tragicomedia residual de los pobres de espíritu


Desdichado el pobre en espíritu,

porque bajo la tierra será lo que ahora es en la tierra.

J.L.B., Fragmentos de un evangelio apócrifo

 

¿Así que te metieron en un tacho con hielo mientras te decían palabras contenedoras? En términos literarios, la idea sería encontrar la forma de lograr hipnotizar al hipnotizador y meterlo en el tacho con hielo y dejarlo ahí unas cuantas horas mientras se lo putea de arriba a abajo. Porque no habrá lugar en la tierra para la literatura empírica, es decir la del tentativo delirio de materializar las voces no medicadas, es que acaece infinito el local comercial para el pobre de espíritu con sus muros artificiales de airbnb, por algo faltan los espejos o al contrario, sobran los espejos que deforman, degeneran y devuelven aquello que Borges adjetivaba como abominable. No es que el adjetivo les conceda una entidad justa en el mundo de las cosas, esas gonorreas no merecen vivir. Bienvenido el mártir amok que ingresará a la sala de teatro (llena, por supuesto), y a tiro limpio que vengan los lamas si quieren ya que dicen que tiran rayos por los ojos aunque solamente los he visto pidiendo limosna en las terminales de paqueros y prostitutos adictos. Bendito aquel que les reniega el discurso motivacional de evangelista devenido broker, porque no y simplemente no hay un machete para cercenar la cabeza de la bestia (sacar los piojos de la cabeza de la bestia no sirve para nada, es más, es un gesto de cobardía e insuficiencia de habilidad para debatir filosóficamente). Una cita es una cita, no un encuentro: “En el mismo momento sentí el ardor de las primeras picaduras, en los tobillos y en las piernas. Una espantosa impresión, la obsesión de ser comido vivo. Duró unos segundos, unos minutos, un tiempo tan largo como una pesadilla”. Dice Le Clèzio que ése, su primer recuerdo con las hormigas africanas, es el descubrimiento del silencio en una historia. El silencio de las hormigas. El descubrimiento de un vacío a lo mejor ayuda a contenerse frente al hipnotizador, y no es que sea tan bueno su relato, eso lo saben hasta las hormigas, el problema radica en otra parte o al menos el núcleo de esa otra parte que se escapa y se diluye en la histeria de un laberinto subterráneo donde nadie se mira directamente a los ojos, lo juro, todos con la mirada clavada en una nada impersonal y supuestamente valiente. Van a cagarse de hambre las hormigas a este paso, no hay cuerpo ni vida que masticar. Las mandíbulas de la tragicomedia también se decepcionan de sus víctimas.

El acto teatral de Remigio, adentrado en el magma de las contradicciones en lo que denominan acto chamánico y acto escénico, una performance ancestral, un acto de literatura empírica: mientras te sienta en una silla de cuero de vaca, peluda y vieja, arma un cigarro de tabaco negro que saca de un morral, luego lo enciende y fuma tranquilo, tirándote el humo a la cara como una total falta de respeto -porque, por lo menos a mí, me parece que puede ser que se te cague de risa- o como un sahumerio de amorosidad energética hecha ritual mínimo. Eso mismo: pura humareda. Luego te corre de su casa y dibuja una cruz con la punta del pie en la tierra debajo de la puerta cuando te vas. El problema es que esa esquina ya no está, de algún modo la historia de esa casa fue demolida hace años y no para que en su terreno se instalara la ficción de la modernidad, sino que permanece como eso mismo: pura humareda. Base y basura, cablerío y gato muerto. Narrarlo en tiempo presente es parte del acto literario: Remigio, que no es hijo del nepotismo ni del capitalismo de plataformas, tampoco es un santo popular y mucho menos goza su relato de fundamento científico, desconoce acerca del bosón de Higgs y de los guerreros templarios, de las batallas computológicas del futuro no lejano y de los originarios masacrados a los que les ha choreado un poco de su magia. Porque solamente sabe de eso: pura humareda. Echar humito a niños asustados y cogerse pendejas del barrio. Fan de los caramelos de chocolate con maní, el único indicio de aquella modernidad de la que permanece afuera, como un epitafio previo de la mala costumbre. El acto teatral de Sarita se da al lado de una comisaría, lo que hace al cuento más terrorífico, porque a nadie le gusta que los canas estén enterados de que estás yendo a ver a una curandera: una mariconada espiritual, un ablandamiento de la milanesa entrópica que dicta las decisiones de a quién se mata y a quién se la faja.

Canción para las mujeres brujas de la casa en las afueras del pueblo. (No eran brujas, solo eran dos lesbianas que vivían en una finca a la salida del mundo, o el pueblo en que vivimos que, para nosotros, es el mundo). Creíamos, y con razón, que el lesbianismo era contagioso; y sabíamos que no eran brujas ni mujeres con ningún poder en particular, pero de alguna manera teníamos que decirles, para que se entendiera que mantenerlas lejos del pueblo era otra manera de quemarlas: un ostracismo pueblerino y granjero, sin el glamour de las turbas iracundas pero el mismo resultado. Dos tortilleras tristes, una artista fracasada y la otra una persona con título en ingeniería, pero con vagina: eso no les gusta a los de las empresas. En una tragicomedia de semejante envergadura, ¿a qué pueden dedicarse sino a la curandería piramidal? Ahí andamos, averiguando cómo acusarlas de uso ilegal de la medicina o de hechicería, o de meter a gente en tachos con hielo y contarles historias de Jorge Bucay o decirles que encarnan a Artemisa o Afrodita, porque les encantan esos nombres de telo que consideran, por alguna razón, místicos o mitificantes. Lo único que he visto es que tiran las cartas en un programa de televisión local para saber si llueve o hará calor. Siempre lo segundo. Lo saben hasta las hormigas que vendrán a comernos. Ya están acá: mirá sus mandíbulas resquebrajando la carne del público y de los actores, de los técnicos y del puto maleducado que está en la puerta, a ese hay que quemarlo vivo también. Y a Remigio por mentiroso y a Sarita por ser una anciana tan dulce que, mientras te ponía la mano sobre la cabeza, rezaba en voz baja a la Virgen María, quién sabe en cuál de sus miles de advocaciones, y aseguraba que al tercer día el trabajo estaba hecho, y que un paquete de yerba estaba más que bien. ¿Para qué más? Pero igual, cómo olvidarse de que ahí al lado estaba la comisaría con sus vigilantes lamecacas y sus calabozos con violadores y ladrones de celulares y quemadores de coches. Cómo olvidar aquel vacío, el silencio de las hormigas que ya vienen a devorarlo todo. “Rolete de ritual”, dice Caístulo en un poema, que es justamente cuando las ‘palabras abuela’, que eran las hormigas, se comen por entero a un gil que se ha quedado dormido en el monte, le comen cada arena de su cuerpo, dice Caístulo, que es chamán, y que las hormigas luego le hicieron un cuerpo nuevo al hombre nuevo, y que amaneció el día nuevo y el tipo se puso a cantar. Un canto nuevo. Algo que no tenga nada que ver con el cuarteto asqueroso a todo volumen que acaban de poner acá al frente.




Mario Flores

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