Luciano, murió papá


Papá ha muerto el martes. No encuentro sentido en ponerle una fecha, un día, horario, registros de puntos en una línea continua. “Fue de golpe”, me decían, como si eso explicase y pusiera paños húmedos a la tristeza. No hay registro del tiempo para la muerte, no es algo que se va dando de manera paulatina, en escalones, como si la gente se fuese muriendo de a poco, en cuotas y no de un golpe. La muerte es como un pinchazo. Hace un tiempo, en mi trabajo, apareció una rata. Una interna la enfrentó con el cuchillo con el que cortan las verduras, y la mató de una sola puñalada. La esgrimista actuó con la rapidez y destreza de muerte que liquida a una alimaña. Imagino que la estocada fue al pequeño centro del corazón del roedor.

Leo: “las fechas son puntos exactos en la línea del tiempo, certezas, y eso es justo lo que no tengo”.

Los últimos días a papá lo medicaban y ataban a la cama. Estaba furioso, puras blasfemias que escandalizaban a mi madre. Ella me dijo algunas cosas, como que los últimos días los enfermos están enojados y pelean con todas sus fuerzas porque quieren ganarle a la muerte y que sin embargo lagranputa les gana. Una vez más no estoy de acuerdo con mi madre. Uno de mis primeros recuerdos consiste en papá gritando, un grito suelto, sin sentido, ni siquiera una onomatopeya. Un ruido gutural que me produjo un enorme sobresalto y un llanto desconsolado. Mi padre se acerca, me muestra un papel, como esos de la carnicería, con el número 39. Me dice que ganó con el sorteo de la tómbola una videocasetera. Mi padre gritando contra la suerte, mi padre gritando contra la muerte. 

Papá ha muerto el martes y entre la apertura del salón mortuorio y el velorio vuelvo a dormir y a fumar a casa. Solo deseo palabras, algo, alguna materialidad posible. Envidio a Piazzolla que en medio de un torbellino compuso “Adiós nonino”. Yo no puedo siquiera eructar una palabra. Puro agostamiento. Creo que las palabras me las dio mi padre. No entiendo eso de la lengua materna. Si alguien me explicó las letras y el lunfardo fue él. Me regaló también la metáfora “la tropilla de la zurda”, de las más hermosas que he conocido y no tuve siquiera que leerla. Papá me narraba. Yo le daba la estructura, los nombres de personajes y él me dormía.

La gente que más quiero y que más me ha querido me regala palabras, supongo que es lo que siempre pido. ¿Qué necesitas?, palabras. Me llegaron algunas, en formas de citas César Pavese, Vicente Gerbasi y Leopoldo Marechal. No hace falta aclarar la comunidad entre ellos y mi padre. Una amiga me recibe y me dice que son los amigos los que tienen las palabras en este momento.

Papá está en la cocina, desde que murió esa idea era la causa de mi insomnio. Le pregunto números para jugar a la tómbola, quiero su suerte. Como el oráculo, responde “tenés que buscar los medios” y luego dice, o yo entiendo que dice, el 48. Me despierto aterrada. Mi padre, ilmortocheparla. Su voz cantando esa tonada italiana del idioma secreto que compartía con mi madre cuando no querían que Luciano ni yo entendiéramos lo que ellos murmuraban.

Es como cuando contaban la historia de una niña que, en un paisaje árido donde el polvo vuela todo el tiempo y lastima la piel dejando una especie de cobertura grisácea y triste en la cara y brazos y manos, dice: “Hoy van a matar al chancho”. Una tierra de aullidos y llantos desesperados donde el tiempo queda inmóvil, suspendido el polvo. Los adultos la miran y la niña responde, “yo lo sé porque ayer escuché a la abuela decir mañana matamos al chancho. Y mañana es hoy”. Escucho ese grito casi humano que lo vuelve desgarrador. Ese espacio sin tiempo es la muerte de mi padre.  




Antonella Sorrentino  


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