labrar el tiempo, cultivar el fuego


Este mundo, el mismo para todos, no lo hizo ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que ha sido eternamente y es y será un fuego eternamente viviente, que se enciende según medidas y se apaga según medidas.

Heráclito

 

Preludio

Cultivar el fuego es una actividad que todos deberíamos tener a bien no olvidar. Aunque lo telúrico de su nombre suene desopilante o inoportuno en un mundo primado por el consumo del litio y las noches incandescentes, cultivar el fuego es un quehacer del mundo interno, y los empeños del mundo interno son atemporales, intransferibles, inextricablemente unidos al libre albedrío, y como tal a la condición última de nuestra humanidad.

El tiempo y su posibilidad son los escenarios de este relato. ¿Acaso el tiempo tiene una única dirección, una única forma?

Cultivar el fuego no se trata de un acto reservado para herreros, artistas circenses o pirómanos: es una tarea íntima y sencilla, casi doméstica, al alcance de cualquiera que tenga un poco de atención y reverencia hacia la vida.

Cultivar el fuego es, en el fondo, aprender a labrar el tiempo. Se trata de aprender a tejer las experiencias vividas con ayuda del fuego de la consciencia: dar sentido a cada instante de tiempo, moldear y dar forma a la experiencia. Construir un cosmos a partir del caos. Cultivar el fuego es, entonces, elegir una porción de tiempo, apropiársela, y transformarnos en ella.

I

–¿Cuánto tiempo me queda? –la pregunta se desliza como un insecto nervioso entre mis costillas mientras me fumo un cigarrillo en la plaza entre pensamientos que no terminan de aquietarse. El imperioso aguijón eléctrico del comando social instituido entre los recovecos de mis neuronas: “produce algo, no pierdas el tiempo”.

Siempre que vivo un período de turbulencias emocionales me veo obligado a escribir sobre ello, como si al integrarlos a una trama pudiera domar los días de mierda. Y cuando hablo de escritura, no hablo de otra cosa que de contarse a uno mismo la vida, el narrarse a sí mismo: la escritura como proceso de reflexión y creación de una biografía. Pero no hablo sólo de escritura, hablo de un modo de atravesar los conflictos y dar sentido a las experiencias. Hablo de cables a tierras, de modos de encontrarse en medio del torbellino, de formas de volver a casa.

He aprendido (a la fuerza) a dar forma narrativa a mis turbulencias: escribo para no ser devorado por la inercia de lo inexpresado.

Como si al final de cada ciclo sombrío debiera rendir cuentas con un dios menor, ponerle un nombre a esa cadena de días de mierda y hallar una moraleja que justifique mi descenso a los infiernos.

La escritura se vuelve entonces un modo de volver a respirar, como si fuera un ascenso a la superficie luego de haber pasado días en lo profundo, adonde el sol no llega.

Una competencia humana loable sin dudas, pero que practicamos muy poco. No estoy orgulloso de decir que quizás inconscientemente experimente un placer profano en probar cuánto tiempo puedo soportar en lo abisal de mis pensamientos sin salir.

Entonces llego a la implacable experiencia del tiempo como devoración. Como una incompletud. Y así acabo, casi siempre, huyendo de mí mismo. 

II

Hay quienes huyen del tiempo, lo enfrentan como un enemigo, lo padecen y lo rehúyen, encerrándose en titánicas tareas para olvidar que nada escapa a la finitud y a la transformación.  Pero están también los que lo consideran un terreno, un campo abierto, fértil y también arduo, donde es posible sembrarse a sí mismo. El tiempo devenido materia prima que recibimos para esculpir una vida. 

Hay un arcano menor que cada tanto me visita: el 7 de oros. Un hombre se detiene y observa su cultivo. Ha trabajado, ha sembrado, ha esperado. Pero no tiene aun lo que busca. Esa imagen tan simple me parece una imagen poderosísima de nuestra condición humana: la realización de la propia individualidad a través del trabajo con el tiempo.  Esta imagen donde un joven que observa cansado y con una leve impaciencia su porción de tierra condensa la idea del trabajo humano como dedicación de tiempo y perseverancia, pero sobre todo, a mi parecer, nos indica el modo de realización de la vocación vital y el trabajo como artesanía del propio talento. No hay don sin trabajo, no hay flor sin tiempo, no hay Dharma sin ejercicio. 

