la paranoia de ser feliz


En la dictadura de las telenovelas mexicanas se forjaron importantes avances en la tecnología de los relatos: una premisa tonta pero identificable, allá en lo más hondo de la miseria humana. De chico, las vi todas: no se veía otra cosa en casa de mi abuela aparte del noticiero local, porque a toda hora podía uno engancharse con una (sobre)emotiva historia cuyos diálogos rozaban el extremismo áureo de la vida o la muerte, ni más ni menos. Se aprenden básicas y efectivas operaciones de la tentativa narrativa a la hora de imaginar posibles finales, posibles universos paralelos, posibles infiernos simultáneos. Él es rico y ella es pobre o ella es rica y el pobre es él, o ambos son ricos y se regodean en la miseria inevitable de toda riqueza o ambos son pobres y se escudan en la nobleza alanwalkerizada de toda pobreza, o ambos son pobres de espíritu cuyos cuerpos habitan la economía de la esperanza fútil de sobrevivir siendo miserables pero buenos en el fútbol: el pan duro de la epistemología más cruenta. No hay mérito alguno en negar la propia miseria y ellos lo saben, y a esa conciencia irreductible le dicen amor. 

O llaman amor a cualquier política que los obliga a orbitar la imposibilidad misma del amor, porque el amor es miserable y lo ignoran y se reconocen en esa esperanza tan humana como ficticia, o eligen vivir la ficción como si fuera el único lenguaje humanamente posible con el cual pueden decir “Te amo”. No dicen “Fin” o “The end”, lo que sería más lógico para el relato y su estructura. Pero en el capitalismo de la romantización parroquial, el cotidiano monstruoso se nutre con aliteraciones y réplicas tan fieles como extrañas. Él es rico y ella es pobre pero él es ella y ella no puede amar a un transformista burgués, o ella es rica y el pobre es él pero ella es él y él no puede amar a un marimacho de un villerío mugroso. Todos son pobres, putos y miserables, o ese es el mensaje, me parece. Es lo que creen o es lo que les dicen a los demás cuando los señalan con el dedo índice de la historia. Ambos se encuentran o se desencuentran, pero ni en el encuentro ni en el desencuentro coinciden, porque apenas si coinciden en ser miserables. “Amarte me hace miserable”, se dicen al unísono o no se dicen nada para que la historia no los juzgue. 

La pobreza y la riqueza se aparean, copulan y engendran vástagos miserables con dinero o riquezas bastardas. La nación del desvarío se sostiene por herencias dilapidadas en cirugías innecesarias y prostibulaciones limítrofes. La pobreza se dibuja andrajosa e inocente, la riqueza se dibuja de etiqueta y privilegio. Si ambas son lugares comunes, ellos aspiran a ser comunes, amarse de manera común, encontrarse y desencontrarse comúnmente. Son personajes comunes y lo saben y no soportan ser comunes, por eso buscan que se note que son pobres e inocentes, o que son ricos y corruptos. La pobreza suicida, la riqueza verduga. O la pobreza pierde la cabeza y la riqueza nunca la tuvo. Pobreza, riqueza, cabezas que ruedan, lo común. Él la busca y ella se deja encontrar, o ella busca y él se hace el inencontrable. O él, de tan rico, la manda a buscar con sus vasallos y a ella no le queda otra que ser un hallazgo, o ella lo encuentra travestido y lo manda con los milicos para que lo hagan desaparecer junto con todo lo que tenga escrito. 

