el viajero
Aquí en Parque Central las horas se fatigan pero no descansan, pasan del día a la noche insomnes, de la luz solar a la de los cilindros fluorescentes agitando las ventanas y los pasillos llenos de polvo. Si se vive en el piso 40 se tiene la sensación de estar más cerca de la calle que en el piso 4. Cualquiera apostaría que en cualquier momento alguien podría saltar por las ventanas corredizas desde las que se puede distinguir multitud de cosas: la siembra de casas diminutas que atesta la montaña de San Agustín, el cochecito que sube y baja con sumo cuidado, cargado de gente y halado por los motores del metro cable, el vuelo errante de las palomas que pierden su ruta entre tanto tráfico y se suicidan contra la autopista plagada de automóviles y motorizados, que parecen hormigas, cajas de fósforos y caballitos de mar. Para que ustedes vean que lo que digo es cierto les cuento que una vez abrí la puerta, venía del trabajo cansado con la intención de almorzar y luego de tomar una siesta, a eso de la 12 del mediodía y me encontré con un Zamuro. Esos pájaros inmensos y altivos que danzan alrededor de la muerte y adoran el aroma de los basurales. Al verlo me quedé mudo. Imagínense que entren a su casa, hartos de la vida y se encuentren con un animal de semejante envergadura. No hay idioma que les sirva, solo el de los mudos. Yo no dije nada, él tampoco. Durante un rato nos miramos sin vernos y decidimos ignorarnos. Supongo que este pedazo de cielo atrapado en la sala de mi pequeño apartamento tampoco sabía qué hacer. Me dije qué hago y enseguida las opciones más absurdas empezaron con su fiesta. Todo lo inoportuno, innecesario y descabellado que podía pasar por mi mente saltó a mi cabeza. Siempre sucede así, nunca pensamos correctamente cuando necesitamos encontrar una salida, sin embargo me dije, estate quieto. Pude haber llamado a los bomberos pero no lo hice, supongo que no hubiera servido para nada, ellos solo tienen mangueras y ya no hay agua en la ciudad, está racionada, también pude haber resuelto buscar a la policía pero no me atreví. A estos últimos les tengo demasiado resentimiento. Son incontables el número de veces que los policías, guardias nacionales y fiscales de tránsito que se paran en la esquinas me han detenido por razones absurdas. Al pensar en esa opción inmediatamente me contuve. Estaba seguro de que si los llamaba llegarían matando al pobre animal sin hacer preguntas. No, no, nada de eso. No vaya a ser que mataran al pobre y dejaran el reguero en el piso del apartamento, me dije. Al no hallar otra salida decidí ignorarlo y permitirle quedarse en casa el tiempo que quisiera. Total a eso estoy acostumbrado. Vivo rodeado de chulos que dicen ser mis amigos cuando no tienen medio en la cartera. Unos vividores que pasan sin previo aviso por mi minúsculo hogar el día menos pensado con la excusa de contarme sus penas pero con la intención de beberse lo poco de whisky que me queda. Lo cierto es que cerré con cuidado la puerta, dejé mi cartera sobre el tope de la cocina y bajé lentamente las escaleras que dan a mi habitación. Antes de dejarlo solo con sus pensamientos me di el gusto de admirar por última vez su elegancia rugosa y poco agraciada. Como los ventanales del apartamento estaban abiertos consideré que lo más probable era que se fuera por donde entró. No dio un solo paso ni movió una sola pluma de sus enormes alas plegadas mientras estuve allí. Parecía una estatua mortuoria. Ya en mi habitación puse CNN, vi un reportaje de los emigrantes sirios y me quedé dormido. Ante tal desgracia a uno no le queda otra. Al despertarme noté que había pasado más de una hora. Fui al baño, oriné porque la gente cuando va al baño orina a sus anchas y luego subí cautelosamente los escalones que dan a la sala. Cuando estuve arriba me di cuenta de que el inesperado Ángelus de la tercera edad ya no estaba. Se había marchado sin decir palabra. Sé que vino con la intención de hacer algún anuncio pero no supo cómo hacerlo. Yo tampoco le di la oportunidad. No estaba dispuesto a oírlo. Seguramente se trataba de algo muy triste y de eso ya tengo bastante. Pero bueno les cuento esto para que sepan cómo es Parque Central, un enorme monumento lleno de viejas sorpresas. Una isla vertical rodeada de automóviles que parecen enfilarse suavemente contra los bordes de la cama con un rumor de lago salado. Un panal de concreto donde es imposible dormir tranquilo.
Francisco Javier Ardiles
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