El Dharma es una palabra ancestral que, en su origen sánscrito, significa “ley interior”, “camino esencial” o “verdad que sostiene”. Pero más allá de las traducciones, el Dharma es aquello que da sentido profundo a nuestra existencia: es la intersección entre lo que amamos, lo que sabemos hacer y lo que el mundo necesita de nosotros. 

Por lo tanto, el Dharma es el don, es la aptitud y el modo absolutamente propio y singular de crecer, es el don como posibilidad del individuo de trabajar el tiempo y a través de dicha tarea, trabajarse así mismo.

Pero el Dharma no es recompensa, es una tarea. No es un talento que simplemente aflora; es una vocación que pide ser trabajada, vuelta carne, cultivada día tras día. El Dharma es el modo en que uno transforma el mundo. Y por eso requiere tiempo, porque transformar el mundo es primero transformarse a uno mismo.  Es una forma de esculpirnos con lentitud, como el alfarero que se ensucia de barro para parir una forma bella. 

El Dharma entonces se vuelve una artesanía del tiempo, un concepto donde la autoría, la historia personal y la creación se aúnan para otorgar otra forma de experimentar el tiempo. 

III

Y no obstante el tiempo no siempre es terreno fértil ni promesa abierta. A veces se parece a un monstruo, a un animal antiguo que devora lo que nace, que repite sin tregua los mismos movimientos, que espera sin saber para qué. El tiempo, cuando olvida su finitud, cuando se encierra en su propia circularidad, se vuelve Cronos: el titán que, temeroso de ser derrocado por su descendencia, traga a sus hijos apenas nacen. Es una imagen terrible, pero precisa: el tiempo como pulsión de muerte, como ciclo estéril que impide el crecimiento, que no permite nacer del todo. No es entonces el tiempo de los relojes ni el tiempo de los ciclos de fertilidad, sino una forma de encierro interior, un estado en la repetición que se vuelve laberinto.

En “La casa de Asterión”, Borges le presta voz al Minotauro del mito de Teseo y el laberinto, y lo redime en su papel de enemigo, monstruo, sombra. Le da lenguaje a su encierro. Asterión no es solo la bestia, es el hijo no reconocido del rey de Creta, el secreto familiar, lo oculto y destinado a permanecer por debajo en una casa que deviene laberinto y prisión. Asterión es la bestia en su espejo, es un ser que habita su laberinto con la fe difusa de que algo vendrá. Cree que está destinado a una redención y mientras tanto, repite los pasillos, se recita sus gestos, se multiplica en las habitaciones, yerra y merodea su memoria en la sucesión de sus días y no ve más que ecos. Es el prisionero de una arquitectura mental que se repite a sí misma. La casa infinita donde cada gesto es igual al anterior. Ahí, el tiempo no fluye: se estanca. Se autoproduce. Se olvida de su devenir.

A veces, me siento como él. Encerrado en una rutina que no produce mundo, que no fecunda vida. Hay días en los que camino los mismos pasillos mentales, ejecuto las mismas tareas, respondo a los mismos impulsos, y no hay nada que me saque de ese circuito. El tiempo se vuelve monstruoso cuando no permite transformación. Cuando ya no es oportunidad, sino eco. Cuando no puede ser narrado, solo padecido. 

IV

Mi forma de atravesar el fuego, mi Dharma, entonces, es la escritura. Aunque podría ser el baile, la construcción, la escucha. No hay límites allí. “Lo importante es saber atravesar el fuego” dice Bukowski. No para escapar, sino para dejar un hilo. Para no perdernos del todo en el laberinto.

La escritura para mí no es mi salida, es mi forma de marcar el camino. Es el hilo de Ariadna que no me saca afuera, pero me da forma dentro. Escribir no es orientarse, es no extraviarse por completo. Es narrar la náusea y volverla símbolo. Es pasar por la repetición sin quedar mudo. Convertir la angustia en arquitectura. El tiempo, cuando es escrito, deja de ser pura devoración y deviene memoria, obra maestra.

