luz y sombra
Pongámonos de acuerdo: ¿Quién lee al que escribe? ¿y quién escribe al que
lee?
Un escritor me dice que lo que escribe no lo inventa,
lo siente: “son voces” que escucha desde lo profundo y, como un cazador o un
médium, solo adapta en el texto una pizca de aquellos momentos. Adónde andará
el silencio, murmura al instante. Otro menciona
que “lo monstruoso” de sus historias ya existía en la memoria de lo humano,
mucho antes de que él naciera. No son ideas mías, no son ideas tuyas, y por
eso mismo no podemos sentir culpa. Aquí el discernimiento podría decirnos
que lo que importa es la literatura; sin embargo, ¿qué sucede si
lo que se escribe ni siquiera se concibe como literatura? Por ejemplo, lo que acabo
de poner en palabras es una (mala) suerte de respiración, no me queda otra, me
digo para adentro. Ahora todos callan sin que nadie quede ausente, nos une el
mismo pensamiento.
Y ahí nomás, al ratito, se nos viene encima la
razón del origen y el final. ¿De dónde surgen los motivos? La escritura podría transmutar
en algo que se estira y no se rompe, algo que derrapa sin llegar a su desborde.
Y de ahí seguir la sombra cuando la luz se pierde en el horizonte. Pero ¿hasta
cuándo puede estirarse la soga? Guarda con el margen. ¿Qué margen? No hay tal
cosa en esta historia. Mire usted mis personajes, mire quién escribe y su locura.
Esa es la cuestión: “Quién escribe”. A quién le importa. ¿Y a quién le
pertenece la obra? Mejor digamos que de la luz y la sombra no existiría una sin
la otra.
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