de tal manera mi razón enflaquece
Yo fui un niño
bien educado, un guevoncito que a veces hasta le servía de monaguillo al padre
Marcelino. Crecí en un mundo de actores en el que los curas parecían buenas
personas pero eran medio pedófilos. Cuidaban las formas y eso era lo único que
importaba. En ese mundo los guardias eran medio honrados, y se pasaban todo el
santo día jodiendo a los demás, pero cuando caía la noche, bueno, se iban de
bares, de putas, se metían su perico, y
vendían alguna que otra arma decomisada a algún atracador de bancos de baja
calaña, y claro también extorsionaban a los contrabandistas de cigarrillos
tailandeses, y a los chulos de las putas que eran sus novias, pero a la mañana
siguiente, amanecidos y todo, se metían su pasecito para salir del letargo, y
buscaban a sus hijos para llevarlos al colegio por las mañanas, y en el camino,
paraban el carro frente a una panadería y les compraban un cachito de jamón y
queso y medio litro de chicha El Chichero, para que tuvieran el desayuno listo
en la lonchera del hombre araña.
No lo invento, se los juro, yo los vi. Crecí en ese mundo de
dicotomías bien marcadas donde los políticos no eran unos intelectuales de
altura pero al menos habían leído algunas páginas de Sarmiento y Andrés Bello,
celebraban las navidades junto al arbolito canadiense, y bebían whisky escocés
con poca soda y mucho hielo, y se sabían de memoria algunos versos del Martín
Fierro.
En ese mundo las viejas eran muy chismosas y hacían las veces de las
redes sociales, pero todo lo hacían en secreto, como la Chepa Candela, regando
un rumor que poquito a poco se colaba maliciosamente por debajo de las puertas
de los condominios como el humo de los ceniceros.
En serio yo crecí en una época donde a las jevas que tenían novio y
se acostaban con ellos en la parte de atrás del carro, en alguna calle
solitaria, al otro día les rayaban un grafiti frente a la puerta de su casa que
decía, a María se la cogieron en la esquina. Y entonces, se formaba ese
escándalo por esa tontería y la gente de la escuela le dejaba de hablar y en la
casa se cernía una sombra imborrable de melancolía. En serio, en ese mundo de
hace poquito, gente que se fumaba un tabaquito de monte en la plaza con los
panas y la novia, le decían mariguanero y le clavaban una letra escarlata en el
medio del pecho, y les decían vago, sin oficio, solo por fumarse su mariguanita
de vez en cuando. Recuerdo que mi tía Josefina siempre me decía, mira Francisco
Javier, mucho cuidado con quien te juntas, no le hables a ese tipo y resulta
que el tipo, era un chamo de 14 años, que había aprendido a patinar conmigo en
la misma cuadra. Pero la señora insistía, mucho cuidado mira que te jodo y
luego le digo a tu papá para que te mande a un reformatorio. Mucho cuidado, no
vayas a estar juntándote de nuevo con ese drogadicto de la esquina, ese otro
que está con él, ese es otro malandro robacarros. Y resulta que se trataba de
mi amigo Alfredo, que a veces fumaba y escuchaba a todo volumen Barón Rojo.
Jajajaja.
Qué bolas, me seguía diciendo mi tía mientras echaba un ojo por la
ventana, ahí está todo sucio, con esos pantalones rotos. Escúcheme bien,
Francisquito Javier, que yo no lo vea cerca de ese muchacho, esa es una persona
enferma, sin futuro en la vida, que tiene el cerebro fundido, ya verás, y era
como profético el tono de mi tía, ya verás que termina viviendo en la calle
como un recogelatas.
Bueno, ese fue el mundo en el que yo crecí, como de pantomimas, de
disfraces escarchados y guiones exagerados de telenovela matinal. Resulta que
esa escenografía fue diluyéndose en el tiempo, y cuando la vida me llevó como
por destino a la realidad, vi que nada era así, que todo era una simple
fachada. Y que Alfredo no era ningún recogelatas. ¿Y qué me pasó, entonces? Que
por fin entendí, bueno, digo yo que entendí, que todas esas ideas se fueron a
la mierda y luego pensé: “¿Qué me queda?”, pues nada. Qué coño me va a quedar.
Una cinta blanca, no sé. Un reloj de arena. Una cachucha vieja de los Leones
del Caracas. Un Bolívar partido por la mitad.
Bolívar era la moneda de mi país y cuando uno quedaba casi limpio
decía, verga, estoy tan pelando bolas que ya no me queda ni siquiera un bolívar
partido por la mitad. Pues como dije hace un ratico, no me quedó nada, después
de que me di cuenta que toda esa vaina de la lealtad, la palabra dada, los
amigos, la dignidad, el amor, ay sí el amor, gran vaina, el placer, la
compañía, la solidaridad y la palabra. Esa concordancia de la palabra dada y
los hechos, era pura paja; y entonces, con esta suerte de marejada infeliz, de
catálogo de principios equivocados, me fui quedando así, sentado en este bar
del centro de São Paulo, tomándome una cerveza sin espuma, sin colarinho, como
le dicen aquí, y me fui quedando pasoneado, varado, ido, pensando en todo el
tiempo que perdí, en esa paja de la religión y las ideologías. Ahora lo que me
queda es planear una pequeña venganza. Mañana, si me brindan otra cervecita,
capaz que suelto el pico, y les cuento de que se trata.
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