cuaderno de apuntes


I

Yo no sé escribir, pero me encantan los cuadernos. Mejor dicho, supe escribir hasta el día en que le mostré el cuaderno a mi madre. Todo aquel que conozca mi casa y satisfaga ese privado placer de la curiosidad por los asuntos ajenos (que yo dejo, tal vez, muy a la vista) podría percatarse de mi adoración por los cuadernos. En la biblioteca, o en los muebles que ofician de ella –aunque su funcionalidad sea muy distinta, como la cama de huéspedes o el microondas– se erigen altares, aras de cuadernos. Están agrupados por tamaño en pilas irregulares, pero es solo por una cuestión espacial, nunca por color o siguiendo algún criterio decorativo. Algunos otros, los más privilegiados y con un orden predestinado, están en un tramo al lado del libro sobre el cual tomé algunas notas durante su lectura. Nadie podría imaginar que hay un atisbo de criterio de orden en mi casa y esa decepción que el caos habitacional provoca en los hombres que se desenamoran de mí, me divierte.

II

Tengo amigas, muy pocas, que forman parte de la cofradía de los cuadernos. A una de ellas le regalé un cuaderno, de esos que a mí me hubiese gustado que me regalaran. Habérselo regalado era como regalármelo a mí misma, me provocaba un mimético entusiasmo. Tapa dura, tamaño para la cartera, con una ilustración de Enriqueta en la tapa. Pero además, había conseguido que Liniers, con su puño y letra se lo dedicase: “Para Natalia, con cariño” e ilustrase con Fellini más abajo con trazos rápidos de fibrones indelebles rojo y negro. Hace un tiempo le pregunté, sin pudor, porque ese afecto no existe entre nosotras, qué había escrito allí. Me respondió que no pudo escribir nada porque estaba esperando que algo digno de escribirse allí se le ocurriera. Ese conjuro fatídico también cayó sobre ella. A ella también le encantan los cuadernos, pero no puede escribirse. Tengo la sospecha de que en nuestros cuadernos hay algo escrito pero que aún permanece invisible. También ella, por las noches debe pasar sus dedos por esas páginas en blanco leyendo ese texto que está escrito sin palabras.

III

Alrededor de los 8 años tuve un cuaderno cuya portada no logro recordar con nitidez, pero sí su textura. Aún puedo sentir entre mis manos su tapa blanda, su material maleable y el placer que me producía acariciarlo mientras miraba una y otra vez mis manuscritos. Allí yo escribía, de verdad que escribía, los más variados relatos, poemas, cuentos y adivinanzas. Alimentaban mis meriendas un exceso de telenovelas protagonizadas por Grecia Colmenares, o Andrea del Boca quien interpretaba en ese momento nada menos que a mi tocaya. Comencé a ser visible cuando me preguntaban el nombre y ante mi respuesta exclamaban, “ah, como la novela”. Nombre que antes de la Antonella de Andrea del Boca nadie conocía, ni sabía escribir, ni pronunciar y mucho menos les interesaba adquirir esas habilidades. Dejé de llamarme “Antoneya”, y las maestras en la escuela empezaron a pronunciar mi nombre en un perfecto italiano, con el letargo preciso en la doble “L”, esa modulación dejó de ser exagerada, aparatosa y artificial. ¿Cómo no homenajearla? Compuse mi magnum opus, una canción con una melodía kitsch y una letra que desbordaba de melodrama. Una señora que sufría porque él se había ido con otra y esa mujer recordaba en una perfecta rima consonante “los días de su vida, los días del ayer”. Entonces henchida de vanidad fui a enseñarle a mi madre aquello que yo había escrito con perfecta métrica. Su rostro no insinuó orgullo en absoluto, sino más bien un gesto intermedio entre el horror y la decepción: “Esas no son cosas para tu edad”.

