la operación norberto
Toda
salida exige un exceso.
Y
todo exceso, si se lo mira de cerca, ya estaba adentro.
—
Fragmento apócrifo atribuido a Norberto, fumador reincidente.
Hay que llevar las cosas
hasta sus últimas consecuencias para poder salirse de ellas.
No se puede
abandonar algo así nomás: hay que llevarlo hasta el empacho para soltarlo.
Hasta el idilio
para despedirlo.
Hasta la
guarangada para largarlo.
Hay que lograr la
araña empresa y orientar las velas hacia allí.
Entonces, lo que
propongo es que, para dejar algo —o, usando la palabra contraseña que la época
ha sabido prostituir tan vilmente: soltar—, uno debe entrar, embarrarse,
enroscarse, enmarañarse, revolcarse, sumergirse, osar empantanarse, dedicarse,
voluptuosamente penetrarse.
Sostener, aún
más, aquello de lo que desea deshacerse.
Desgraciadamente,
la opacidad de la razón nos ha enseñado, desde nuestra edad más láctea, que
dejar o salir residiría, según ella, en un movimiento centrífugo.
Yo propongo el
movimiento inverso: la salida centrípeta.
Salir para
adentro.
Entonces, por
ejemplo, si alguien quisiera dejar de fumar, debería fumarse cuatro atados
seguidos de su cigarrillo preferido.
Esto no lo
invento: le pasó al padre de un amigo.
Preocupado por su
salud, decidió dejar de fumar… fumando.
Luego, claro,
aparecieron otros problemas.
Por ejemplo,
recuperó el color de su bigote —negro cobrizo— que antaño, con el cigarro, se
dejaba teñir las puntas de un dorado mate por efecto del alquitrán.
Eso, según él, le
daba mentirosos aires europeos.
Nos lo decía en
la sobremesa, mientras administraba esa suerte de salón de belleza para
mostachos que era su boca fumando un cigarro.
En fin, esto
último no viene al caso. El punto es que Norberto fumó para dejar de
fumar.
Podríamos titular
esta teoría como una pragmática del empacho.
Habría que
buscarle un nombre más académico, algo que permita mandarla a la
universidad.
Quizás algo como
“Teoría del Atracón para Salir hacia Adentro.”
Ahí está el germen:
TASA. Una sigla de manual, aunque más bien una suerte de contracción semántica
homicida.
Sería fiel al
espíritu, ya que uno quiere entrarle tanto a eso que, al hacerlo siglas, logra
exterminarlo por implosión.
¿Quién recuerda,
a fin de cuentas, qué significa cada letra de los acrónimos?
Y si para eso
están, es el ejemplo más claro de que comprimir para recordar lleva al olvido.
Como decía antes,
estamos inmersos en una lógica inversa: salimos para afuera.
Incluso hay
grandes eruditos que osan querer corregir este aparente desliz del sentido
común.
Y otros, aún más
pulcros y escrupulosos, le han puesto un nombre tan bonito a ese mal tipificado
error: pleonasmo, le han puesto.
Dentro de la
familia de las figuras de dicción, el pleonasmo es el hijo drogadicto.
Cuando se usa de
modo repetitivo y sin fines estilísticos, no aporta valor expresivo. Por eso lo
han tildado de vicioso, como si repetir fuera un pecado y no una forma torpe
del deseo.
En cambio, su
hermano mayor, el pleonasmo literario, luce el título de doctor: ahí la
repetición se convierte en recurso controlado, ritmo y énfasis.
Y hasta su esposa
está preñada de varios retruécanos.
Entonces propongo
que el pleonasmo sea una política: la política del pleonasmo.
O, si se prefiere
algo más aplicado, la Operación Norberto también quedaría adecuada.
Naturalmente,
consistiría en llevar las cosas a su máxima consecuencia para poder así salir
de ellas.
Para hacerlo
gráfico: profundizar tanto que, de alguna manera, las partículas de eso mismo
comiencen a desmismarse hasta permitir la salida.
En suma: todo
abandono exige una sobredosis de presencia.
Saturar hasta
salir.
Mentira sería
decir que esta teoría es una revelación reciente.
Ya he comprobado
la Operación Norberto desde hace tiempo.
Con Javier, por
ejemplo, un amigo de los años en que estudiar todavía era una palabra.
Una palabra
edulcorada para referirse, de coté, a la bulimia letral que uno adquiere cuando
las hojas crecen y se van de casa.
Con Javier
habíamos descubierto ciertos eventos térmicos: momentos en que hacía tanto
calor que terminaba haciendo frío.
Es decir, el
termómetro, intervenido por la Operación Norberto, tendría que ser
circular.
Tal vez incluso
resultaría más útil de usarse, al menos bajo la axila.
Por ello,
justamente, esto que expongo aquí no es una locura. Tiene sustento biológico y
físico, como cuando alguien se quema las papilas con el primer lengüetazo de
helado.
O cuando se
golpea el dedito chiquito contra el mueble y el dolor es tan intenso que, por
un instante, siente cierta seguridad de que nada peor podría pasar.
Y ese,
curiosamente, se vuelve el momento más feliz de su vida.
Ahí está, quizá,
la fórmula de la salida centrípeta: tocar fondo hasta dar la vuelta.
Las ciencias
térmicas, hasta donde han llegado mis estudios, no se han pronunciado sobre
esto.
Pero tampoco lo
han desmentido, por lo que considero que el panorama es favorable.
Más aún, aunque
así no fuera, el registro de TASA o la Operación Norberto (ON) pertenece al
amplio pero riguroso campo de las epistemologías de sobremesa.
Tal vez todavía
desconocidas, pero con la certeza de que llegará el momento en que serán tan
desconocidas que, finalmente, aparecerán adentro.
Y saldremos,
hacia adentro, con la nuestra.
Como
siempre.
Entonces, de la
teoría a la práctica:
Militantes,
militarse.
Hablantes,
hablarse.
Empachados,
soltarse.
Pleonásticos,
repetirse.
Amantes,
amarse.
Hasta que se
desmismen
y se
encuentren,
adentro.
Por fin,
Saludos,
Carlos.
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