sarracina en la casa de brujas


Una joven estadounidense viaja a Alemania para estudiar en una prestigiosa academia de danza donde suceden cosas escalofriantes. Hay fuego, hay sangre, hay belleza y crueldad. Eso es básicamente lo que tienen en común la Suspiria de Dario Argento, de 1977, y la Suspiria dirigida por Luca Guadagnino, de 2018. * 

Investigando en la web, al parecer el director Dario Argento, figura representativa del giallo italiano, leyó Suspiria de profundis (1845), del británico Thomas de Quincey y de esa lectura junto a otras influencias nació la trilogía de Las tres madres: Suspiria (1977), Inferno (1980) y La terza madre (2007). Pienso aquí en las tres brujas de Shakespeare en Macbeth  en las de Beckett en Come and go, en las de Anna Maria Maiolino en Por un hilo, por nombrar algunas representantes de este motivo literario e iconográfico… 

Jessica Harper interpreta en 1977 a Suzy Bannion, la joven danzarina que llega esperanzada a la academia; mientras que en la peli de 2018 lo hace la bella Dakota Johnson. Es menester decir que Gudagnino hace un pequeño cambio en el nombre: de Suzy a Susie mientras que el apellido queda igual. También los carácteres y talentos de este personaje principal difieren: Argento la presenta como una joven sin mucha destreza artística; ni demasiado inocente, ni tan astuta que logra dar con una verdad. En cambio, Guadagnino compone una Susie con talento y apasionada por la danza lo cual se nota en la escena de la primera audición que da al llegar a la escuela frente a las docentes; pero que a pesar de ello, al comienzo la vemos igualmente ingenua, modesta y cabizbaja. Luego ¿sufre una transformación? tras sus interacciones con Madame Blanc (interpretada por Tilda Swinton) y parece asumir un poder, un fuego, declarando: ‘I am she’. (¿Es ella la madre suspiriorum como dice y no Helena Markos? ¿Acaso siempre lo fue o este espíritu, entró en su cuerpo y se apoderó de ella tras su llegada y durante su estadía en la academia?). Harper hace una breve aparición en la Suspiria de 2018, interpretando a Anke, la esposa ¿fantasma? del psiquiatra.

Respecto de los lugares, las casas de las brujas, en ambas películas resultan imponentes e importantes. Allí viven las estudiantes, comparten cuartos, practican, audicionan, comen, respiran, suspiran, mueren. En la de 1977 la academia tiene una fachada roja y está en el bosque, en la de 2018 es gris y se sitúa en la ciudad, cerca del muro. Esto nos muestra la diferencia en la elección de colores: si bien el rojo es el que persiste en ambas, la intensidad y pureza varían. En la de Argento es un rojo vibrante, saturadísimo, propio del technicolor; en la de Guadagnino, en cambio, se trata más de un bordó, los colores están desaturados creando una atmósfera fría y sombría más parecida a la de los cuentos de Poe que a los de hadas. Argento juega con los contrastes de los colores primarios, la violencia se percibe en esa intensidad en los pasos rápidos, constantes, y sin graduación por ejemplo de un rojo a un azul, o a un verde, con un trabajo de iluminación exquisito y teatral; mientras que los pasos de baile de la danza moderna y contemporánea retratada por Guadagnino son los que nos perturban y hielan la sangre. Quizás el foco en la película de 1977 esté realmente en lo visual, en la exquisitez del arte y el vestuario; y en la de 2018, lo principal sea la danza, el cuerpo.

No quiero dejar de mencionar la música. En la original, fue el grupo de rock progesivo Goblin el encargado de la banda sonora con sonidos hartantes, hilarantes, agudos, pero que resultaron bien para el film; en la remake, el gran Thom Yorke compuso bellezas llenas de sutilezas como Unmade, Volk, Suspiria que una no puede parar de escuchar.

Con esto de escribir la(s) lectura(s) llegué a S/Z de Barthes. Entre otras cosas, un análisis frase por frase, o lexía por lexía, de Sarrasine de Honré de Balzac, novela corta escrita en 1830. Cito este fragmento: “SarraSine: de acuerdo con las costumbres de la onomástica francesa, era de esperar SarraZine: al pasar al patronímico del sujeto, la Z ha caído en una trampa. Ahora bien, Z es la letra de la mutilación: fonéticamente Z restalla como un látigo castigador, como un insecto erínico; gráficamente, lanzada al sesgo por la mano a través de la blancura igual de la página, entre las redondeces del alfabeto, como un filo oblicuo e ilegal, corta, tacha, raya; desde el punto de vista balzaciano, esta Z (que está en el nombre de Balzac) es la letra del desvío (véase la novela Z. Marcas): finalmente, aquí mismo, Z es la letra inaugural de la Zambinella, la inicial de la castración, de manera que mediante esta falta de ortografía instalada en el corazón de su nombre, en el centro de su cuerpo, Sarrasine recibe la Z zambinelliana según su verdadera naturaleza: la herida de la carencia. Más aún: S y Z están en una relación de inversión gráfica: es la misma letra vista desde el otro lado del espejo; Sarrasine contempla en Zambinella su propia castración. Por eso, la barra ( / ) que opone la S de SarraSine a la Z de Zambinella tiene una función pánica: es la barra de la censura, la superficie especular, el muro de la alucinación, el filo de la antítesis, la abstracción del límite, la oblicuidad del significante, el índice del paradigma y, por tanto, del sentido” **

 

 

  

 

https://www.sensacine.com/buscar/?q=Suspiria+

** Roland Barthes, S/Z, págs. 112, 113, Siglo Veintiuno Editores, Buenos Aires, 2015.  






Emma Bartoloni  

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