lengua
En una antigua fábula se le adjudica a un esclavo llamado Esopo la preparación de una lengua como plato exquisito y despreciable, ella nos permite comunicarnos y saborear pero a la vez es capaz de las más terribles mentiras. La argumentación, en uno y otro sentido, adjudicadas a un órgano del cuerpo humano pone de relieve las tensiones y dualidades entre las que navegamos cada día. Al comer escribimos en el cuerpo un sinnúmero de reacciones que irán signando nuestros comportamientos y por ende nuestra historia, a la vez al escribir ofrecemos a la comunidad un bocadillo que puede ser sabroso o desagradable pero que también entra a circular en el cuerpo social. Por cierto que esto ya se sabe desde la antigüedad cuando los dioses del Olimpo libaban la ambrosía o cuando los incas ofrecían quinoa, el cereal madre en las ceremonias divinas. Las hambrunas medievales quedaron minuciosamente registradas en la literatura, desde El Decameron al Libro del Buen Amor, como en los relatos populares de La cucaña, país utópico donde podrían saciarse todas las demandas del estómago. El nacimiento de Gargantúa gritando “¡a beber! ¡a beber!” sitúa de modo grotesco otra relación con la comida y la bebida en el siglo XVI a través de gigantes que comen vorazmente, eructan, defecan en una intensa y gratificante vivencia del cuerpo. La imagen de los banquetes pantagruélicos sigue vigente, en esa suerte de placer y diversión que acompañan la comida y la bebida, revirtiendo las faltas y carencias de la vida cotidiana. Es el carnaval del mundo, donde se invierten e interrogan todas las naturalizaciones. En literatura asistimos a pobres comiendo las migas que caen de la mesa de los ricos, niños que parecen lechugas en los mercados, hombres hambrientos cruzando desiertos arrasados por la guerra, pero también descripciones de fiestas con faisán para apagar la tristeza, amos atiborrados de llantar, cuerpos deformados por el exceso de comer y beber, sibaritas, obesas con jugo de mango chorreando por los dedos o canjeando su cuerpo lustroso por un salvoconducto. Son personajes que lamen, absorben o devoran el mundo en algunos casos, mientras que en otros lo miran a través del vidrio de una masitería, una pizzería con la masa que juega en el aire o siguiendo el humo oloroso de un asado. También puede encontrarse en un pastel la clave para aclarar un delito, o el anillo que revelará a la princesa, o puede contarse la historia de una sociedad a partir de sus comidas o revivir el pasado en un manjar que se deshace en la boca. Comer para sostener la vida o cocinar para disfrutarla. Escribir para saciar una sociedad bulímica o escribir para rellenar vidrieras que nadie consumirá. Las patas de pollo pueden tragarse o saborear capa tras capa el instante único en el que, al masticarla, el mundo nos ilumina u oscurece.
Ana Gutman
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