Quizás el monstruo nunca fue Asterión. Quizás el verdadero monstruo es el tiempo olvidado de sí mismo. El tiempo sin narración. El que devora sin comprender. Y quizás, también, lo único que redime a ese tiempo es el gesto sencillo de practicar nuestra vocación, de practicar nuestro Dharma. Cultivar nuestro fuego. En mi caso se trata de escribir: esa es mi forma de atravesar el fuego, de consagrar el tiempo y redimirlo de su condición de monstruo devorador.

Es mi forma de encender una palabra como quien enciende una vela.

Y caminar con ella por el pasillo interminable de los días.

V

Heidegger decía que el ser humano es un Dasein, un “ser-ahí”, arrojado a un mundo que no eligió, pero que está llamado a habitar como propio. Un ser que es tiempo, no porque tenga un reloj interno, sino porque su existencia es una proyección: está lanzado hacia posibilidades, hacia lo que puede llegar a ser.

Pero esa proyección no es libre si no se enfrenta antes con el abismo. El Dasein solo puede apropiarse de su existencia en la medida en que asume su ser-para-la-muerte, ese destino intransferible que no puede delegarse, ni evitarse, ni comprenderse del todo. No es la muerte biológica, es el límite radical que estructura la existencia y la vuelve urgente. Es la finitud, esa condición del ser en el mundo que puede convertir el Tiempo en monstruo devorador cuando se la niega y enfrenta, o en destino heroico y liberador cuando se la acepta como ley absoluta.

El tiempo no es en ese instante lo que pasa, sino lo que devenimos cuando decidimos lo que hacer con él.

La resolución auténtica no es entonces una decisión racional, sino una fidelidad al llamado más íntimo: el de encarnar, aún sin garantías, la posibilidad más propia. Y ahí entra el Dharma. Porque si el ser humano está hecho de tiempo, su Dharma es la forma en que ese tiempo se hace forma, gesto, vocación, estilo. Es la manera singular y no transferible en que respondemos a la llamada de ser.

Es, quizá, nuestra manera más pura de resistir al olvido, de dejar una huella en ese río que no se detiene. Y si algo nos salva, no será la eternidad, sino esta devoción lenta: la de cultivar un fuego interior que no alumbra por éxito ni por aplauso, sino porque arde con sentido. Porque ha hecho del tiempo un altar.

VI

Vivimos tiempos vertiginosos, condiciones existenciales donde el ser alcanza ciclos de extravíos, construcción y destrucción turbulentos e histriónicos. Un amigo esta semana me mostró, con afectuosa crudeza, que tengo tan interiorizado el mandato de la productividad que todo lo que hago últimamente tiende a volverse tarea, rendimiento, mejora. La inteligencia artificial acelera los ritmos, y nuestra mente termina siendo reflejo de series de algoritmos que sólo buscan la producción por la producción en sí. 

Es en este bacanal de hiperfuncionamiento donde me descubrí desorientado, perdido en el laberinto que se va trazando cada día. Como si, al intentar exprimir cada instante, terminara sin habitar ninguno.

El pragmatismo, el camino del potenciamiento personal, la alquimia de los hábitos y el talento: todo eso tiene un valor incuestionable. Pero también es necesario que la presencia del ser y la experiencia del tiempo no es algo dado. El ser humano puede pasar años sin realmente vivir con sentido. Recordar que esto, esta vida, no es una carrera ni un sistema perfecto: es un camino. Un juego sagrado. Una trama en la que el inconsciente también tiene su arte.

No reniego del camino del potenciamiento humano, de los hábitos conscientes, de la construcción de una vida con propósito. Pero si ese camino se vuelve adicción a la eficiencia, también puede vaciarnos por dentro. El tiempo entonces se transforma en enemigo: nos empuja a correr más de lo que podemos sentir. Olvidamos que estamos hechos de ciclos, de ritmos, de silencios y ausencias. Porque no todo se trata de voluntad o disciplina. Hay algo más profundo —más misterioso— que guía nuestra repetición: una lógica afectiva que no siempre vemos.

