la singular primera persona
A veces escribo,
y uso para el narrador la primera persona del singular. Pero no es por una
cuestión autobiográfica, nunca entendí –esto lo digo con la total seriedad que
merece el asunto– qué es eso de la llamada literatura del yo. Lo hago porque no
conozco bien las reglas gramaticales y sólo sé conjugar los verbos en primera
persona. Supongo que por el ejercicio mismo que produce el intento de
sobrevivir cuando voy a comprar pan o al rapipago, actividades que me obligan a
pedir algo. Probablemente ese sea el único momento de intercambios sociales, lo
hago con mucho esfuerzo, y cuando no me queda más remedio, entonces, obligada a
usar la primera persona, titubeo “quiero dos panes chanchitos”. Es sólo eso,
una cuestión de ejercicio…, y de una tenue tendencia a la supervivencia.
Tal vez mi pecado capital no sea –como lo creí hasta hoy– la gula,
sino la envidia. Envidio a la gente que sabe hablar, escribir, conjugar todos
los verbos y, más aún, hablar con la polifonía de varios personajes en una
narración novelística que maneja a la perfección en un texto de más de
doscientas hojas. Envidio a la gente que estaciona marcha atrás en una maniobra
y con una sola mano al volante. Envidio a la gente que no pierde las cosas en
su propia casa. Nunca logré la disciplina suficiente para comer sólo una barra
de chocolate amargo y no caer en la tentación de tildar la palabra sólo cuando se refiere a solamente: me
gusta ver al pájaro sobrevolando esa letra. Envidio a la gente que sabe qué es
ANSES, pagar en término sus tarjetas de crédito y divorciarse. Detesto a la
gente cuyos dos pies calzan lo mismo, a la que la ropa le cae con gracia y sabe
peinarse.
Sin embargo, veo desde lejos cierta estupidez de la gente. Porque
todos aquellos que saben conjugar –y muy bien– cuando me leen, creen que esa
primerísima persona soy yo. Cuestión
de identidad bastante extraña a la que se prestan con los textos y con la vida
privada de algunas celebrities decadentes. Gladys –lo diré con el eufemismo lachicaquemeayudaencasa, lo diré así por
miedo a que el lector culpe a quien firma esta página de retrógrada o misógina
por usar la palabra mucama– llega con
un bulto cargado. Ese bulto, que Gladys alza en brazos todos los días que viene
a limpiar mi casa, es su pequeño niñito con hidrocefalia. Lo desparrama en el
sillón y permanece allí durante seis horas. Yo a veces lo miro. En casa nadie
habla, ni Gladys, ni niñito, ni yo, a excepción de cuando uso la primera
persona: Gladys, yo quiero sopa. Gladys, yo quiero que planches mi camisa.
Gladys, yo tengo hambre. Gladys hace tiempo que trabaja en casa, tiene la
parquedad necesaria para soportar trabajar aquí. Un código implícito de
absoluto silencio nos acompaña hace muchos años y sella nuestra relación en ese
respetuoso pacto. Ese niñito, cada vez que hace sonidos guturales y su madre se
acerca y le da la teta, me recuerda el enorme privilegio de poder hablar sólo
en la primera persona del singular.
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