el instrumento


Mi exmujer siempre me decía, antes de dejarme por uno de sus alumnos de una universidad privada, anda a casa de Laura, anda a casa de Laura. Y yo le respondía, pero quién es Laura chica y ella contestaba: la psicoanalista. Tanto insistió que le hice caso y fui una vez, bueno, dos, pero no me gustó. Laura era una señora mayor, que no me decía nada importante, solo me hacía preguntas indecisas, me miraba con dulzura, una dulzura que me pareció algo fingida, y anotaba cosas en un cuaderno amarillo. Cuando mi exmujer, la que anda empiernada con el alumno de tercer semestre, esa, la que se cree la diva de Puerto Rico, me preguntó, y dime cómo te fue, le respondí pésimo y se puso furiosa y hasta me llamó de pelotudo. Y yo le dije pelotudo no, lo que pasa es que yo no quiero que me anden tocando el inconsciente. Eso es algo así como si en el tren de Buenos Aires – La Plata, alguien se te acercara de improviso y te tocara el culo. Así tampoco le dije, así no. Pero ella no entendió. Me siguió diciendo que fuera al psicoanalista, y como nunca más me atreví a ir, me dejó, no por un político corrupto sino por un muchachito que tiene la misma edad que mi hijo. Así que bueno, ella no pudo entender en ese momento que lo que yo no quiero es descomponer mi herramienta, porque yo escribo y esa es mi herramienta. 

Yo no vivo de eso que llamo mi herramienta, pero escribo y eso me distrae cuando paso las noches en vela. Así que por ahora no pienso pedirle una cita a un coño de psicoanalista. Y menos a esa señora que se llama Laura.

Acabo de terminar un libro de poemas y fue muy exigente el trabajo, implicó un enorme desgaste tanto en lo emocional como en lo físico. Hubo muchas horas de insomnio e inconsciente de por medio. ¿Saben cuánto pesa? ¡Casi seis kilos! En serio. Lo tengo mediíto. Eso es lo que pesa mi inconsciente. A veces lo cojo con las manos y lo dejo dormirse a mi lado, es como un peluche viejo y desgastado por los años.

Cuando tenía doce años me le acerqué a un mi amigo del colegio que se llamaba Rolando Agudo, digo así porque no sé si todavía está vivo, y le conté una historia que se me había ocurrido la noche anterior. Era la historia de un muchachito que era retardado mental, o que tenía parálisis cerebral, yo no sabía lo que eso significaba por supuesto, pero me pareció interesante imaginar que fuera como enfermizo. Este muchachito andaba siempre con la señora de servicio de su casa. Iba con ella al parque y al automercado y la acompañaba a lavar la ropa y a cocinar. Andaba para arriba y para abajo con ella porque su mamá no lo quería. Era mala y se la pasaba metida en la peluquería haciéndose peinados estrambóticos y pintándose las uñas con figuritas y estrellas. Un día el muchachito salió solo y se perdió en una montaña y ahí fue rescatado por un montón de zamuros que al verlo desvalido y muerto de sed no le quisieron comer porque era muy feo y se parecía a un puerco. 

El problema que suscitó el comienzo de mi historia fue mayúsculo porque mi amigo en vez de darme su opinión, o dejarme seguir hablando, se puso furioso y me respondió diciendo, “Estás muy loquito, Lolo” y luego me dio un puñetazo en la nariz.

Yo sangré y luego nos llevaron a la dirección. Después supe que él tenía una hermana menor que padecía de ciertos problemas cognitivos. Así que bueno, mi mujer me dejó por uno más joven y Rolando me rompió la nariz.  

A veces pienso que escribir es hacer un ejercicio de la realidad con imaginación. De esa especie de conjunción de los contrarios nace la ficción. Yo tengo muchos recuerdos. Unos muy desagradables y otros no tanto. La mayoría son muy raros. Tuve mis días felices, no tantos como los de Fito Páez pero los tuve. Tampoco me faltaron amigos, novias, una abuela coja y un perro de color caramelo que se llamaba Júpiter, y que sospecho que mi papá mató a pedradas. Todo eso lo tengo aquí en la cabeza y a veces empieza a transmutarse todo y se almacena en un depósito del que saco un poco sucias, las palabras. Ese depósito es lo que mi exmujer pretendía que yo pusiera en orden con Laura. Lo que ella no sabía, es que de ahí proviene todo. Cuando yo empiezo a escribir un poema, eso que yo llamo el inconsciente empieza a mandar la información que ha acumulado desde que era un muchachito cobarde y luego me va dictando una lista de palabras.

María Zambrano decía que tú tienes un hecho, no sé, algo que te pasó o que no te pasó pero recuerdas como si te hubiera pasado, y que si tienes algo aquí que proviene de tu pasado, o de lo que tú supones que fue tu pasado, la poesía es el puente que une lo de aquí con lo de allá. Escribir es el intento casi siempre infructuoso de tratar de unir esos dos puntos, no a través de la lógica, sino a través de la intuición. Tal vez eso no tenga nada que ver con lo que yo llamo mi inconsciente y que pesa 6 kilos, pero la imaginación es el puente que los une. Eso es todo lo que puedo decir hoy. Adiós.   





Francisco Ardiles  

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