texto bruto


Solo hay una enfermedad grave y es que tu editor te odie y que se acueste con vos. Que te cercene las pocas palabras que apenas podés pronunciar. Que te acusen de prosaica y sobre todo de bruta/puta, que, en definitiva, es lo mismo. Que te diga ese texto es muy loco, tenés que pasarle plancha, que te mande a planchar.

Toda la maldición se reduce a un problema de dominación que va de los textos a la cama, y que una no sepa bien cuándo está en la cama y cuándo está en los textos. Su estrategia es desplomarse sobre mí después del orgasmo y quedarse dormido y babear un poco como hacen los muertos cuando caen sobre el pavimento, con el solo propósito de robar el poco aliento que me queda para poder respirar alguna letra del abecedario, para poder salir a la superficie, dar la bocanada y volver a hundirme pero con aire en la boca.

Pareciera que el único propósito que tiene es mear mis textos con sus feromonas, plantar su bandera de refugiado, en la despareja lucha contra el imperio decadente que aún mantengo en pie y dejar bien claro, dicho sea de paso, que yo siempre estoy abajo en este juego copulativo, de arriba a abajo, de pies a cabeza, y que ni siquiera tengo el derecho a gemir con letras.

Dibuja de pedagogía la testosterona. Disfraza de conjugación verbal y subordinadas al semen que pretende esparcir y refregar por mi cara. Camufla de recomendaciones de lecturas y documentales de mierda sobre Elena Garro y justifica el despotismo ilustrado de Octavio Paz, y espera que me trague toda la leche de su discurso apocalíptico. Lo que él quiere es que soporte su tendencia a la penetración sin lubricante, que me deje lastimar, que me deje doler, y que calle si me incomoda y me sangra. Yo soy una corzuela herida, que solo atino a mirar de lejos las cosas. Herida de muerte, herida de condón, herida de maternidad, herida de conquistas, herida de textos. Él aspira a que todo pase por la invasión de su jadeo y su sudor a cántaros sobre mi cara.

Cada vez que intento escribir me dice desde su faro de egolatría académica seguro estás escribiendo en un café con las tetas al aire, pero al momento de escribir lo hacés con doble corpiño. No sabés ordenar un cuerpo textual, lo único que sabés hacer es no tener celulitis. Yo no te edito, yo te arreglo y te estoy arreglando porque escribiste y eso es válido. Sin mí los textos te salen tartamudos incompletos.

Mi proeza onanista es que él no aparezca en este texto, que no pueda editarlo, ni siquiera leerlo, que su ritmo de respiración, tan perfecto, tan poético, tan solemne, tan doctorado de universidad pública de ranking, tan Techo de la ballena, no entre acá. Sus letras rítmicas de conservatorio no son mis gritos desesperados.  





Antonella Sorrentino



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