la agonía de los sentidos
Creo en el momento en que un
libro llega a la vida de cada cual, quiero decir, sospecho ahí una nota de
destino, en el encuentro con libros que parecen haber sido puestos en los ojos
porque hay algo en ellos de marco para una incertidumbre acerca del presente.
Contrario a la deducción habitual, sobre lo que inquieta sea el futuro, lo
perturbador es encontrarse de cara a lo próximo en silencio. En esos momentos,
de perplejidad ante el hecho del cuerpo que late, la sed, el hambre, si la
mente logra sortear la distracción que ofrece el significado y hace, esto
sería, avanza a ciegas, al tanteo, un libro a veces modela la masa amorfa, el
medio en el que se desplaza el soplo sin envase, que es como algunos días
deambulo veredas llovidas, veredas atardecidas, calles rápidas de luces altas.
Uno de estos días, murió Iván Ilich. Era domingo, era día veintidós, del mes
dos, a las veintidós mientras agonizaba, antes del último bocado de oxígeno.
Toma un cierto tiempo elegir qué libro leer, cuál libro empezar a leer, pero lo
más complejo es decidir dónde leer el final. La lectura de un libro empieza
quizá de pie ante los estantes de una librería, se continúa apenas se sale de
la librería, o bien, continúa mucho tiempo después, tras una secuencia que
merece el calificativo de ritual, por una suerte de rodeo imaginario previo que
prepara el ánimo para afrontar la tarea o prepara el ánimo para tornarlo
merecedor de tamaño privilegio. Dónde transcurrir el final de un libro es una
pregunta que hay que resolver cada vez. Por dos motivos. Principalmente, al
cerrar el libro hay que estar preparada para poder seguir adelante, el punto
final sucede mientras la vida continúa con indiferencia. En segundo lugar, el
sitio en el que se esté, las interrupciones que se presenten, el ruido
ambiente, harán parte del recuerdo de ese final y eso es importante. También es
cierto, no todos los finales pretenden el lugar menos nocivo y, para restar
gravedad, no está demás aclarar que un buen final soporta cualquier escenario.
Con el tiempo, cada quien más o menos prefiere ciertos lugares antes que otros.
En mi caso tengo como mejores para, lugares impersonales. Para no teñir de mí
al libro, para no dejar asociado el libro a mí. Una escalinata, si no fuera
demasiado llamativo, en una cuadra poco concurrida puede funcionar bien. En lugares
con mucha gente. En lugares a los que nunca voy, alguna mesa descubierta al
pasar, a la que nunca acudiría si no fuera para no ir más. O en lugares
neutros, las sillas de mcdonald’s, asientos en centros comerciales, paredes huecas,
muebles olvidados de la ergonomía, por precariedad material o de manera
intencional, estratégicamente. En el espacio más hostil que haya podido
encontrar, café en vaso de cartón, sin techo, ráfagas de aire helado, ráfagas
de aire caliente de motor de autos, agonizaba Iván Ilich. Resultaba una ironía
que una persona dedicada a la indolencia, en el preludio a la muerte le
preguntase a Dios de dónde le venía el castigo, para qué le hacía doler de esa
manera y ralentizaba el fin. Por otro lado, si lo único real fuera el dolor, cómo
no preguntar si habrán sido esos últimos meses una ofrenda a su experiencia del
cuerpo. Había llevado una vida de placeres, trabajo bien hecho, acomodo a las
buenas costumbres y ninguna situación en la que hubiera permitido el mínimo
temblor en ese mundo privado suyo apacible, ataráxico. Existía todavía aquel
destello de hipocresía en Iván Ilich cuando llama soledad a su deseo de que lo
amen, durante el paréntesis hacia el morir. Recapitulaba haber dedicado su vida
a hacer feliz a personas a su alrededor, y en el lecho de muerte nadie dedicaba
algo de su vida a amarlo. Será porque dar y amar sean dos hechos muy
diferentes. No habría parecido digno si hubiera pedido compasión, en lugar de
lo cual se pone a repasar los años que lamentaba haber perdido y quedaban
atrás, en busca de la felicidad acabada y el pecado desconocido para sí que no
terminaba de pagar en ese diván de cuero enfermo. La
pregunta de si se vive como hay que vivir o no, es posible sea la pregunta que
cada día al despertar se elude detrás de rutinas y obligaciones, metas y
procedimientos. Pregunta siempre vigente porque no hay quién ni qué responda a la
incertidumbre sobre el deber y el valor de cada nacimiento, excepto el instante que corteja a la muerte. Hacia los
últimos años, es como si uno viniera a hacer de propio padre o de juez o de
adulto imparcial para mirar en retrospectiva quién ha sido en el mundo. La
ilusión en el desdoblamiento, acerca de la posibilidad de entender lo que uno
haya hecho, desde el lugar de un otro lejano, externo, un ensayo de mirada para
anticipar el peso de aquella mirada última ante la que se rendirá
arrepentimiento genuflexo, responsabilidad definitiva. Una mirada universal,
que no habrá de considerar al momento de las conclusiones las nieblas de cada
uno, desde las penumbras desde donde decide y ejecuta los pequeños dones obsequiados
al afuera, emanaciones del espíritu, deshechos de la duración del propio cuerpo,
porque necesariamente uno ha debido olvidar las causas para disculparse por las
consecuencias. Iván Ilich murió como el infeliz que fue durante su vida, y es
triste y es real por eso. Pero sería sublime si nadie pudiera escapar a la
pregunta ética durante demasiado tiempo, no toda la vida al menos, aunque casi
la totalidad de ella. Es justo, pero es irreal y es por eso es poético.
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