Esa mañana la familia del príncipe interviene en la historia, le piden que tome asiento en medio de un círculo que han formado en el living, un círculo formado por sillas bien acolchonadas donde se ubican alrededor suyo y se acuerda de un aro de circo envuelto en llamas de ocho bit en un juego arcaico, y él se siente en la piel rudimentariamente digital del león que, desde tiempos inmemoriales y en todos y cada uno de los universos que avanzan replicándose, está dispuesto a morir siendo alcanzado por el fuego. ¿Cómo se llama el juego? Algo de Circus, tal vez, la música le taladra los sesos y se sumerge en la hipnosis polifónica de un pasado ya remoto, hace rato remoto. Una prehistoria digital que no quiere soltar y con esa obsesión rellena cada uno de los píxeles de la pantalla absoluta, la totalidad en vivo: el último chispazo eléctrico de la picana del amaestrador que sin embargo muere al instante de ser degollado por las fauces del león. Lo desconoció. La gente huye despavorida. Fin. Esa es una buena historia. En pleno velorio circense, con malabares fúnebres y fenómenos de luto, se aparecen las familias secretas que el amaestrador de leones tenía en secreto en cada uno de los pueblos y parajes donde el circo había recaudado monedas para sobrevivir en una campaña de sangre (recordemos que no hay presupuesto para tecnología ni vestuario o mobiliario, por lo que es más rentable situar el argumento en la época de la dictadura, pero no la que ustedes conocieron sino otra más sanguinaria). Da para cuatrocientos veinte capítulos, por lo menos. 

Hace poco me contacté con una secta de cocainómanos espiritistas de derecha que aseguran tener cuatro o cinco tomos de escritura prohibida e infernal nazi, algo así como dos mil páginas de mandamientos y pensamientos de carácter gótico postpornoindustrial fascista. Una edición que representaría un arduo ejercicio de paciencia transigente con la tortura y el abuso de una desmesura mental que además exige la conscripción, puesto que los autores aseguran que cualquiera que tome contacto con aquellos escritos inmediatamente forma parte de la red sanguínea del culto: durante la semana que estuve leyendo aquellos archivos, porque sólo una semana podía tenerlos en mi poder para decidir cómo y por cuánto iba a editar y darle un diseño gráfico decente a aquellos desvaríos en prosa para su posterior publicación, hubo un cortecito cualquiera, quizás una el filo de una hoja al leer un libro, o un cuhicllo de cocina mal agarrado, la raspadura de una madera áspera de la casa, lo que sea, pero un par de gotas de sangre que caen y firman el sello. Cosas de gente con mucho tiempo libre como para criar lechuzas con fines domésticos, llegando al maltrato de aquellas bellas aves con el propósito de que sirvan a sus malévolas pretensiones estéticas. Cada uno de ellos lleva una o dos lechuzas consigo a todas partes, en el hombro o en la cabeza, o dentro de la cartera o en bolsillos laterales. No llegué a entender bien su valor simbólico, me contaron pero no pude retenerlo. Pobres bichos. 

Telenovela en la vida real que se dio este mes en mi pueblo: él viene de lejos, Ucrania, pongamos por caso, porque un tinte grisáceo y soviético preinstala una épica sin que haga falta ahondar en ella. el Ucraniano llega a estas tierras, refugiado por alguna razón que no podemos llegar a entender, porque no se le da bien el castellano. Algo del régimen, algo del comunismo. No es que sea un asesino suelto o espía. Y acá, en lejanas y calurosas tierras encuentra el amor. No el verdadero amor, como el de los animales, pero amor al fin. Por alguna razón que no tendrá que ver con cuestiones militares, como se dijo antes, el ucraniano se gana la vida como piloto. Una avioneta de fumigación que a veces utiliza para propaganda política de algún candidato que también sea dueño de los campos que fumiga. Decir dueño es eso, un decir. En realidad las tierras les pertenecen a los indios, pero las telenovelas no tratan la cuestión originaria. Los indios no son románticos, no sirven para el rating. Son antagonistas macumberos que usan sus conocimientos de la naturaleza para atacar con hostilidad al digno empresario. Cumbayo, por ejemplo, interpretado por el actor (negro) Rudy Casanova en la estúpidamente excitosa Mujer de madera (2004), es un indio afrocubano siniestro, que cuando los ojos se le ponen en blanco maneja diabólicos menesteres que quedan fuera de cámara. Muere siendo devorado por uno de sus propios leones. Se es blanco o enemigo, negro, que viene a ser lo mismo. Por eso la felicidad de las telenovelas será la única que lograremos llegar a conocer: la paranoia de saber que del otro lado hay un machimbre existencial que divide la vida y el set. 

Cuando todo parece ir bien, duermo con un arma bajo la almohada y todas las noches despierto sobresaltado y empuñando la pistola hacia alguien que no está en el cuarto.  




Mario Flores  

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