizando fórmulas ajenas, párrafos completos, rindiéndole culto al copypaste, señoriales hijos de puta, su voluntad apaleada por las cuatro paredes del poder, / ¿qué autoridad venís a fingir / cuadrúpedo que gusta de abrir la boca para que le escupan? / Hijos de puta, servidores del Estado, hijos bien portados / proletariado de la masa consumista, fans de las telenovelas españolas / no hay nada peor que ustedes / cruces y banderas, banderas y cruces / y en medio, una larga lista de números sin nombres.



Mario Flores

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