sueño con feroces maquinarias
“Quiero
hacer una denuncia pública: hay un chico esquizofrénico. Sé que rompe todas las
vidrieras, es el tercer día que llamo a la policía. Pretenden que el pueblo les
dé de comer. ¿Nosotros nos tenemos que hacer cargo de las enfermedades mentales
de la gente que anda en la calle o cómo es?”.
Hay uno, juro que
no es un sueño ni una asociación de típica mezcolanza entre varios elementos
visuales (¿de visiones?, preguntan los que se hacen las ovejas negras del
rebaño) de locos que andan por ahí, personas de carne y hueso; hay uno que se
cruza la ciudad entera, de palmo a palmo, a pie de noche por el paseo y por las
avenidas, hasta la 25 de mayo para volver por la ruta 34. No va a ningún lado. Todas
las noches, independientemente de la temperatura, va con unas bermudas
hawaianas y una mochilita minúscula de escolar que pasa desapercibida en la
espalda inmensa del turuleco éste, que además es grandote en comparación a uno
que es un viejo escuálido.
Solía despertar
de noche a dar vueltas alrededor de la mesa del comedor, mascullando ideas:
suicidas pero también literarias, de las dos cosas todas las ideas
completamente irrealizables cuya única operación en el mundo real eran perder
el tiempo: dilatar, es así, el instante de la soga al cuello. El viaje
interminable alrededor de la ciudad dormida (o anestesiada, a esa hora, cuando
las ollas negras ya bullen el osobuco mental del próximo día) es mucho más
lógico y más cuerdo, si se lo piensa en términos territoriales, geográficos y
de índole práctica. El trastorno camina: no infiere inmovilidades sino que sale
en busca del libro imposible, aquel que ya está escrito con todo lo que se
enfrenta a la expresión secreta, la expresión que (otra vez) dilata el instante
de la soga al cuello: al chispazo eléctrico último, a la embestida carcelaria
que inyecta el virus para siempre.
Hay uno que ahora
ya no sale más de su casa: dice que ve a la ex en cada persona que se cruza,
como en un videojuego rudimentario cuyos NPC portan el mismo rostro de la
conchuda esa. Yo le dije que tomara antipsicóticos pero él me dijo que su
religión no se lo permite, no sé qué religión será esa, creo que hacen algo así
como desangrar gallinas por los rincones de la casa una vez al mes. Al
contrario del deambulador nocturno y de mí en la calesita supersónica de la
pelotudez dando vueltas alrededor de la mesa del comedor, éste elige enviarle a
la ex unos podcasts de ocho minutos, a veces doce minutos, en los cuales la
responsabiliza de haber entrado en su vida como un espíritu foráneo, una
extranjera sucia que las damas (no sé quiénes serían las damas) ya sabían que
venía a contaminar la paz familiar. Parece que las damas de su religión
corporizaron unos entes consejeros que le dijeron que la susodicha en cuestión
era el problema detrás de la depresión suicida del psicopatotero éste que se
sentía muy a gusto en el papel de pobre loquito. Mientras que antipsicóticos
están prohibidos por las leyes religiosas (porque dicen que el único psicólogo
es Dios, entonces sos débil, pecador, puto o sionista, porque el que conoce a
Cristo Jesús no necesita tomar medicamentos para la mente: la mente es una en
Cristo Jesús, con el poder de la oración), la solución recae en otros
ritualismos más cárnicos y menos simbólicos. Los pases mágicos consisten en
mezclar la orina del deprimido y mezclarla con algunos yuyos que las damas
saben, y se lo tiran en la casa de la hija de puta esa. En la puerta se la
tiran, y si está la ventana abierta aprovechen. No sean giles. Dénse cuenta. El
Chavo del Ocho siempre había tenido grandes éxitos musicales que habían
obtenido grandes premios y alto tráfico radial, pero cuando largaron el tema de
que el amigo que te estaba buscando es Jesús… Ahí comenzaron los conciertos
multitudinarios. Nadie dudaba de las cifras pero era evidente que provenían de
recitales privados de corporaciones evangelistas.
Cálculos rápidos:
tres pastillas por día; siete días a la semana; diecinueve años de tratamiento;
error. La contabilización de años inciertos o líneas de tiempo paralelas daría
por sentado que existen rutas sin cráteres o criaturas sin tumores malignos.
Durante décadas consumí apenas el aluminio del blíster, el cartón seco de las
cajas, pero nunca respeté dosis alguna, eligiendo a sabiendas (con una
autoridad absolutamente ficticia) el desparpajo mental que luego dibuja
círculos alrededor de una ciudadela imaginaria, un circuito repetitivo de
canales sin señal, pura distorsión y lluvia gris en las pantallas. Me decía que
si quería amar en medio del desmadre, que siempre es la única realidad, la única
opción posible era la consumación en el vacío: caminar hacia los puentes y
jamás cruzarlos. Hola. Perdón que no te saludé, estaba teniendo un ataque de
pánico, vos viste cómo es. ¿Cómo? Ah, que no sabés. Bueno, vos debes ser una
persona normal.
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