gusto a ceniza


Estoy avanzando a duras penas como a través de lana gris.

Lars Von Trier (2011)

 

acerca de la imposibilidad de estar sola, primera tesis: los otros existen. En el límite de la sociabilidad, no poder escupirles en la cara resulta un dolor de muela. El dolor es siempre verdadero. Un escupitajo, me refiero al retazo de bilis pegajosa que apunta al ojo, una vez allí se desliza como una lágrima hasta la comisura de la boca. Verde. De espuma hecha de varias cuotas del hervor del desprecio. Nada noble hay en ser una persona, eso se construye más bien de sucesivas humillaciones al contorno intangible de lo íntimo. Hay, sin embargo, una experiencia entrañable en la humedad visceral del dedo en la sangre fría de la carne abierta. A la par de lo cual, es necesario decirlo también, la humanidad no merece la muerte ni el martirio de nadie en su nombre. Aquella forma torturada del odio al semejante que es el sufrimiento sartreano, en efecto, si el infierno los demás, arropar la paz del yo entonces el camino. Tampoco para una corresponde la promesa de la libertad en otra vida. Empezar por dejar de desperdiciar el trabajo de las células. Un ejército de vida inevitable se agota a diario entre las manchas de nicotina y aire de aceite quemado, la pústula negra de los autos en cualquier vereda, por la ventana cuando empieza el día y se suma el tránsito, en la esquina a la espera del paso del peatón e inmediatamente después de la lluvia que más o menos pule el oxígeno. La tristeza, que fue larga, alquitranada y áspera, cesa en el instante mismo en que la muerte pone fecha de venida. Era hora de que terminara esta runfla de idolatrías a la materia, suspira y descansa desnuda a la lumbre salvaje y tenue. Recostado el cuerpo sin disfraces paladea cada instante antes del momento cumbre, final, porque, después de todo, es preciso notar la gracia de haber sido puesta sobre aviso. El teatro de confusión que es la producción de significado general entre la gente por el leguaje, por la historia, más la sazón de la angurria del algo más, la desesperación del todavía falta, la idioticia del hambre de satisfacción, enfermaron al cuerpo que se sentía estela a la par de los astros, en su tiempo inmemorial ellos, en sus veloces mutaciones hacia la descomposición en vacío sin éter. Agotamiento venido de los varios intentos concretos de camino a lo razonable, el plan definido de hacer las cosas que la gente hace, flotar de mente en esas aguas lentas, letárgicas del suceder de las eras. Cómo es posible, esta es la pregunta, que nadie se aburriera de hacer existir la historia una y otra vez, con la propia vida, la misma secuencia en loop, que hace del tiempo una línea de antecedentes y consecuentes, mas el inevitable azar del imprevisto. Ella, verruga en la tersura de arroz del letargo. El dolor empieza en la realidad y, llegado un punto, se emancipa de ahí hacia la mente, el lugar donde nada existe y, así y todo, pesa. Es la futilidad lo que se pega a las piernas y cuesta el paso arrastrado entre la maleza de banalidad. Finalmente, lo que importa es el recuerdo permanente acerca de la finitud y la propia insignificancia. El tiempo derivado a erigir monumentos en vida para el propio nombre es ese vaho opaco que apaga el fuego en el bosque. Imágenes, cortesías para, en lugar de vejar lo habitual de las vidas en general, raspar el vidrio y calar el oído. Una suerte de hábito interior trota o se detiene según el peligro, ahí donde quisiera avanzar se detiene, quiero decir paraliza el andar, hipérbole de obstinación, para que la contemplación suceda. Un hábito cuya materia, más allá del dolor, recibe los azotes con domesticidad en favor de hacer aparecer la coloración pálida de la penumbra. La realidad como un animal al que jamás pudieras del todo extinguirle el desboque, la manera en que con su nada que perder se impone a la fragilidad de un cuerpo con futuro, sueños, pendientes. Esas cosas que llevan las palabras, su carne, sus lacres de verosimilitud. De ese teatro de impudicia y obscenidad es de lo que la sonrisa se opaca. Vira a simple mueca social, de cortesía, fantasma.   



Maira Rivainera  


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