Itaca son todas


La primera vez que entré a un salón de clases de la Escuela de Letras en la UCV solo quedaba un puesto vacío en la última fila. Yo había sido el último en llegar, como siempre estaba llegando tarde, con una media hora de retraso. La profesora que me vio pasar con cierta clase de condescendencia, era una mujer madura, bastante atractiva, que llevaba puesto un pantalón de taller negro y una blusa de seda blanca, y que se apartaba con delicadeza el cabello de la cara. Apenas me vio sentado comenzó a leer un poema que nunca había escuchado en toda mi vida, de un tal Constantino Kavafis. El curso que comenzaba ese semestre estaba dedicado a la obra de Homero y ella había escogido un poema del siglo XX llamado Itaca para hablarnos de la nostalgia de Odiseo. Su interés era el de hacernos entender, a todos los jóvenes que coincidimos por asuntos del destino en esa sala al final de aquella tarde de septiembre, que la nostalgia es la sustancia fundamental de la poesía. María Fernanda, así se llamaba la profe, nos explicó ese jueves que esa palabra, nostalgia, una de sus favoritas por cierto, era muy antigua y provenía de otra palabra griega más vieja todavía que era conocida por el nombre de «nostos», y que se refería, desde que fue usada por primera vez, a la idea del dolor que siente aquel que está de regreso después de un largo viaje, del dolor del que vuelve a reencontrarse después de muchos años con los paisajes de su infancia, la ciudad de su adolescencia y la casa derrumbada de sus abuelos. Nos dijo todavía algo más, que esa fue una palabra que se inventó hace muchos años, miles de años, por los tiempos de Odiseo precisamente, para referirse al dolor que experimentaron los héroes al volver de la guerra de Troya, del viaje que devino tragedia, del viaje que devino descubrimiento de sí mismo y de los otros, del viaje que devino fluir, memoria y escritura, que atraviesa la vida, del viaje de la vida. 

Nostos fue una palabra que se concibió con la intención de expresar la decepción que ellos sentían cuando se encontraban de nuevo con lo que quedaba de aquello que habían dejado, las ruinas de sus respectivas ciudades de origen, la paga del desamor, la traición, el olvido y la muerte de sus seres queridos. Nostos es un término que se relaciona con el regreso, el retorno a casa. Este concepto es especialmente relevante en la literatura épica griega y la mitología, donde a menudo se hace referencia al "nostos" de los héroes o personajes que emprenden aventuras lejos de su hogar y luego buscan regresar a él, como en el caso de Ulises.La palabra era usada paracomunicar el dolor irremediable que sentían los héroes al reconocer el tiempo que habían perdido luchando en tierras ajenas, mientras las cosas cambiaban de manera irreversible en las suyas. Es decir, que del partir del nostos o retorno y al volver del algos o dolor, surgía la nostalgia, ese dolor irremediable del retorno.

Lo que aquella mujer, que todavía guardaba en sus ojos el secreto de la seducción, nos hizo entender aquella tarde fue que la nostalgia sería como una moneda, por un lado es una dolencia cuya causa está en la imposibilidad de retornar a la patria, y por el otro, es la melancolía que presupone el final de la aventura: porque volver a casa es resignarse al anonimato, a envejecer y a morir, porque los hombres como Ulises no estaban constituidos para quedarse sentados viendo pasar las horas.

Eso fue lo que nos explicó aquella tarde inolvidable con un poema de Kavafis entre las manos. Hoy la recordé, no sé por qué, tal vez sea por la lluvia. Hace más de tres días que llueve sin sosiego en Sao Paulo y la vieja nostalgia de la que nos hablaba María Fernanda Palacios regresa intacta de Itaca.

Puede que el escenario sea otro, pero la esencia es la misma. Supongo que algún día tendremos que pasar por lo mismo que el viejo Agamenón, las Troyanas y Odiseo. Si llegamos a regresar al país habrá que reencontrarse con las huellas de lo que ya no está. Cuando me toque a mí, sé que en Valencia no voy a poder caminar por las vitrinas de la avenida Bolívar ni por las calles del Trigal como lo hacía antes. Sé que los comercios, las panaderías, los cines y las librerías que existían en mi juventud no van a estar ahí. La cancha de baloncesto donde me jugaba la vida y la fastuosa piscina de la universidad será una cosa destartalada y vacía. Con Caracas y Salta sé que seguramente me pasará lo mismo, supongo. De las librerías y el viejo café del centro no quedará nada, de la Facultad de arquitectura tampoco, probablemente no quedará ni el recuerdo del cerro San Bernardo y de aquel teleférico que mira la ciudad en cámara lenta. Es más, sé que habrá construcciones abandonadas donde antes estaba un bar, un café, una venta de repuestos, un automercado, una piscina, la pizzería que alguien pintó de azul francia, y que los locales que todavía quedan en pie ya no tendrán el mismo nombre. Y de los alumnos, los amores, las niñas, el parque San Martín y los viejos amigos, sé que no quedará ni el saludo. Por eso espero que al menos el camino sea largo, tan largo como la nostalgia.  




Francisco Ardiles  

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