la casa
Perdí mi casa,
bueno, en realidad no fue así. Nací en la sala de una maternidad, la Maternidad
del Este, pasé dos días allí y luego me fui. Después me llevaron a mi casa,
bueno a la casa de mi papá, y allí crecí. Era grande, cómo, fría, de piso de
granito y cerámica, tenía dos pisos y una escalera, un patio grande, una mata
de parchita, un porche, una mata de cambur y muchas puertas de madera que se
cerraban de golpe cuando hacía mucho viento y dejábamos las ventanas
abiertas.
En esa casa no fui feliz. Siempre me sentí solo y con miedo. Nadie
me hablaba no le hablaba a nadie. Por eso cuando me hice un poco más grande me
fui.
En verdad lo que pasó fue que salí de mi casa un día y ya nunca
volví. No me traje ni una foto por eso a veces, cuando me pongo medio tristón,
y le saco las cuentas a la memoria para ver si todavía me acuerdo de cómo era
aquella casa me queda debiendo. Lo que me deja ver es solo una parte. Un
fragmento de aquello que fue. Ya ni sé si eso que recuerdo, esa imagen movida y
borrosa de aquella casa que borroneo en la memoria, se parece a la casa donde
viví.
Recuerdo algunas cosas.
En la casa había un reloj cucú, que era como una casita, que tenía
como un péndulo que subía y bajaba con el pasar de las horas y que cada sesenta
minutos, que es el tiempo en el que transcurre una hora, hacía salir un
pajarito chiquito y respingón qué hacía cucú cucú. Yo a veces bajaba y me quedaba
mirándolo hasta que salía y decía cucú, cucú. Ese reloj era como lo más
singular de aquella casa. Lo había traído mi padre de uno de sus viajes a
Europa. Suiza tal vez? No sé. Nunca le pregunté. Él viajaba mucho. No sé para
qué pero de aquellos viajes no aprendió nada. Nunca dejó de ser el mismo, la
misma mala persona que le daba con un fuete a los hijos y trataba como a una
señora de servicio a la mujer con la que se abrazaba en la cama.
Todos nacimos en una casa, crecimos más bien. Yo me fui de mi casa
para no volver. Allí no fui feliz ni infeliz. Fui neutro. Me fui porque lo
único que oí en aquella casa fueron insultos. Alguna que otra vez había música
y uno bailaba pero cuando la música acababa regresaba la resaca de los
insultos. También había miedo, unas pantuflas que se arrastraban por las
escaleras, un silencio pesado y una bañera al fondo de un baño amarillo, de
porcelana amarilla, y piso amarillo y vaso amarillo y lavamanos amarillo donde
uno se escondía cuando se dormía el sol.
Si a mí me preguntan sobre lo que yo quiero, respondería que se
parece mucho a lo que perdí. Lo que yo quisiera tener de nuevo es una casa. Una
casa con muchos libros pegados en las paredes, un sofá para echarse por las
noches a escuchar música y leer, un televisor de doscientas pulgadas en el
centro para ver películas coreanas y alguno que otro videoclip de pornografía
casera, una casa para decir y hacer lo que me diera la gana. Esa es la imagen
que tengo del paraíso, la de una casa con bañera para meterme en el agua tibia
y echarme agua todo el día, hundir la cabeza, aguantar la respiración, contar
hasta cien, y respirar de nuevo. Una casa con una cocina donde uno pueda
sentarse en una mesa y tomar café con leche con un pedacito de pan. El pan es
para sumergirlo en el café con leche tibia y luego comerlo mojado.
Cuando yo era muy joven, un poco más alto que un niño de un metro,
me sentaban en una mesa y me daban café con leche y pan dulce. Quisiera tener
de nuevo una casa para hacer eso todas las tardes de nuevo. Qué dichosos son
los que toman café. Qué olor tan agradable les rodea.
Yo no salí de mi casa. Me escapé. Allí estaba todo prohibido. Me
decían de todo, desgraciado, sinvergüenza, y me cogían de la oreja y me hacían
llorar. Por eso me escapé. Mi papá hablaba como un cura. Era malo. Cuando
hablaba me parecía medio burro. No se lo decía porque sabía que me iba a pegar.
Me fui porque pensaba que la convivencia con las personas solo era un fracaso
allí en aquella casa, pero hasta en eso estaba equivocado. Resulta un fracaso
siempre, donde sea y con quien sea que uno esté. Pasé años buscando otra casa
como aquella en la que nací. Salí en el 94 y nunca volví. Ya dejé de contar los
años. Viví más tiempo afuera que en aquella casa pero lo que queda en la
memoria como incrustado son sus pedazos. Algunos son como pedazos de vidrio.
Salí de aquella casa buscando uno de esos rayos de luz que entran por la
mañana, por la cortina entreabierta, llenos de polvo y que uno intenta tocar
con los dedos cuando se levanta. Salí a buscar un rayo de luz como ese, pero
todo me salió al revés. No lo encontré. Supongo que siempre es así. Uno nunca
lo encuentra.
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