IV

El germen de la memoria como nostalgia tal vez apareció allí, a mis 8 años. Cuando surge una organización, una idea de que el tiempo se estratifica en el recuerdo “de los días de mi vida, los días del ayer”. Pero no es cualquier recuerdo, es un recuerdo, siempre nostálgico que seguro me viene del arrabal de mi padre. Entonaba en su guitarra “Marioneta” de Carlos Gardel, el melodrama avanzaba por dos frentes distintos. Y yo sentía esa nostalgia por el patio colonial florido y humilde que había habitado esa mujer que se fue de su casa infantil detrás de un “frívolo destino”. Ahí “ailaban” las glicinas, la parra y el rosal. Y si bien mi padre me explicaba el significado de la letra de ese tango que yo repetía de memoria, siempre imaginé que ese verbo indicaba que en ese patio había un baile, una especie de milonga de flores antropocéntricas.

Siempre he prestado atención a las variaciones de las letras, de hecho es a lo que me dedico ahora. Pero a mis 8 años soñaba con cumplir de otro modo mi horario laboral. Cuando escuchaba a papá soñaba con ejercer ese oficio que él cantaba: lavandera de flora. Imaginaba limpiar con la yema delicada de los dedos y pompas de jabón los pétalos y lustrar las hojas para que el verdeoscuro fuera aún más espejado. Imaginaba también un copioso pago por esa labor, indispensable para el mundo. El tango se detenía, para mí, cuando él fraseaba con rubato: “Ahí lavan las glicinas, la parra y el rosal”. 

V

Con una tijera me corté un mechón de rulos de la cabeza, lo pegué con cinta adhesiva en una de las páginas de mi diario y con una escritura desesperada epigrafié: “Este es mi pelo a los 8 años”. Cuando se escribe un diario se cree en él como una especie de artefacto de la memoria. Entre mis más íntimas pesadillas infantiles me acechaba una: la del horror al olvido, la de sucumbir a una amnesia, que ahora entiendo inevitable, un dejarse morir en esas aguas. Convencida de que registrar hasta el más insignificante detalle me permitiría burlar el paso del tiempo que barrería con toda la precisión del recuerdo, ataba algunas cosas con palabras y quedaban ahí adheridas en sus páginas. Como quien coloca una bandera, pensamiento mágico mediante, y cree haber conquistado un territorio, como si la memoria fuese un lugar. Creía que la memoria era un detallado catálogo de sucesos que se sucedían, pero era tenaz en permanecer en la paradoja de construir otra vez sobre una construcción. Cosas amalgamadas. Yo creía que podía proteger el mundo de mi lenguaje.

Ahí quedó para siempre, pero no ese cabello, sino que tal vez ese sea el paradigma de la escritura, de mi escritura, escribir con el cuerpo, desde la fragmentación y cortar pedazos y dejarlos allí, a la vista en un papel. El movimiento es arrancar y desgarrar, no el papel sino, esos trozos del cuerpo que a veces temo y otras espero olvidar. Ese pedazo de cabello fue lo único que me quedó de cuando yo sabía escribir. 

VI

Una vez me hicieron un regalo que me gustó. Un diario íntimo, en forma de corazón con dibujos en la tapa, precioso y con una diminuta llave que era la frágil encargada de separar mis secretos del exterior. En una llave de hojalata podía medirse la distancia entre la adorable niñita y esas confesiones del quehacer infantil de las que nadie quiere sospechar. Un buen día mi hermano profanó mi diario garabateando con lapicera la portada y casi todas sus hojas. Entendí que el mundo era hostil.

VII

Trabajar en una dependencia pública tiene algunos beneficios, como el medio aguinaldo para poder comprar entre varios compañeros un microondas para calentar la vianda los mediodías. También tiene algunas desventajas: aún debemos escribir en papel. Me divierten los enojos que surgen en torno a mi letra, a lo ilegible de mi letra. Los tomo para la chacota ultrajando con mis trazos esos papeles impresos de un solo lado y que cortan prolijos con una guillotina que deja milimétricamente igual la distancia entre cada uno de sus vértices para reutilizar el lado en blanco y provocando la indignación de las señoras del ministerio que trabajan conmigo. No entiendo qué dice acá Antonella, ¿escribís con las patas? Sí, desde los 8 años.

