cosas de caminar
Hay unos pájaros enormes que gritan como
patos. Pero no tienen patas de pato, no andan como patos, no parecen patos. Y
sin embargo su garganta está convencida de que son patos. Vuelan como pájaros
normales.
Me gusta el agua cuando se
derrumba. Primero viene una ola, discreta; después crece, se eleva, y llega un
instante en que se supera a sí misma y se derrumba. Y hace un ruido hermoso. Un
estruendo se va extendiendo por la playa como si alguien desenrollara un
trueno.
Ahora bien: no todo es color de
rosas. Hay un problema con el café. Te dan a elegir entre “espresso” y
“americano”. El espresso es fuerte, amargo y brevísimo. Es menos que un trago.
Y el americano… el americano es una tragedia. Empezando por el que sale de la
máquina del desayuno del hotel, que es tan chirle que parece un té. Y no tiene
gusto a café ni a nada que uno pueda reconocer. Como si hubieran confundido un
poroto con un grano de café.
Por lo demás, paseo por la ciudad
vieja o la playa o entro a esos centros comerciales interminables, que son como
laberintos con aire acondicionado y objetos de todos colores.
Duermo más de lo normal y tengo
sueños bastante tontos. Sueño con lo mismo que pasa o pasó en la realidad, pero
con un tono más sombrío y angustiante, como si mi inconsciente tuviera un
director de fotografía deprimido.
Lo mejor es que disfruto de la
posibilidad de estar con mi hijo menor. Acá hablamos. A veces no mucho. Pero
caminamos juntos. Hay conversaciones que se hacen con los pasos, como decían
unos griegos.
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