una minga de dignidad


Atraviesa una historia de principio a fin de corrido para hacer un secreto donde permanecer a resguardo de la intemperie del ruido y de las palabras de los cuerpos huecos. Caravana de blabla azaroso de quien pronuncia en el olvido del hecho que la intención se escribe, apura a la letra y escribe antes si nadie pregunta. A salvo de ese estado de cuerpo maquinal, una a una, composiciones en secuencia acompasan lo obtuso de los días. Una vida es poco tiempo para un cuerpo y quedan cortos los sentidos a la experiencia al otro lado del empirismo, donde las cosas se hacen de haberlas escuchado, el vicio de leer y reposar en ecosistemas de lenguaje, que es el hábitat de lo que el mundo rechaza. Lo que el mundo, las cosas, alguna manera de decir de otra forma el repudio radical hacia el cuerpo. Si es bella la ciudad es que se puede perder entre las patas como de araña, largas, gruesas de los edificios opacos en la hora en que cae la tarde, a contraluz, la silueta gris de quien deambula afuera como dentro de sí (lo que no existe) Basta de hablar de aquello, la piedra de arena, mota de metal, lo inextinguible, fatalidad de haber aparecido lejos y hace cuánto, en el arrullo de a e i o u. La paz que traía la noche en el conteo de las letras, el alfabeto aplanado a su mínimo esplendor, a be ce de e, etcétera, no era tan extenso. Y empezar de nuevo, a be ce de, etcétera. Conjuros contra la oscuridad, ese antro del mutismo al final de la noche, la escena de la noche cual casa oscura en luna nueva, pasillos de sombra dentro de la sombra, negro sobre negro, profundidad al cuadrado. Ese abismo, no impalpable, sino táctil de espesor inespecífico, desconocido, imprescindible. La fascinación ante la magnificencia del paisaje, relativiza el emplazamiento del trapo cansado en el planeta, deslumbra la desfiguración del límite de la piel, en comunión con el todo, más por la posibilidad de desaparecer como objeto y permanecer de mente, que por la creación enferma del Dios fastidiado de la soledad de lo impar. El sueño, proyección teatral de lo vedado al pensamiento de vigilia y castigo en el horizonte en amenaza desde haber hurtado la lujuria, lo insólito; el placer de saltar al vacío sin el peso del dolor del impacto del cuerpo contra el tope de la tierra, ella vomita a cualquiera que no le sea raíz o arrollo. Cuando la lluvia se desliza en silencio entre los poros y pareciera, por fin, algo nuevo habitará la tiniebla hastiada de los órganos. Todos quienes entre los pasos, no sabían quién era aunque miraran, y quien veía tampoco sabía a quién observan. Se ve que pasa, sin nombre e incógnito, el lacre de la carta muerta. Líneas que alguien escribiera: llevo tiempo sin verte, desconocida e imperecedera, caducó el tiempo en que tu llanto arrastraba la roña de las extremidades bajo los hilos y, no obstante, en esta lumbre ajena que son los huesos sobre los que camina quien ahora dice, todavía un recuerdo, atrás de alguna puerta olvidada espía tras la hendija, cuando hay testigos llora, cuando no, abrazada a las rodillas canta nanas. Fin. Indiferencia con ella, desdoblamiento de la voz, harapos del disfraz roído contra el áspero cemento entre los ladrillos del muro. Palabras. Esas historias sin acción, de cuerpos sometidos a lo que también, por qué no, se puede soñar para la carne, vejámenes más aquí de la muerte y más allá del aullido de la angustia. Ese eco perpetuo de la dignidad cuando cae, reverbera sobre lo que una memoria dure, aquel instante cuando tras la pulverización de la ropa que cubre la herida, después aún de la humillación, la sangre arrastra el barro de las heces por cada arteria, sin desistir estas de bombear ni el corazón de dejar pasar la materia ácida, corrosiva, de la mierda. Hay cantidad notable de palabras, pero alcanzan los dedos de una mano para recordar las necesarias, precisas, palabras de plutonio, esa sustancia, sí, que la gravedad expulsa y un telescopio no demorará en conseguir para el ojo.  




Maira Rivainera  

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