elaboraciones
Caminar por un
bosque. El cielo acuarelado y los árboles secos. Íbamos en expedición a través
de unas ruinas de vaya uno a saber qué había allí. Nos movía el saber que
detrás de las piedras y columnas se erigía una biblioteca, una suerte de
espacio seguro. Un refugio. Entramos por el espacio de lo que antes era una
pared. A pesar del polvo del tiempo, entre los estantes podíamos encontrar
retratos y candelabros que transmitían una sensación de hogar. Pero lo que más
nos llamaba era una apertura oscura, similar a una puerta. Digo similar porque
el marco se encontraba difuminado, no era claro el límite entre una puerta y
una pared. Una suerte de luz negra que absorbía todo aquello que entraba. Una
fractura en el espacio. Era tentador entrar. Sentía el impulso de tirarme,
aventarme a ver qué había por detrás. Miré a los que me acompañaban y en un
pequeño momento de lucidez -cosa que no me caracteriza- mi pensamiento ha
hablado por mí y ha dicho “mejor no entremos. Allí está el monstruo. Allí está
el caos”.
Cuento esto porque cualquiera podría limitar el relato a la
experiencia de un mal sueño. Yo también lo creí. Solo un susto. Solo saber que
hay algo de mí que me cuida, que busca que sobreviva. Pero en general uno se
traiciona.
Resulta que un día cualquiera he ido a conocer el nuevo hogar de un
gran afecto. Chico. Acogedor. La visita era normal: hablar de la pesadez de la
mudanza, festejar el logro de poder vivir en soledad y demás formalidades.
En un momento algo me ha llamado la atención. Una de las dos
ventanas del lugar me llamaba. Era la tentación. Esa vez mi pensamiento no me
ha salvado. Me he asomado. He presenciado el teatro de la crueldad y el
desmembramiento.
La escena era la siguiente: en una terraza desierta formas
antropomórficas subían por las paredes. Estaban furiosas. Daban rienda suelta a
sus ganas de matar, de aniquilarse, de arrancarse partes, miembros, órganos.
Devorarse entre ellos, a sí mismos. Como espectador estaba aterrorizado, pero
no podía dejar de mirar. No voy a negar que algo de placer me generaba ver el
desollamiento. Era una sensación en el cuerpo. El asombro de ver aquello que en
algún momento he fantaseado. Ver su libertad de hacerlo. Sin culpa. Sin
pensamientos. Sin moral.
Me asomaba por la ventana como un espía. Como el testigo de un
crimen que no debe ser descubierto. Lo impresionante era que una vez despellejadas,
estas figuras volvían a la vida para volver a matarse en un sin fin de muerte y
vida. Un espacio donde la lógica vital se encontraba suspendida.
Entre las figuras había una que resaltaba por su ferocidad y el
dominio ante las otras. La Gran Figura Roja era el centro de la escena. Todas
deseaban ser aniquiladas por ella y se ofrecían en sacrificio. Creo que, a fin
de cuentas, lo que me impedía despegar los ojos de la escena era la facilidad
con la que las figuras se entregan a la muerte. El deseo de experimentar la
muerte y poder volver. El éxtasis de las figuras me parecía lo más llamativo:
entregarse para ser desollado, experimentar el desmembramiento, animarse a
morir, disfrutar de morir.
Pero, como decía, en esa posición de espectador culpable ha sucedido
que la Gran Figura Roja me ha visto. Me ha encontrado. No me ha dicho nada.
Solo me ha mirado y ha seguido con su festival de cuerpos y sangre. La mirada
me ha despertado un horror inmencionable. Tenía miedo. Mucho miedo. El monstruo
me ha mirado a los ojos. Ha visto mi verdad.
No sé cuánto tiempo habré estado en ese trance. El hogar había
quedado vacío. Me encontraba solo en un lugar que no me pertenecía. No sé qué
habrá sido de mi afecto. Ante el miedo, he optado por mirar a la otra ventana
del lugar. El paisaje era opuesto: soleado, un parque, niños jugando, hombres
que paseaban, mujeres que charlaban, picnics. Entre esa pequeña multitud yo
buscaba las figuras de la terraza. Creía verlas. Sabía que habitaban dentro de
los Hombres Que Paseaban. Estaba esperando que aparezca la Gran Figura Roja y
se desate el teatro de la muerte.
No podía dejar de mirar ese gran picnic. Me daba miedo voltearme a
la otra ventana y que aparezca la muerte. Me tentaba y no me animaba. Sin
embargo, en el fondo quería encontrarla, la deseaba. También buscaba
desesperadamente a mis padres.
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