VIII 

Por vanidad me prometí que nunca me enamoraría de alguien que no haya leído El Quijote. No es esnobismo, lo que justifica semejante juramento es mi amor por los cuadernos. Una noche Ardiles se metió en mi cama y mientras yo dormía hizo lo que todo amante, husmear entre mis cosas en el mercado persa de objetos que forman parte de series de una colección que nadie entendería en este cuarto lleno de zapatos de tacón alto, perfumes viejos que les robé a mis tías y cuadernos vacíos. Esa noche descubrió en el cajón de mi mesa de luz los cuadernos. Después de inútiles intentos de leer en la penumbra no logró descifrar ni siquiera una de mis letras allí dibujadas, los otros cuadernos estaban en blanco. Él, como se atribuye el triste papel de editor de mi vida, quiso escribir el final de este texto. Yo lo mandé a la mierda y le dije que esos textos ya estaban escritos.

Escribí más, me dijo.

Todas tus oraciones son como sentencias.

Tus textos son encadenamientos de puras conclusiones.

No sabés escribir.

Hay que contar pero tú crees que un párrafo es un aforismo.

Sos una prosaica.

Si Ardiles supiera que yo escribo y a cada oración se me corta el aliento. Es como si se matara el aire y no aguantara el intento de completar una frase.

Tanto deformé la letra para ocultar lo que estaba contando, que cada vez que los reviso un nuevo texto se escribe. En uno de mis cuadernos logré leer unas frases: “Las palabras me aplastan, son fragmentos. No tejo, no tejo ni una oración en santa Clara, ese punto a dos agujas que me enseñó mi abuela. Me daba a tejer bufandas con retazos de lana porque ella creía que no era capaz de tejer nada importante. Ahora quisiera tejer un texto con retazos pero es obvio que no sale”.

Ardiles intentando convencerme con sus argumentos aburridos y académicos me dijo: “la historia de la novela comienza con un cuaderno en letras ilegibles que encuentra el narrador del Quijote, será por eso”.

IX

Me reúno con el editor que no me ama, me dice que no se escribe con adverbios, que tampoco se usa tal verbo o el otro. Es la segunda persona que me reprocha lo mismo, que cita a Stephen King y que me ofrece el mismo consejo: “los adverbios no se usan porque delatan tu falta de precisión”, pienso en la frialdad de las matemáticas cuando me hablan en esos términos. Suelo olvidar, éste y otros consejos y cuando me lo repiten finjo escucharlo por primera vez y hago como si tomara notas en un cuaderno Rivadavia. Supongo que es un rastro de pudor por mi insistencia. Me preocupa el destino, no el del editor ni el de Stephen King, sino el de esas pobres y censuradas palabras que tanto uso en mi habla cotidiana y que tanto desprecian los escritores de oficio.

Sueño, como siempre, con ser la excepción. Con poder escribir un hermoso texto regordete y rozagante de palabras censuradas. Un texto que consista en una infernal y cacofónica rima de palabras terminadas en mente, cuyos únicos verbos sean ver y observar y mirar y visualizar. No esforzarme por tener que narrar. No tendría utilidad alguna pero lo haría para incomodar a los provincianos. Tal vez le temen al adverbio porque si lo repetimos muchas veces, como un mantra, nos percataríamos de lo más temible: no está hecho para comprendernos, ni para ser precisos, sino que es la música que compensa que somos seres que no sabemos trinar.

El editor que me ama me dice que trinar es una horrible palabra, que escriba el canto de los pájaros o algo así, y me habla con cursilería de la magia bretoniana y me reta porque uso un hipérbaton. Pero yo me opongo, siempre lo hago con él por pura testarudez fenomenológica. No cambio la palabra, y cada vez que le leo este texto pronuncio hieráticamente la “r” vibrante para molestar al invasor y él se enoja y nos odia, a mí y a esa palabra. Ahí es cuando siento el alivio de que el texto cumplió su misión.  



Antonella Sorrentino

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