La teoría de los Ciclos Biológicos Celulares Memorizados, propuesta por Marc Fréchet, lo expresa con lucidez: ciertos eventos no son casuales, sino que responden a una lógica emocional no consciente. Cuando atravesamos un shock profundo, una vivencia estresante que no pudimos integrar, el cuerpo (en alianza con el inconsciente) guarda ese fragmento como un programa. Y ese programa tiende a repetirse. Se inscribe en la memoria celular y regresa, una y otra vez, bajo la forma de síntomas, accidentes, bloqueos o decisiones sin aparente lógica. Pero hay un hilo conductor: el resentir. Ese sentir atrapado que no pudo ser dicho, ese nudo emocional que orquesta la melodía de nuestra biografía sin que lo notemos.

Por eso, en lo más hondo, nuestros ciclos no son solo biológicos: son narrativos. Están hechos de historias que no se contaron, de imágenes que no se liberaron, de voces que no se atrevieron a sonar. He aquí cómo el tiempo se enreda, cómo se entreteje en figuras, leitmotivs, patrones. 

He llegado a pensar que nuestra vida entera está orquestada, en parte, por un sistema biológico del alma: una cartografía emocional donde los resentires se organizan como estaciones invisibles. Cada vez que algo nos supera, que no logramos simbolizar un dolor o nombrar un miedo, el cuerpo lo guarda. Y como un director de orquesta que no olvida su partitura, lo vuelve a tocar más adelante. 

No para castigarnos, sino para ofrecernos una nueva oportunidad de transformación. 

En esa lógica extraña (más cercana a la poética que a la mecánica) el tiempo no sólo avanza y corre, sino que es recuerdo y posibilidad de reinterpretación. Recuerda nuestros ciclos, nuestras pérdidas no aceptadas, nuestras emociones no digeridas. Y las reactualiza. Nos las pone diez mil y todas las veces que sean necesarias. A veces con la misma cara, a veces con otro disfraz. Pero no hay mejor maestro que el tiempo: es posibilidad absoluta de transformación. 

Por eso, el tiempo no puede ser reducido a un calendario ni a un horario de productividad. El tiempo es un tejido sensible. Y para poder habitarlo con dignidad, necesitamos más que metas: necesitamos un modo de habitarlo, un estilo de vida, una ética en el sentido nietzscheano. Allí está el Dharma, ese estilo de interpretación del tiempo que es esencialmente práctica artística vital. No habrá nunca en lo inmenso y eterno del tiempo dos vidas iguales. 

Nuestros ciclos biológicos, esas secuencias invisibles que hilvanan síntomas, deseos y decisiones, también cuentan historias. Detrás del automatismo hay relatos velados, estructuras oníricas, laberintos emocionales. Esos resentires que no caben en una tabla de Excel, esos actos fallidos que son poéticas del alma.

Fue en ese cruce entre productividad y pulsión inconsciente que entendí algo: no puedo dejar que mi maquinaria mental me devore. No quiero que el algoritmo me gane la partida. Necesito recordar (antes que nada) el mundo. El otro. El cuerpo. El fuego que nunca será igual a sí mismo.  

Y que justo ahí —donde no se puede medir, ni prever, ni sistematizar— está lo más real: la pasión, el encuentro, el milagro. 

Pasión entendida no como frenesí, sino como presencia ardiente, no como velocidad ni estrategia, tan solo como entrega atenta a lo que vive y se escapa. Como danza entre el deseo y la realidad, entre lo que soñamos y lo que hay. Allí se cultiva el fuego, lo indecible de la vida.

VI

Por eso hoy, más que una meta, busco una estación donde quedarme. Un jardín que brota de mis gestos. Un altar sencillo donde honrar esta misteriosa posibilidad de estar vivo. Y cuando dudo, cuando todo se vuelve opaco, pienso en ese jardinero que observa su siembra: la propiedad está no en el valor de cambio ajeno, no en su consumo, sino en la forma individual que él le ha dado. Allí está la belleza auténtica como camino del tiempo en la materia.    





Eugenio Comas  



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