cuánto tiempo, cuántas vueltas, lo trunco


Y si le decía vamos al cine rica, me decía veamos una de Kusturica

Y si le decía vamos a oler las flores, me hablaba de Virginia Woolf y sus amores

Kevin Johansen

 

¿Cuánto tiempo tarda una en aproximarse a un autor? A Virginia Woolf, por ejemplo… 

En 2019, luego de un accidente de tránsito que tuve –la torpeza más grande de mi treintañera vida, por escribir algo tranca– hice clínica de obra con Marian, un artista salteño que al tiempo se fue a vivir a Barcelona. Él me acercó, entre otras referencias, la película Las horas (2002), dirigida por Stephen Daldry, con actuaciones de Merly Streep, Julianne Moore y Nicole Kidman. Me contó que era una de sus pelis favoritas y que estaba basada en el libro del mismo nombre, escrito por Michael Cunningham en 1998. La película y el libro tienen todo que ver con otro libro, con la novela La señora Dalloway (1925) de Virginia Woolf. Hasta ahora vi la película y no leí los libros. Un enredo de historias, de textos… ¿Intertextualidad en estado pleno? 

Montaje 

En 2018 mi madre me regaló Testimonios de Victoria Ocampo, Series primera a quinta, editado por Sudamericana en 1999. Al comprar el libro confundió a Victoria con Silvina, como suele pasar. A las hermanas Ocampo muchos las confunden. En este libro, en Testimonios, el texto que Victoria le dedica a Virginia Woolf tras su muerte en Sussex, titulado Virginia Woolf en mi recuerdo y fechado en abril de 1941, está después de Viaje olvidado, la crítica que Victoria hizo del primer libro de cuentos de su hermana Silvina, en agosto de 1937. El recuerdo y el olvido. El olvido y el recuerdo. Victoria escribe entonces al enterarse de la muerte de su amiga inglesa: La señora Dalloway, Orlando, Al faro, Un cuarto propio, Flush, Roger Fry (“Me han pedido que escriba esta biografía; es tan difícil hablar de un amigo muerto sin que se corra el riesgo de descontentar o herir a quienes lo quisieron”) están ahí, en los estantes de mi biblioteca, y en otras bibliotecas, en las librerías, traducidos a varios idiomas. ¿Pero su rostro? Citando, reflexionando Victoria, escribe: “Mrs. Dalloway, acercándose a la ventana con los brazos llenos de alverjillas miró afuera con su carita fruncida interrogativamente…” Así me observaría usted si desde el lugar en que se oculta pudiera todavía mirar las cosas como desde su puerta de Tavistock Square (la número 52) donde nos deteníamos para la posdata de mis visitas; donde en junio de 1939 nos despedimos para siempre sin sospecharlo. (...) Me parecía que era tan fácil encontrarla otra vez al cabo de seis meses y reanudar la conversación. Y aquí estoy, sola con sus libros. Sola y lejos (quien sabe hasta cuándo) de ese cielo de Westminster en que su Clarissa Dalloway creía hallar algo de sí misma; cielo tan agitado hoy que usted me escribía: “Por el momento, la casa todavía está ahí”. Quizás esté ahí siempre, intacta; pero destruida para mí.

Durante esos años bravos, 2016, 17, 18, momentos álgidos de la lucha feminista en Argentina, momento de una pérdida muy grande en mi vida, descubro gracias al movimiento que eran y son lecturas imprescindibles, por ejemplo: Una habitación propia (1929) de la ya nombrada Virginia, La mujer rota (1967) de la Beauvoir, entre tantas otras... Recién hace unos meses, este año, busqué el PDF del primero, lo imprimí, lo hice anillar con la Fer y lo leí hasta la página 29. También hace unos meses, mi amiga Anto, me recomendó el texto La muerte de la polilla (que se encuentra en una recopilación homónima de ensayos de Virginia realizada por Leonard Woolf, su esposo, en 1942). Leí el ensayo corto mientras esperaba la comida en El Bodegón de la calle Dean Funes y recordé un momento similar pero con una langosta. Alan Pauls, en una entrevista que está en YouTube, de hace tres años (“Desde el Jardín. Alan Pauls sobre el ensayo en su proceso creativo”), dice: (...) En el ensayo hay una especie de conversación por escrito que nunca termina. El ensayo tiene mucho que ver con la conversación. (...) Si uno piensa en ensayistas más contemporáneos, no sé, ingleses, por ejemplo Virginia Woolf, que era una extraordinaria ensayista, es impresionante la dimensión oral que tiene la prosa de Virginia Woolf cuando escribe. (...) Hay algo profundamente oral en la escritura del ensayo y hay también la sensación, cuando uno lee un buen ensayo, de que el texto está siendo compartido por un pequeño grupo de personas. Hay algo muy modesto en el ensayo, en el sentido de que no es un género que pretende ser masivo, y, sin embargo, hay en esa modestia una especie de intimidad, de interlocución que plantea el ensayo que tiene que ver con la potencia del género

¿Leeré alguna vez La señora Dalloway? Creo que sí. ¿La leerá usted, lector? ¿Terminaré Una habitación propia? Quizás… ¿Importa? ¿Por qué? ¿Por qué nos tardamos tanto en agarrar un texto en algunas ocasiones y por qué en otras no? ¿Por qué un texto “nos expulsa” y otro “nos convoca” rápidamente? ¿Qué hacer con lo que no pasó? ¿Ensayar quizás? ¿Parlar? ¿Cantar?...  





Emma Bartoloni  



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