la máquina de escribir
La máquina es un artificio que fascina a
los artistas. Picabia decía que “la máquina no es un instrumento de la vida,
sino parte de ella, quizás su verdadera alma”. En el siglo XX las máquinas
están por todas partes. A saber: el Gran vidrio de Duchamp, la máquina
de La colonia penitenciaria de Kafka, la máquina para leer Nuevas
impresiones de África de Raymond Roussel, La Eva futura de Villiers,
La máquina del tiempo de Wells, La invención de Morel de Bioy, la
máquina de narrar de Piglia, la máquina de interrumpir prólogos de Enrique
Vila-Matas. Y hay muchas más.
Para Guattari,
el artista reúne objetos rotos, quemados o desarreglados para reintegrarlos al
régimen de las máquinas deseantes. En ellas, el fallo no interrumpe el
funcionamiento: es parte de él. Y si las máquinas deseantes funcionan rotas,
¿qué es lo que maquina el delirio?
Corvina Sotelo
terminó en el manicomio, en la misma jaula que los penados por la ley. Pena de
un lado y pena del otro: la máquina de doble faz.
Desde comienzos
del siglo XIX, el manicomio, la penitenciaría y los establecimientos educativos
son instancias de control individual. Máquinas panópticas de clasificación
binaria (loco/no loco; peligroso/inofensivo; normal/anormal). La máquina de
etiquetar está por todas partes.
Y por fin
llegamos al jardín de las máquinas parlantes del maestro Lai Tzu: “Hay máquinas
viajeras, como hay perros sin dueño. Un buen día llegan, te adoptan como amo y
se quedan con vos. Generalmente son invisibles. Rara vez se dejan ver, pero sí
oír”.
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