incendio
Parece
que es bueno estar callado. Las palabras no pueden expresar todo lo que siente
el hombre. Son indolentes.
Andrei
Tarkovsky (1975)
Durante la
lucidez de la fiebre repasa de memoria con los ojos abiertos hacia adentro el
poema que le conduce a aquello que hará infancia, la pena y el amor por la
mujer que fue su madre, a quien evoca en la joven vida de su cuerpo. Recuerda
el fuego, alrededor la humedad y el frío abrazaban las llamas que abrazaban la
casa que se quemaba. Sueña sabe de la desventura de ella que permanece en
secreto, contempla vive como un cuerpo con frío en una habitación alguna vez
lujosa y espléndida, bella, que ahora se derrumba. Ella se encuentra en un
reflejo y es vieja. La enfermedad no descansa. El poema resucita en él el
recuerdo de ella, tal como era importante para ella el poema, tal que caminaba sola,
apurada, sobre la atrocidad de la voz, una y otra vez sobre cada palabra. Que
tuviera la memoria confusa al recitar en susurro íntimo es distinto a que
hubiera equivocado el trazo en la copia, traducción, fotografía de la palabra
en el libro. Aquella historia que le contó más de una vez, corría en medio de
la lluvia para llegar pronto, para llegar antes de que fuera demasiado tarde, a
tiempo para comprobar si la palabra estaba ahí o no, si habría malogrado la
impresión de aquel texto que llevaría su nombre como autora del error o firma
de notable obra. Cultivaba ella un drama metafísico que la dejaba en silencio y
a solas horas largas, casi toda su vida, hubiera sido invierno o primavera, la
mirada distraída hacia una música que sólo su oído percibía. De ahí, supone, el
amor por las palabras en que ella habitaba obsesa, a las que pasaría la vida
procurándoles él imagen posible, secuencia, fotografía. En el lecho la pregunta
de la agonía, acerca de si la alegría emocionada de aquellas veces cuando el
deseo, si sería tal en caso de presentarse con la sucesión que al final se sabe
le dio el tiempo, de a dónde irá a derivar la ilusión que funda el derrumbe de
una vida. El rostro en el espejo devuelve la imagen de aquella niña que fue
amada, cuerpo ante el cual el que se encuentra en el reflejo se ausenta porque
no será un hombre para la guerra, como no lo será para el amor, aunque tal vez
la palabra, esa reliquia de la madre, su silencio recitativo, religioso casi,
en el cual rezara versos sobre los cuales recorriera el tiempo, la espera. Madre
esperaba algo sentada en un árbol caído cada tarde hasta que había que dormir,
fumaba, que alguien regresara por ese camino esperaba, hasta que un día no. Un día
dejó incendiarse la casa y se alejaron de la mano ella, un niño y una niña, con
nada. La infancia era esperar a papá, pudo haber sido feliz pero fue una
botella de leche entre las manos de la que nunca ningún sorbo pese a los
ademanes. Alguna vez quise la libertad y antes de morir, muerta ella al lado de
mi cuerpo, di la última exhalación para el primer aleteo del vuelo perpetuo. Porque
el cuerpo, finalmente, será un peso del que hay que deshacerse. Arrastrar un
cuerpo, andar a cuestas con cada recuerdo, pequeñas cuentas de plomo duro y
rígido. Excepto aquellos que al mirar por primera vez es como si ya hubieran
sido, una memoria inversa, un fragmento de lo que sería el futuro pero olvidado
hasta el momento en que el futuro aquel se torna contemporáneo. Pedí a la madre
de mi hijo que regalara a mi hijo a su padre, terminó él elegido, como yo, por
ese tipo de madres que uno ama y no aman, además nos aman con el peso del deber
y la tristeza por la vida que tuvieron y la que no pudieron darnos, aunque
tampoco sea una vida que uno haya reclamado. Veo a la madre de mi hijo en mi madre
y lo lamento por él, venido a nacer bajo la maldición de quien ha de naufragar
en el espacio de lo íntimo para encontrar la piedra donde sentar a descansar al
cuerpo que es el disfraz con que se viene, única cáscara del hueco vacío del
espíritu. Vacío en el que se proyectan una tras otra en silencio y colores
tenues las historias por las que fue nacido el origen, cenizas del fuego que se
ha ido, la rama que se ha sido, corazón caliente que ennegrece de asfixia gris.
El curso del fuego empieza en la chispa, le continúa la algidez que flamea y,
ni la lluvia puede apagarlo cuando la madera insiste con la llama, se apaga
solo al final del combustible de que se alimenta.
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