abrecaminos


Si fuera real lo de los campos cuánticos, lo de la inteligencia gráfica: la existencia material como una interfaz gráfica. Hay varias maneras en las que podría hacer rituales. Procedimientos puestos al servicio de consolidar certezas, conjurar el temor, la esperanza, y domesticar la incertidumbre. Agarrar un vaso, intencionarlo, intencionar agua, verterla. Vinagre, orégano, esperar siete días y ser capaz de descifrar el mensaje. Si el agua se pudre, funcionó. Si no, era demasiada energía negativa de onda, interferencia. Pero si el vaso estuviera cargado de suficiente valencia negativa tal que anulara la intención, la dirección intencionada hacia el objetivo en miras. Si el orégano en el que hizo nido una polilla, tanto tiempo expuesto a cualquier ojo, también estuviera dañado. Si yo al invocar dejo de intencionar justo antes de limpiar las cosas hasta tocar el ngen. Poner agua en el vaso, orégano, vinagre, dejar descansar la macumba sobre la heladera. Pero tal vez solo alcance a esconderlo en el cuarto, por el tema de la vergüenza. Nadie que sienta vergüenza de su dios recibirá los bienes que solicite. Pero si reconozco mi vergüenza, un dios tal vez perdone, disculpe, ofrezca milagro a los ojos necios. Pido disculpas por Judas, siempre el no que articula al sí primordial su contrario a los fines de poner a girar la rueda. Siete días del vaso en reposo parecen muchos días, tengo tres días como mucho. Había otro ritual, lavarse las manos con azúcar y café. También, siete días de eso cada día. Al día tres me olvido. Al día dos, frente al espejo en el baño, de cara ante la estupidez en el reflejo. Queda otro, hacer un círculo de lentejas, la semilla símbolo de la intención por nacer, al interior de ese círculo, otro de arroz, abundancia, luego un círculo de romero para ahuyentar la interferencia, y uno de café, finalmente. Al interior, el fuego. Una vela de color rojo. Intencionada también. Limpiar hasta el ngen e intencionar. Algunos hablan de enrollar un papel con el nombre propio hacia el interior. Atar con una cinta o cordón de color rojo. Para qué el nombre, en razón del desconocimiento de la vibración de onda acerca de los cuerpos y la identidad. Para los espíritus, que al parecer es con lo que se trabaja, solo somos un poco de carne, huesos y órganos. Simples seres humanos. Asumir la volatilidad de la materia espesa que es el propio cuerpo. Introducirse a la matriz del éter requiere ubicar la propia insignificancia, el azar, lo fortuito de permanecer en el tiempo bajo las leyes del espesor táctil, densidad biológica y contingente. En caso de tratarse de creencia, preferiría prescindir de la obligación de presentarme ante el espíritu del mundo con mi nombre, el tiempo en el que habito, la fecha de nacimiento que algunos agregan al papel que se enrolla en la vela, y este rostro en corrupción paulatina. Trátase, en cambio, de la frecuencia sonora de la palabra, materia oscura que habita el sonido. Para limpiarse el nombre primero, si se recuerda en el centro de los círculos se situó el fuego, en la medida que el nombre de una es el harapo en el que se limpian las manos quienes nos maldicen al pronunciarlo para dirigirnos el halo del odio. Maldecir y el poder del insulto tiene que ver con la fragilidad de la realidad humana. Hecho el mundo a partir de la palabra, desde la palabra, la secuencia lógica conduciría a que las palabras modelan la realidad. No: moldean, modelan. Le dan su forma, le tuercen el contorno a lo amorfo e inerte, insuflan vida a lo inorgánico que palpita. Existiría la posibilidad de habitar una materialidad configurada por el tentáculo más eficaz, en una multiplicidad de ellos entramados en mundos indesbrozables. Y ahí va una, con sus miedos, cuatro elementos en mano y fe, a pretender atravesar en cuerpo las capas de telarañas hacia la cripta del olvido. El final ha de parecerse a ese vaciamiento de registro del ruido hecho por los pasos transcurridos. En ese núcleo pálido e incandescente, donde también habitaría el recuerdo último a la vez que el único válido: del aliento del verbo antes de pronunciarse es desde donde mana la manifestación, puesta en forma de las superficies sensoriales. Un ritual, lejos de desentramar el enredo sonoro del mal, ajusta peor el nudo de la orquesta barroca que haya hecho el desdoblamiento desde el principio inabarcable primero hasta el presente incognoscible del átomo. Llegada a este punto la imagen del vaso en la mesada se imprime en la mirada interior en la mente, a esta se le superpone la fotografía del bajomesada donde encontraría vinagre y luego, del frasco con orégano en el que una polilla incubó y dejó morir su seda. Recostada sobre la cama la intriga de si no será la pregunta por el origen del mal peor mal que el mal del que haya sido foco y, más allá todavía, si no será deshacer el mal continuar el tejido de aquella maldición por otras vías, la vía del reconocimiento. Ngen es el espíritu de las cosas, aquello que los físicos llamarían la danza entre protones y neutrones. El universo a escala nano, como a escala macro, nunca descansa del movimiento. Tampoco en la muerte encontraría el torrente de ruido el silencio, si el fin de la búsqueda es la quietud. Quietud, dice el zen, es dejar de escuchar las palabras. Pedir, entonces, al ngen de las cosas, asistencia en la puerilidad de esa suposición de bien y mal. Hay demasiada banalidad en pretenderse objeto del daño, tanto como depositario de la claridad impalpable de la luz. El primer destello de pétalo que se abre en el pantano, una noción vaga pero inconmovible, acerca de algo en ese pozo de carne al interior del cual mi voz procura abrirse camino. Alguien que quisiera llamar yo pronuncia bajo las condiciones de la imagen, para evitar ese tergiverse de la palabra, piensa es decir mira, el suave amanecer de un deseo de fin de combate.   





Maira Rivainera  



Comentarios