el gabinete de los miedos
—Gatito ¿sabes jugar al ajedrez? ¡Vamos, no sonrías,
querido, que te lo estoy preguntando en serio!
Lewis Carroll, A través del
espejo y lo que Alicia encontró allí.
En el momento
que decido abrir la tiendita de mis sueños, me llega un aparato alto,
enigmático, victoriano, con una llave que se abre desde dentro. Al entreabrir
sus puertas observo: una sombra que se
asoma detrás del revés, la penumbra acecha debajo de la cama, un demonio sale
de una valija, los presentimientos desde tiempos innombrables, los juguetes
tirados en el patio a deshoras, una risa en mis hombros, los cementerios
ocultos a la vista.
Cierro con asombro, respiro, balbuceo, me encrespo. Pero, la
curiosidad me interpela, vuelvo a abrir para detenerme en lo que no logré ver:
los rostros vacíos de los desamores. Las tildes faltantes en mis textos más
privados. Las voces perdidas clamando
desde el purgatorio. No hay misas, no hay rezos, solo restos. Las cobardías
retornando una por vez. Los dobleces en un mismo segundo. Los imposibles y los
improbables. Una mariposa negra, en un baile, cuando alguien me saca a bailar.
El dolor de los fantasmas, chistando, en
las despedidas. Lo poco, lo más o menos y lo mucho que me alejan y me acercan
las miradas. Cierro la puerta con picardía.
Al cruzar sus puertas, transito: el desencanto desde tiempos
difusos, el anochecer de las obviedades, las imposturas, los dolores como
destellos, el olor a hospital, el miedo a lo que no vendrá y a lo que nunca
vino.
Al abrir la tiendita de mis peores sueños, vuelan a lo lejos las
curiosidades del gabinete de los miedos. Pasen y miren.
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